Әдебиет - ұлттың жаны. Ұлттық сана, тағдыр, жан жүйесі - көркемөнердің басты тақырыбы. Таптық жік арқылы әдебиет жасалмайды...
Жүсіпбек Аймауытұлы

29 тамыз 2014 793

Esenberlin Ilyas  "Enamorados"

Негізгі тіл: "Влюбленные "

Бастапқы авторы: Есенберлин И.

Аударма авторы: not specified

Дата: 29 тамыз 2014

I.Esenberlin «Enamorados». – Almat: ED «Kochévniki», 2002.- 216 с

NACIONAL

TBVI 9965-609-16-0.

I.Esenberlin . 2002

Mi padre fue a la guerra y murió allí, y a la madre poco tiempo después se la llevó la enfermedad. Cómo se llamaba aquella enfermedad, yo no sabía teniendo entonces pocos años, y no me entendía bien en la medicina, pero la enfermedad aquella era muy vil, porque me hizo huérfano de padre y de madre. Al llorar y al penar me dije:

“No es nada, Zhantás, a pesar de todo no estás sólo. Tienes la abuela Kara Kempir y la pequeña hermanita Basargul”.

Basargul entonces todavía no iba a la cuenta, porque había aprendido a caminar apenas en sus piernitas delgadas, y la percibía más bien como un juguete. Sólo tenía que cuidarla bien, no tenía tiempo para comunicar con ella. Pero la abuela Kara Kempir...

Estuve muy asombrado y ofendido a la gente, cuando por primera vez había conocido que la llamaban a mi abuela “Kara Kempir”, es decir “la viejecita de cabello oscuro”. Por qué le habían dado un nombre así, no llego a comprender hasta ahora. Puede que por lo que su cara, cómo cada antigüedad, había oscurecido del tiempo y consistía de unas arrugas como un tallado en madera? No vale la pena adivinar. Que juezgue a esta gente su propia conciencia. Sé exactamente lo único: nadie en el mundo tenía alma tan clara como la que había en el cuerpo oscuro y desecado de la abuela Kara Kempir. Y me daba una alegría indescriptible cuando la abuela decía, tocado mi cabeza con la palma dura y seca:

"Querido mío..."

Y su voz baja gutural, y el tacto ligero quitaban de mi corazón todas las alarmas y tristezas.

La abuela reaccionaba al apodo con una bondadosa sonrisa. Siguiendo su ejemplo, dejé de enfadarme también con los ofensores, los que la llamaban Kara Kempir, y me parecía ya que no había nombre más precioso que aquel, pues tenía que ver con nuestra abuela.

Así comenzamos a estudiar, sin preocupaciones. Y la abuela Kara Kempir nos cuidaba mucho. Expresándome de un alto estilo, su preocupación se extendía por el tapiz suave sobre nuestra vía. Era nuestro escudo seguro, y nadie de malos no se ha atrevido a tocarnos con Basargul por el ala dura, sin hablar ya de golpear por el pico firme. En resumen, ha hecho todo que sus queridos nietos tuviéramos una infancia normal, y después, cuando creciéran, los produjo en luz blanca criados y alimentados.

- ¿Qué quieres hacer para la gente? ¿Así que les sea agradable? — Ha preguntado la abuela a Zhantás, es decir a mí.

Quería esculpir mucho de la arcilla las figurinas de la gente, podía estar sobre la arcilla horas enteras y por eso respondí a la abuela Kara Kempir:

— ¿Qué es eso? —preguntó la abuela.

Le mostré las figurinas del neumático. Una de ellos era parecida a la abuela Kara Kempir, igual— en la telaraña de las grietas; temía que la abuela se ofendiera, al haberse reconocido.

— Es un asunto bueno. Serás para la gente ese... Como lo has llamado... sulutor*‚ ha saludado la abuela, secretamente mirando a la imagen. Y Zhantás, es decir yo, salió a Moscú y obró allí en la escuela Superior, que estudia a los escultores. ¿Que quieres hacer para la gente? — Ha preguntado la abuela a mi hermanita Basargul, cuando se acercó su turno: acabó siete clases. –

- Dibujar a la gente, - dijo Basargul.

- Sé lo qué es. Dibuja. Dibuja para la gente‚ —consentió la abuela, y la hermanita obró en artístico.

La abuela Kara Kempir tenía un buen corazón y el alma clara. Pero que le vas a hacer, aquel año conocí de nuevo que es la pena. No ha pasado el mes de mi estudio, como del Koncheshp lejano llegó la noticia negra: “Zhantás, no hay más tu abuela Kara Kempir”. Como decimos, los kazajos: “el Dios es libre a ofender, la persona es libre a llorar", — y he recaudado íntegramente la ofensa de las lágrimas. He llorado de nuevo, y me dije: “No es nada, Zhantás, no estás sólo. Tienes todavía una hermanita buena.

Pero, por desgracia, hoy estoy en la boda de mi Basargul y hablo mentalmente a la hermanita feliz que se ha puesto roja: "¿Ay-yay-yay qué haces, Basargul? Ahora me he quedado realmente sólo, porque desde hoy tendrás tu familia, Basargul, le darás todos los cuidados. Y nunca más tu hermanitooirá por la mañana: ¡Despiértae! ¡El kuymak está preparado!” Y estos sabrosos buñuelos comerá otra persona. Sería bueno si la persona fuera digna, no sería tan enojoso. Pero no, cada mañana saciará el vientre lúgubre de Abilkás. ¡No sabes lo que haces, Basargul!”

Luego dirijo la mirada a la cara engreída de Abilkás, especialmente desagradable para mí ahora, a sus orejas de color frambuesa sacadas y lo pregunto también mentalmente: “¿Cuándo has conseguido, Abilkás, penetrar en el corazón de mi hermanita Basargul? ¿Con qué has conseguido someter su alma pura? Ayyay-yay, Abilkás, cuando te abría las puertas de nuestra casa, aunque, ve el Dios, lo hacía sin ganas especiales, ya entonces madurabas los planes pérfidos”. Tengo barahúnda de los sentimientos, la confusión dentro. Todavía no estoy en las fuerzas de realizar lo que pasa. Exactamente como en las cuentas de contabilidad, aplazo mentalmente uno tras de otro los días que preceden, tratando de encontrar aquel fatal día, cuando ha surgido sobre mí la primera amenaza. Pero, además, todo por el orden...

*Koke - llaman así respetuosamente al hermano mayor.

La muerte de la abuela Kara Kempir nos hizo cercanos con Basargul. No podíamos vivir verdaderamente sin cartas y, claro, decidimos vivir en primer lugar como una familia después del estudio, ayudando uno a otro. Así luego salió. Nos hemos reunido en la ciudad joven de Mystau y empezamos a vivir en armonía.

Eramos por naturaleza tan afortunados, o ¨lo que unos buscan en el cielo, para nosotros se ha encontrado pronto en la tierra. Hemos recibido en una ciudad pequeña y hospitalaria un apartamento de dos habitaciones y un trabajo bueno. Por el día me atareaba en en el estudio, y por la tarde iba al Palacio de la cultura y enseñaba a la juventud laboral los secretos del arte. Pero lo principal es que tenía a la hermanita mejor en el mundo. Prueben encontrar a la hermanita es más cariñosa y fiel que mi Basargul — no saldrá.

Y además, ella es guapísima. Los dzhiguitos locales se enredan alrededor de ella tratando de vencer uno al otro. Pero mi hermana es una persona seria. En nuestra ciudad vivimos un año, pero lo que Basargul es una persona seria, lo sabe casi cada uno. Pregunten, y le responderán: ¿Ah, Basargul? Basargul es la pintora en nuestro teatro. Y aunque ella es una persona respetada por todos, para ella me quedo su hermano mayor, y claro, el consejero principal. Se lo diré, así como se lo explicaré todo.

La verdad es que de vez en cuando a Basargul no basta la paciencia para escucharme, y entonces pronuncia con el enojo:

- ¡Cuánto hablas, koke!. ¿Cómo es posible?

— Yo conozco ese pecadillo mío, — le respondo a Basargul. ¿A quién le puedo dar consejos si no a ti? Eres mi hermana, y yo, tu hermano mayor. Si tuviera una hermana más, dividiría los consejos entre vosotras a la mitad. Y así tú sóla tienes que escuchar.

— ¡Koke, koke! — eres un intelectual avanzado y dices cosas así‚ — se asombra la hermana. ¡— quien debe saber, si no tú que las chicas tienen también cabeza y no vale la pena treparlas con los consejos de cada futesa!

Callo y pienso, mirándola:

"Mi hermanita, eres todavía una niña". Y aquí una vez al fin de nuestra bronca esa niña me habla como si de broma:

- Y bien, aquí es la hora de sepaparnos, koke. Me caso. Es hora ya al pajarito de pasar sin instrucciones cotidianas.

Eh, digo. — Lo que faltaba. ¡No has ido al jardín de infancia, y allá – a casarte!

Es verdad que no íbamos al jardín de infancia. Nos educaba la abuela Kara Kempir, como es conocido...

Entonces Basargul se hizo seria y dijo:

- Koke, mi admirable e inconfundible Koke, me caso de verdad. Ha sido como una ducha fría.

- ¿Con quién? ¿Quien es él? ¿Cómo se llama? — He gritado en el horror

- Abilkás.

- ¿Abilkás?

- ¡Sí, Abilkás! ¿Qué de asombroso hay aquí? ¿Por qué tu hermana Basargul no puede amar a Abilkás?

Por lo visto, no en vano me había dado rabia esta persona a primera vista. Lo presentía mi pobre corazón. Y no es que sus relaciones serán consagradas para siempre con las circunstancias tristes. Cuando muere una persona, sus próximos me invitan a quitar la máscara de su cara, porque soy el único escultor en la ciudad. Y aquí ante mí aparece Abilkás, el asistente de la cátedra de anatomía patológica. Como un mensajero de las fuerzas transmundanas, él me entrega la llamada triste.

Pero he dicho ya, el problema no está en eso. Abilkás no es culpable en lo que muera la gente. La gente deja este mundo misma o sea con ayuda extraña.

Con Abilkás nos unía el trabajo, que constriñía tener que hacer con la gente, cuando no tienen más necesidad de ayuda. Y nos habíamos acostumbrado.

Sus orejas grandes sacadastampoco tenían que ver. Simplemente en él había algo desagradable.

Casi desde los primeros días de nuestro conocimiento él empezó a rondarme. Lo hacía importuno, pero entonces no me estaba claro, para qué yo era necesario a este zorro. Se hacía sólo desagradable, y solo así. Y él persistía. Y algún día después del trabajo me acompañó hasta la casa. Me despedía de él cerca de la entrada, pero él casi bajo mi mano pasó en la puerta y subió la escalera. Entonces me despedí de él sobre el descansillo, volví de espaldas y, como si él ya estuviera, abrí la puerta al apartamento. Cuando entré en la antesala e iba a cerrar bruscamente la puerta, su cabeza salía ya entre la puerta y en manada.

— Zhantás-agá, tal vez, tengo todavía un tiempo. Y si se encontrará la tacita del té... ha declarado él, como si lo pedía con lágrimas, y aquí ahora él se ha decidido condescender, hacer el servicio.

Me quedé estupefacto al principio de tal desfachatez, y después dije: — Escucha, Abilkás, me parece que no tenemos té fresco. Y el viejo está malo. ¿Quizás, otra vez? - No es nada — ha objetado Abilkás, insistentemente abriendo paso en la hendidura, — no soy caprichoso. Me basta y el vaso del agua caliente.

No se echa a la persona adulta fuera de casa y yo, riñémdolo en el alma, lo he dejado entrar en el apartamento.

Al ruido de las voces ha salido Basargul de la habitación, y los he presentado uno al otro. Como si hubiera empujado como a la hermanita a su encuentro con mis propias manos. Él se quedó hasta la noche profunda, se nos cerraban los ojos, y él seguía hablando. Después Abilkás ha frecuentado a nosotros sin invitación. Pero en aquel tiempo todavía yo nmo entendía nada, me reía solamente sobre el dzhiguito orejudo... Y aquí un mensaje tan monstruoso. ¿Y cuando es la boda? — he preguntado torpe.

- Queda una semana. Hemos llevado ya la declaración,- dijo mi Basargul, sin avergonzarse ante el hermano...

Pues, la boda, qué puedo hacer. Como decía Mérfi "Todo lo que debe pasar, pasará”. Y él era alguien inteligente, aquel Merfi. Tarde o temprano a la chica llegará el amigo para la vida, así es la ley de la naturaleza. Pero que no llegue Abilkás... Pero aquello yame lo dije para mí. Así, estoy en la boda de mi hermanita Basargul. Los invitados en nuestras dos habitaciones son como patatas en un saco lleno. Se puede pensar que los ciudadanos de nuestra ciudad solamente esperaban la boda de mi hermana. Los invitados son adornados y contentos. Pero entre sus caras claras se distingue especialmente la cara radiante de Abilkás.

El novio según la costumbre del tiempo antiguo trata de parecer tranquilo y un poco indiferente hacia el destino, pero su presunción es muy intensiva, y su boca se extiende hasta las orejas, como si Abilkás hubiera cogido siete liebres por una caza.

Mi hermanita Basargul, como se debe, mira hacia abajo, escondiendo la alegría. Pero en cada su mirada dejada secretamente brillan las chispas de la felicidad. ¿De veras, quién tendría cara sosa cuando celebra la propia boda?

Y solamente su hermanito Zhantás, es decir yo, está con la cara amarga.

“Escucha, Zhantás, hay que divertirse, me digo en silencio. Es una boda de tu propia hermanita. ¿Recuerdas que dijo Merfi? Y Merfi era una persona bastante inteligente. Como si tuviera en cuenta este caso cuando dijo:" Todo lo que debe pasar, pasará ”. Tarde o temprano.

Tarde o temprano a la chica llega el amigo para la vida, así es la ley de la naturaleza. Es lo que sobreentendía el Merfi inteligente. No te ha importunado estar con la cara estirada, cuando la gente ajenas se están alegrando de la felicidad de tu hermana”. Por tal manera me arreaba, pero no salía nada con la alegría. Mi alma se envolvía poco a poco en una niebla de la melancolía. Aunque no podía saber que precisamente hoy comenzarían los acontecimientos que han dejado para siempre la huella en mi memoria.

Quería distraerme por la conversación sustancial, pero no he encontrado a la mesa a nadie conocido. Y los invitados no estaban para las conversaciones inteligentes. cada uno tenía en la mente la expresión vieja kazaja: “Come en la casa del amigo como en la del enemigo”. Y por lo cómo suenan los tenedores y los cuchillos y cómo se devastaban las botellas y platos, se puede con seguridad decir que todos los que se han reunido consideraban sus amigos a los recién casados.

- ¡Muchos años de felicidad para vosotros, Abilkás y Basargul, a vuesrtra salud! – y se ha ido una botella de "Stolichnaya".

¡-Abilkás y Basargul, vuestra salud! – y una botella de la vino desaparece.

Quién pudiera tener su apetito. Pero hasta el cordero tierno y jugoso se queda en mi garganta. Como si alguien me apreta ligeramente con los dedos el cuello y dice: “Ah, no, Zhantás, no tragues... ya estás listo, Zhantás!”

Al entender no hay para mí placer en la comida ni en el vino, me he entregado al pasatiempo favorito Y, ante todo, he expuesto mentalmente las caras de los invitados en partes integrantes. Ojos, narices separadamente, los labios, las barbillas y las orejas. Luego de ua sonrisa irónica de alguien y los malos ojos, luego su tobera a la cara alargada de caballo, como en el cuadro. ¡Vaya una mueca ha salido! Me divertía así. Luego he escogido los ojos más hermosos femeninos, les añadí la nariz afilada, los pequeños labios frescos, lo he tallado por el óvalo fino tomado a la persona de aquella mujer, de soslayo de mí. ¡Y aquí está la cabeza maravillosa!. ¿Acaso es maravillosa si no es espiritualizada por el pensamiento y los sentimientos? ¿Acaso es fácil crear a una nueva Nefertiti, habiendo puesto mecánicamente a los ojos y la frente de aquella mujer labios y la nariz ajenos? "¿Zhantás, —me dije, — acaso no es mejor solo una persona viva, como es en realidad? Mírala solamente con más atención, y encontrarás obligatoriamente algo interesante".

He suspirado, dejé la cabeza encantadora y he devuelto las narices y las orejas, y otras partes de la cara de cada uno a su lugar. Y todo esto ha pasado imperceptible. Nadie de los invitados no sospechaba la operación a la que los había sometido. Con el mismo ánimo devastaban la mesa, y ahora yo los observaba escrupulosamente, tratando de concebir el mundo ajeno, desconocido por mí.

“Al ver la cara, no vuelvas las espaldas”, — dicen los kazajos. No es posible por la apariencia de la persona juzgar de su mundo interior. ¿Pero acaso siempre es así? Puede ser justo sólo para lo primero. Acaso el mundo interior de la persona no es vinculado a su aspecto? Eh, no digáis "no" a Zhantás. Él no nos creerá. Le es conocido otro proverbio:“ ¡Lo que está sobre la vitrina, está en la tienda!” Es un proverbio exacto. Realmente, en los ojos de la persona y en la mímica de su cara pasan luces de los sentimientos que la queman de dentro. Es necesario solo saber leerlo. Si no te sale leer las caras de la gente, eso significa que eres un escultor que no vale para nada.

Aquí a la izquierda de Basargul está sentado un hombre cano. Es el profesor Sherubay. El año pasado él dejó la cátedra en Almat y se trasladó a nuestra ciudad por una causa misteriosa. De eso hablaban mucho pero nadie sabe nada claramente. Ahora él es un maestro y un instructor de Abilkás. Por eso el profesor Sherubay está a la mesa de boda a muy lugar de honor.

Abilkás personalmente sirve a su plato. Una vez pondrá la porción gigantesca de besbarmak, añadirá caza o shuzhik. Hacerlo a él es torpe, cae tirar la mano sobre el plato de Basargul, pero él trata con todas las fuerzas.

Bueno, ocupémonos.

Tiene a eso de cincuenta años. La cara arrugada, dentro de la piel no tiene casi ninguna gota de sangre. Oscuro, agudo el perol hablan sobre la mente. Pero mi atención era atraída por su delgadez increíble. Él es tan delgado que sus mejillas se tocan, parece, por dentro, tan profundamente se han hundido. Y siento que no existe, la culpa aquí no el hambre.

O la enfermedad, — era extenuado por los pensamientos inquietos. ¿Que monstruo roe Sherubay? ¿Que por fuego lo devora? ¿Recordáis que hacía Gay Yuly César? Él prefería tenerse más allá de la gente demasiado delgadas. A él es más visible, César era no el tonto — leía, escribía y escuchaba que hablan, al mismo tiempo. Y lo presento: en una mano la pluma de ganso, en otra el libro, y las orejitas además sobre la cima.

Resulta que no soy el único en esa mesa a quien no entra el pedazo a la garganta. Abilkás, perdiendo las fuerzas, agasaja a Sherubay. Pero aquel no toca la comida, ocupado, indudablemente, con los pensamientos lúgubres. Y de los pensamientos lúgubres está lúgubre su cara. Él mecánicamente mastica el mismo trozo del shuzhik y de vez en cuando dirige a alguien una mirada larga, pensativa.

“¿Zhantás, quién podría intrigarlo así? - Me pregunto. ¿Quizás aquí está la adivinanza?”

Al fin me consigue seguir su mirada, tropezo con la persona femenina y como de la oscuridad de la habitación estrecha caigo en la calle clara. ¡Estoy cegado por los rayos del sol brillante!

Tiene ojos de potrillo y además — he prestado sólo ahora la atención — un cuello tierno de cisne. Por cuanto me sé, se llama Ulbosín, y trabaja la modelo en el taller local de las modas. Por esta se son agotadas mis noticias sobre Ulbosín.

Hasta ahora la veía solamente en las calles de nuestra pequeña ciudad. Cuando pasa por la calle, muchos hombres vuelven las cabezas y como si accidentalmente, tratando de conservar la decencia, miran a ella detrás. Y mí incluso, aunque, en general, no me interesaba en serio. Pero en su este instante con el gusto la figura puesta, afilada hinche el ojo.

Y todavía se dicen que estuvo casada.

Puedo discernirla como es debido. Su persona cerca de mí, solamente al otro lado de la mesa. La sigo, y una fuerza me atrae a Ulbosín. ¿Puede, la causa en su sonrisa misteriosa? La sonrisa misteriosa de Dzhokonda... Hemos oído muchas veces sobre la sonrisa misteriosa de Dzhokonda. Pero qué vas a hacer cuando la mujer joven está enfrente. Esa sonrisa, la compararía con las bellezas de Kyz-Zhibek y Bakisau, sin embargo, creo que nadie ha visto sus imágenes.

Mientras tanto los rincones de los labios de Ulbosín un poco son levantados, de los desconocidos a mí de los pensamientos dulces.

¿Zhantás, - me pregunto, — de veras en verdad el arte? Entre Leonardo da Vinci y esta mujer la distancia en quinientos años. Pero él como si ha visto

(Allá, del tiempo que aquí por esta mesa se sentará Ulbosín con tal sonrisa...)

Me voy los ojos con Ulbosín, se sumo en el estado somnámbulo. Mi mirada se hace ya importuna, ya he pasado claramente las fronteras de la buena educación, pero... Pero Ulbosín no me nota. ¡Ha dado a alguien la atención y la sonrisa misteriosa, y los demás no le importan, y ya está! -Me despierto del sueño placentero.-Ulbosín y tu hermana, quizásmente, son solo conocidas. No la has visto entre las amigas de la hermana. ¿Pero por qué entonces está en la boda de tu hermana, no has pensado en eso?

De las adivinanzas que atormentaban mi cabeza empecé a tener mareos.

No tengo nada en contra de charlas, tengo una costumbre asñí Y si no tengo a mi lado a un interlocutor digno, puedo estar contento de mi propia compañía.

Bueno, mientras estaba divertiéndome Abilkás se levantó y clavó la mirada de manera fiel al profesor Sherubay como si esperando el silencio

“Se puede pensar que no es su boda sino la del profesor Sherubay, así el marido de mi hermana está cuidando a ese profesor,- me pensé.- Pero escuchemos qué va a decir ese orejudo. El antiguo Plenio consideraba tonta a la gente de orejas grandes.

Mientras tanto llegó el silencio y Abilkás dijo con una voz contgenta:

- ¡Sherubay-aga, ahora brindemos por la luz de nuestra medicina, por la Aysulú Beysénova!

Aysulú Beysénova estaba a la derecha del novio. Mirando a esa mujer se entiende cómo se precipitan a veces los padres cuando dan a sus hijos tales nombres. Claro que para un padre su nño es el más guapo y el más precioso del mundo pero en tales momentos no tienen sentido de ls mtdida. Pero si se falla, la persona tendrá que llevar toda su vida el apodo gracioso. Así es el destino de la mujer gorda y pelirroja que está a la derecha de Abilkás. Pues el nombre Aysylú significa “bella como luna”.

Pero volvamos a la bríndis del novio. Con la mayor razón de que la pobre Aysulú no ha sido la misma quien le había escogido el nombre.

- ¡Por la salud de Aysulú Beysénova! ¡Que adorne muchos años más el cielo de nuestra medicina! – dijo Abilkás tomando la copa como un bastón.

Resulta que el viejo Plenio se equivocó en cuanto a los orejudos. O todos se hayan cansado de ellos por los siglos pasados, sin perder el tiempo. De todos modos, el disparo de nuestro Abilkás tenía un objetivo lejano. La Aysulú aquella era la jefa del hospital donde trabajábamos, es decir nuestra directora.

No sostuve y di una palmada a la mesa de tanta admiración. Quien pudiera pensar que ese tipo de orejas grandes y frente estrecha acaba de graduarse del instituto, y ya hace sus cositas como si conociera ese asunto desde la niñez.

Aquí nuestras miradas con Basargul se encontraron, y yo meneé la cabeza desaprobando el hecho de Abilkás.

Ella bajó la mirada y yo empecé a esperar lo que sería después.

Después de la bríndis del novio la gorda mujer levantó la copa del vino, aceptó todas las felicitaciones, y ya alguien le tendió la copa diciendo:

-¡Que viva Usted largos años, Aysulú-apay!

La miraba con curiosidad, porque no había sospechado que además de todo ella era una luz de la ciencia. Antes se consideraba sólo una administradora responsable.

- ¡Y yo brindo por la estrella de esta cena y de la noche veraniega, por Ulbosýn!- se oyó una voz ronca.

¿Quién ha lanzado ese reto a Beysénova? Sherubay, él es quien ha desconfiado la bríndis del novio. Beysénova se hizo inmóvil y bajó la copa, enrojeceiendo. Por lo visto, Cesar y yo no en vano teníamos miedo de las alabanzas exageradas de la gente. Sólo se puede esperar un zapatazo de ellos.

Beysénova tuvo lo que merecía. Hay que ser modesta pues en la mesa de amigos todos tienen mismos derechos. A mí me golpeó otra cosa: Sherubay actuó de manera indocente en cuanto a mi hermana. En la boda la esrella más brillante es la novia, cualquier cosa que piense cada uno en su alma.

Dicen que Sherubay es un médico de mucho talento. Pero actúas correcto, Zhantás, - me digo, - desaprobando a la gente que al recibir talento de la naturaleza exigen derechos de abaldonar a los demás. Zhantás, te apoyo. – me dije. Pero me había indignado otra cosa: Sherubay ce comportó de una manda indigna acerca de mi hermana. En la bosa la estrella mas brillante siempre es la novia, cualquier cosa que piense cada uno en su alma.

Dice, que Sherubay es un doctor de talento. Pero actuas correcto, Zhantás, jugando a la gente que al ecibir el talento de la naturaleza siguen exigiendo derechos de abaldonar a la gente. Actuas correcto, Zhantás – me dije.

Y la preciosa Ulbosin se levantó como si demostrando el vestidito amarillo que le iba muy bien a la figura, y con una copa de coñak en la mano dijo con una voz un poco baja:

- Gracias por el resprto, Sherubay-aga. ¡Pero creo que brindaremos por nuestra preciosa novia una vez más!

Como veis, Ulbosin resultó muy justa. Pero... así en su lugar se comportaría cualquiera mujer que tiene por lo menos una pizca de inteligencia.

Al beber el coñak, Ulbosin dela misma manera bella bajó a su silla riéndose de algo en voz baja, y Sherubay frunció el ceño, mirando a su plato.

- Sherubay-aga, ¿quisiera Usted un poco de ensalada? Es con pepinos frescos, de mi estufa. – no se calmaba Abilkás

Pero Suerubay solamente se encogió de hombros.

“Así te lo mereces, mochuelo,- dije a Sherubay en pensamiento. – Ahora me levantaré y añadiré”

Y de veras, me eché un poco de vodka, como si lo hubiera hecho alguien otro y me levanté con la copa.

- Silencio, - susurraron en la mesa. – Escuchemos al hermano de la novia.

Pero no tuve suerte. Abri la boca pero sonó el teléfono y pidieron a Sherubay. Sherubay salió al salón y al volver dijo mirando a Aysulú Beysénova:

-Voy al hospital. Han traído a una mujer muy herida. Parece un caso grave.

Se despidió de todos , paró la mirada en Ulbosín y se fue. Me pareció que en la habitación y en esa muchedumbre apareció un poco más de espacio y aire. A pesar de que por motivo de su delgadez Sherubay no ocupàra mucho lugar. Es solo que se había ido una persona mala.

-¿Qué querías decir, Zhantás-aga? Te escuchamos muy atentamente.- dijo Abilkás al despedirse del profesor.

- ¿Acaso quería decir lago? – pretendí sorprenderme. – Es que sólo tuve dolor en la espalda.

Basargul me miró con un suave reproche. Pero me senté y no sé por qué miré a Ulbosín con una mirada vencedora. Soy un hombre atractivo y a sus tiempos había chicas que pirdieron paciencia por mí. Por eso decidí vengarme de Ulbosín con una indiferencia completa. Y sucedió una cosa extraña – se había ido la persona que tenía su atención y la sonrisa de Joconda no se va de su cara. ¿Para quén sonríe ahora? Pero me cansé de romper la cabeza y de veras me olvidé de Ulbosín.

La comida y las bebidas debían acabarse un momento, y la mesa se hizo vacía poco a poco. Los vecinos la movieron a la pared y empezaron a bailar.

En cuanto a mí, me senté a la ventana, puse los pies a la batería y empecé a dividir la gente a los largos asténicos, sanquíneos cuadrados y delgados coléricos. Pero se me acercó Basargul y me invitó a bailar. No tenía muchas ganas de bailar en la muchedumbre pero aquel día no era posible negarme.

Antes de dejar mi punto de vigilancia, busqué con la mirada a Abilkás, Ahora él estaba cuidando a Aysulú Beysénova, tratándola de una y otra manera. Bajé de la ventana y empezamos a movernos en el mismo lugar imitando un baile.

- Basargul,- dije,-yo no haré así más. No iorás ni un consejo más de mí. Pero que todo se quede como antes. El no me gusta.

- No, no,-dije la hermana como si temiendo dudar.-El tiene muchas cosas buenas

- ¿Qué tienes en cuenta? – pregunté co9mo si quedándome indiferente.

- No se cómo expresarlo con palabras, pero lo quiero mucho, Koke – dijo la hermana.

Pasábamos en tacto de la música, alguien me aplastó una pie, y un dzhiguit desconocido y su dama trataban de bailar el twist con aquella música con lenguas sacadas, y moviendo las caderas frenéticamente , atropellando a otras parejas.

Poco a poco huéspedes ansianos se fueron a sus casas, y se quedaron sólo dos dzhiguits con sus chicas, y Ulbosín. Cansados, estabamos sentados como si nos hubiera desparramado una tempestad.

- Ya ha oscurecido, y no lo hemos notado,- dijo el aficionado de twist dirigiéndose a mí no sé por qué, como si diera a sus palabras un sentido especial

- Claro que ha oscurecido, es la noche, -respondí como tratando de adivinar qué tenía en cuante el dzhiguit.

“El chico tiene cabeza grande y pelo abundante duro. Según Sigo, cabeza grande y frente ancha son razgos de talento” – me pensé tibiamente.

Leí muchos libros y pude poner una palabra. Sigo es el que dividió a la gente en grupos según sus rasgos de apariencia.

“No sé de dónde lo ha sacado el Sigo ese... SI todo el mundo pekludo fueran genios, ¿qué sucedería a la tierra entonces? - me pensé tratando de picar al peludo por lo menos en la mente.

- Y eso quiere decir que los recién casados ya deben irse. Despídese de la hermanita, -seguía el peludo con la ironía.

Ah, es lo que sucedía. Se acercó el momento de empezar mi soledad. Ahora un tipo extraño de orejas grandes se llevará a mi hermanita, la persona de la misma sangre que la mía. ¿Acaso es justo?

Miraba a mi hermana y a su cara bella morena. Somos muy parecidos con ella. Perdónenme mis alabos sin querer. Ya empiezan a aparecer lágrimas en mis ojos.

-¡Oh, koke! – dijo la hermana y está por poco llorando.

- No es nada, - dije a Basargul, entonces lo quieres. Ve con tu marido. – Despídenles por favor,-dije a los huéspedes que se quedaban.

Sin controlarme salí corriendo a la calle y paseé por las calles nocturnas en sociedad de los perros callejeros.

“Ah, abuela Kara Kempir, si pudieras ver a esa persona......... Se ha robado a nuestra Basargul a ahora estoy completamente sólo...”

Claro que me mentía un poco. Claro que no se había ido a ninguna parte nuestra Basargul, mañana la podría ver de nuevo. Es que sólo que parecía que mañana ya no habrá nuestra Basargul, que en vez de ella aparecería otra, lejana Basargul, que no me prepararía un desayuno sabroso.

En fin me cansé mucho y mis piernas ya se nagaban de andar tanto y yo al acordarme crucé la calle y volví al lado de mi casa. Hace poco habían ido por aquí máquinas de regadío y el asfalto mijado ahora reflejaba la luz de las lámparas y troncos claros de abedules que cercían al lado del camino.

Andaba por la calle central y a mi encuentro sobre los techos de edificios de cinco pisos se levantaba el resplandor de la fábrica de fundición de cobre. Había un silencio tranquilizador y sin el sonido de mis pasos se podría pensar que yo andaba en un cuadro de una película muda.

Pero aquí al sonido de mis pies se añadió un ruido de los tacones y desde el rincón apareció una firurilla conocida. Así en medianoche me encontré cara a cara con Ulbosín, parecía que ella había despedido a los recién casados y se dirigía a casa.

- Ah, aquí está Usted - parecía que en diferencia de mí Ulbosín no se sorprendió engeneral. Me miró con una sonrisa. – Y me pregunté, ¿adónde ha desaparecido el único dzhiguit libre? ¿Se ha ido y tengo que ir a casa sóla a la noche tan oscura?

Se portaba como si nos hubiéramos conocido toda la vida

- ¿Y dónde están los demás? – pregunté con inquietud que era sorprendente aun para mí mismo.

- Ah, se han quedado en la casa de los recién casados. Todavía están divertiéndose.

- ¿Y por qué Usted no se ha quedado allí? Ya es la noche oscura, no se puede ir de noche sola.

- Soy valiente, y ademas, ya los tiempos no son así como antes. Por desgracia, los dzhiguits no son así como antes, - dijo con decepción,- no se roban a las chicas. Y engeneral, si le preocupa a Usted el destino de una chica, acompáñeme.

Me alegró que ya algún tiempo no estaría sólo. Al imaginar mi soltiaria vivienda con muebles alborotados y mesa desarreglada, enseguida me sentía mal. Y ahora tenía posibilidad de alargar la vuelta un poco. Pero según las leyes del juego propuesto por Ulbosín, yo oculté mi alegría y pretendiendo indiferente pregunté:

- ¿Vive Usted lejos?

- Quien tiene alma lejana, para aquel está lejos, - respondió la chica con una sonrisa,- y quien tiene alma cercano...

- ¿Para aquel lo lejos está cerca? – respondí preguntando.

Lo estábamos pasando muy bien, y no noté como empecé caminando con Ulbosín mano a mano hablando de tonterías.

“Zhantás, el mundo está bien organizado, ¿no? Y tu lo habías olvidado, cobarde. Es la noche oscura con muchas estrellas, que están mirando como tú acompañas a una chica guapa”,-me dije aprovechando una pausa en nuestra charla.

Y Ulbosín coqueteando me miraba diciendo

-¿Y Usted no solo es escultor, pero un poeta? Confiese...

Su voz un poco baja pero clara me está cosquilleando el corazón, a veces mi mano como sin querer toca la suya y como si me queme con el fuego. Pierdo la línea de la conversación, cogiendo solo unos momentos de su monólogo despreocupado.

- Cuando la hermana se casa y es feliz – oigo.

- ¡Sí, sí! - dijo exclamo caliente sin entender nada.

Ibamos largo tras toda la ciudad y el cansancio como si hubiera ido por debajo de mis piernas, y de nuevo me sentí fuerte y vigoroso.

-Estoy ya en casa. Gracias a mi involuntario caballero, - dijo Ulbosín y me tendió su estrecha mano al pararse cerca de una casa de tres pisos.

- No he sido tan involuntario,-dije tratando de prolongar el momento de tener su mano en la mía.

- Le he traído lejos, - dijo ella, y esta vez en su voz no había frescura, sonó tenso.

De veras estábamos casi en la línea de la ciudad. Cerca, detrás de las casas cercanas ya comenzaba la estepa. Parecía que desde allí llegaba el aire del día caliente, y los ruídos nocturnos. O fuera un cardo corredor o un saladar. O iba un animal invisible a por su extracción.

Pero no había sido aquello que había cambiado la voz de Ulbosín. El ridículo preopuparse por lo que un jóven ha acudido al fin de la ciudad. Le era muy fácil cruzar la pequeña ciudad de fábricas otra vez. Parecía que el motivo era un poco otro. Y la cosa ya tenía otra solución.

- Bueno, tendré que caminar hacia atrás, - dije con una voz , como yo pensaba, firme.

Nuestras manos seguían cruzadas, como rígidas.

- SI se ha cansado Usted, Zhantás, si Usted... se encontrará en mi casa otra cama,- dijo Ulbosín apartando los ojos.

- ¿Pero si será conveniente? Sus...,-balbuceé yo sin creer en mi fortuna.

- Yo vivo sóla,- dijo la chica y se dirigió a la entrada.

Yo conseguí a Ulbosín y la cogí por el brazo, nos apresurábamos por las escaleras como si nos estuvieran persiguiendo...

II

Sigo sin entender bien mis sentimientos hacia Ulbosín. No sé cómo llamar lo que sucedió entre nosotros. La única cosa está clara: sus sentimientos hacia mí tampoco son tan fáciles. Pero lo se muy bien que me ha ayudado a entender una cosa muy importante. Entender que es la vida y ver su belleza natural yo trato con ayuda del arte. Es mi profesor principal.

Ahora estoy paseando en mi mente por las salas del Museo del Hermitage.

Aquí está la “Primavera Eterna” de Ogust Rodén: un joven francés besa a su chica. Ella en la confianza completa está sentada en sus rodillas. Sus cuerpos están desnudos. No se cree que es el mismo mármol que llaman frío. En el cuerpo del joven está hirviendo la sangre, y sus corazones laten como un metrónomo que a veces tiene fiebre.

Y el “Bebé acostado” del Michelángelo Buonarroti.. Solo una persona que tiene corazón duro podría olvidar esa imagen. No se ve el cuerpo ni cara pero en cada santímetro del cuerpo caído, en cada nervio se nota tanta desesperación que involuntariamente el que mira sufre por la Italia desgraciada.

¿Pero por qué no puedo conseguir algo así? Cuando estoy ante un trabajo no acabado se apodera de mí una incertidumbre. Como si todo lo que yo quería expresar se ha quedado dentro de mí y yo no tengo posibilidad de expresarlo con palabras. Está alli como un cargo grave y yo balbuceo y balbuceo pero no son palabras adecuadas, la gente no entiende lo que quiero decir...Sólo se escogen de hombros. ¿Puede que solamente no engo talento, y todo hecho por mí es un ajetreo estéril?

Hace un medioaño me dirigieron a Almat a por unas compras. Al cansarme de correr por los corredores del Ministerio de Cultura, en la segunda mitan del día fui al monumento de Abay. Quería a los pies de mi querido akin liberarme del cansancio y poner en orden mis nervios perdidos en las guerras cancillerescas. Miraba a cu cara y encontraba en sus razgos lo que me alegraba como a un niño cuando era feliz, y curaban el corazón cuando me dolía. La escultura era muy parecida a Abay, tomaba un libro en sus manos como se debe al akin. Pero en lo demás se quedaba una estátua muda. Pero a pesar de que el autor había gastado mucho material yo del mismo modo gusto me calentaría cerca del hogar sin fuego.

¿Sienten amargura los que llegan a calentarse cerca de mi hogar? Yyo vivo en los tiempos cuando valga la figura un pájaro hace el nido en la lana de la oveja. Estoy rodeado por gente interesada. Ha llegado a visitarme una persona bien conocida en nuestra ciudad pero no podemos encontrar sinergias con él. EL se esfuerza tratando de parecer un águila pero yo no puedo tocarel alfar. Se me va e las manos porque no puedo trabajar. Pero ¿qué es eso? Parece que delante de mí hay una persona con una mente difícil, contradictoria, y yo soy un especialista, pero no me sale nada bueno. Parece a aquellas chicas con remos u hombres con raqueta que llenan los parques. Pero no podía hacer nada con mi indiferencia. Y la persona delan te tambíen estaba lejos de mis torturas. Y así cada vez nos quedábamos mudos unp al otro, el héroe y su cantante.

Aquella noche Ulbosín me ayudó a encontrar a mí mismo. Volvamos al pasado.

Dos escaleras fueron bastantes para devolver la conciencia. Abriendo la puerta ella bromeaba de la misma mavera y no restaba ni una huella de su inquitud reciente.

- Ahora mi dzhiguit tomará un té bueno y se va a acostar en una maravillosa cama turca, - dijo Ulbosín poniendo la llave a la cerradura.

Oyendo eso yo noté una lieve decepción. Mirándome ella como si adivinara mis pensamientos – sus ojoj reían.

“Cuidado , Zhantás, - de esa persona no sabes qué esperar. Quién sabe qué va a suceder. Puede que aquella cama turca ella la llevará aquí a las escaleras o sea mejor, a la buhardilla polvorienta”.

Entramos al piso de una habitación. Al acompañarme al salón ella se dirigió a la cocina a preparar el té. Andaba de un lado al otro oyendo como la dueña extraña de esa casa trabajaba en la cocina con la vajilla pensando que está haciendo cosas inceríbles con ella. Pues se encontraron por la noche dos personas. Y ahora voy a tomar té con alguien con un alma otalmente desconocida por mí y después me acostaré en un cuarto lejano con las paredes extrañas para mí. Y todo es sólo porque yo no tenía muchas ganas de volver a mi vacía casa. Qué había empujado a Ulbosín hacia mí, yo no sabía.

Miré alrededor y entendí que aquí vivía una persona con buenm gusto. Y a pesar de que la dueña era una mijer verdadera, no había cosas excesivas en la habitación. Sofa y sillas de un kit polaco, una mesa y un tablero con estanterías, - eran todos los muebles. Cositas femeninas bajo el espejo no eran puestas de cualquier modo, sino en un orden. Se notaba que casa cosa , aún la más pequeña, estaba en su lugar. Por eso en una habitación con un techo bajo se sentía un espacio amplio. Así era la habitación de una persona desconocida por mí y en la que yo pasaría el resto de la noche.

Y desde la cocina sonaba el ruido de las tazas, y una canción sobre la cigüeña que estaba cantando Ulbosín. Después volvió a la habitación y imitando una voz indiferente de un camarero me dijo que la comida estaba preparada.

Tomábamos el té y aquí Ulbosín parecía mucho más fácil de entender. Ya no tenía aquella fría indisponibilidad con que pasaba e¡por la calle ante centenas de hombres interesados. Y al revés, apereció algo que recordaba de un hogar doméstico, de la familia que se ha reunido a la mesa. Y ahora ella me parecía una mujer bondadosa a quien yo conozco ya hace mucho tiempo. Y comjo si estuviéramos a esa mesa ya muchas vecez y tambíén tomábamos el té, y aquel té me parecía más dulce que cuanquiera pastlería.

Despues del té Ulbosín sacó del armario una cama turca plegable, y en unos minutos me hizo una cama con mantel blanca como nieve. Mi mirada se volvía al sofa y por lo visto aquello era notable, pero Ulbosín como si no sucediera nada me dijo:

-Aquí está su cama, batyr. Que tenga buen sueño.

Y al tomar la bata se dirigió al baño.

Me acercé al armario y saqué un libro, con cos cuadros de Rembrandt. Aquello era una sorpresa agradable. Así es la Ulbosín, resulta. Entonces todo lo que demusetra en el taller para ella es como un arte. Ulbosín aprende de los grandes ,aestros del alma y cuerpo, es el secreto de su éxito.

Abrí el álbum al azar pero me sentí incómodo y lo cerré. No sé por qué, me sentí como si me hubieran pillado haciendo algo indebido, cuando ví en el álbum a Danaya desnuda. Mis ojos miraron alrededor pero yo sabía que no había nadie más que Ulbosín y yo. Ulbosín se encontraba en la ducha. De eso decía el ruido del agua.

Aquello era ridículo , claro, teniendo en consideración lo que el escultor tiene punto de vista especial a la diferencia entre timidez tradicional y el arte.

AL quitarme la ropa me metí en la cama y sentí la frescura agradable de la cama nueva.

Pronto llegó Ulbosín y manteniendo la bata al nivel del pecho se acercó a su cama. Volví de espaldas apresuradamente. Ulbosín apagó la luz al dejar sólo una lámpara cerca del sofa y oí el susurro de las sábanas.

Estaba acostado cara a la ventana abierta y la luz de la noche me mostraba muy bien el lugar donde se preparaba a dormir Ulbosín. Su bata se abrió al desnudar sus piernas arriba de las rodillas. Yo estaba acostado sin moverme, aunque dentro de mí había una decena de diablos.

Después se acercó al armario incorporado a la pared, volió con un vestidito de noche, y la colgó a la silla. Después desabrochó los botones yh se quitó la bata.

Vaya, vaya...-dirían utedes... Una mujer y un hombre por la noche en una habitación...ese cuadro redicho es muy bien conocido por otras obras del arte. Y puede ser que fuera mñas oportuno quitar esa escena y seguir del monento cuando por ejemplo el hombre por la mañana ya va al trabajo... Pero aún así seguiremos con lo que era después.

Yo entendía que me compòrtaba como un ladrón observando a la mujer que no sospechaba nada y sería mejor sólo cerrar los ojos. Y cuando recogí toda mi generosidad y decidí hacerlo, mis ojos se sncontraron el vidrio de la ventana con los de Ulbosín, y ella me mostró el punto de la lengua, frunciendo la nariz de manera muy graciosa.

Todo el deseo que había aparecido, se me fue. Y yo miraba a Ulbosín con todos mis ojos porque no mirarla sería una gran pérdida, pues su cuerpo era precioso.

Yo había tenido oportunidad de plasmar de natura desnuda, pero las mujeres que nos posaban tenían figuras clásicas. Pero se quedaban en mi alma sólo unas naturas de esudios. Yo hacía mi trabajo muy bien y trataba de reflejar cada línea con certeza. Y mi o¡profesor suspiraba y decía:

- ¿Bueno, el material práctico para las lecciones ce anatomía te resultan muy bien, Zhantás. Confiesa, ¿acaso la chica que poseaba no llamó en ti...cómo decirlo... por lo menos algún sentimiento? Una chica tan buena.

Profesor mío, alhunas de ellas me gustaban mucho. A veces les acompañaba hasta las entradas de sus casas y nos besábamos en los oscuros patios jurando el amor. Por aquel motino mis esculturas asombraban con más certinidad, pues que conocía los cuerpos de mis naturas amadas mucho mejor.

Pero después comparaba mis obras con la “Mujer durmiente” de Aristid Manoel y me rascaba la nuca desalentado.

Pero ahora fui asombrado de veras. A mi alma entró una imagen de la mujer. No es la cosa de que encontré algo perfecto y fui afectado entero. Ulbosín no era tan perfecta como las obras del arte. Su cuerpo tenía defectos con los que no se acordarían los apasionados al arte clásico. Las caderas y piernas de Ulbosín eran un poco pesadas y la cintura un poco alargada. Pero a pesar de todo ella era sorprendentemente preciosa.

Ulbosín permaneció esperando a que se calmara su suerpo y cogió el vestidito de noche de la silla.

- ¡Ulbosín, espere! – supliqué yo levantándome de mi cama turca.

Bajó las manos y me miro sorprendida. Y yo como un loco salté de la cama, corrí hacia mi americana y saqué de allí un nuevo marcador.

Me parecía que si no parara ahora mismo el momento se me iría sin volver . Como pasa por las mañanas - no se recuerda de qué ha sido el sueño, pero la memoria falla, sólo sabes que el sueño era precioso.

- Momento, momento, - balbuceaba yo corriendo por la habitación en mis calzoncillos de fibrana.

Ella por fin entendió qué pasaba y me dijo sonriendo:

-Zhantás, el papel está en el estante inferior.

Cogí todo el paquete del papel postal y al sentarme en la silla empecé a hacer los bocetos. Ella se sentó al borde de la cama y bajó las manos. Yo estaba dibujando, echando el papel lleno y tomando el otro, así que todo el suelo estaba cubierto de papel con dibujos.

Ulbosín como si temiera ahuyentar algo, estaba inmóvil, me miraba con los ojos llenos de sorpresa, interés y miedo a la vez, y observaba cada movimiento de mi mano.

- ¿No te has cansado todavía? – pregunté a Ulbosín pero aún si me respondiera que sí por lo mismo no le permitiría interrumpir nuestro trabajo.

Como si fuera un perro de calle que temíaque no le quiten el hueso. Pero Ulbosín abrió los ojos ampliamente y me dijo sonriendo:

- ¿Zhantás, has etado una vez bajo la lluvia del paraíso? Así, sabes, caliente, resplandeciente, como de cristal...

- No he tenido la ocasión, - dije tratando de imaginar una lluvia de paraíso.

- Yo tampoco, hasta hoy día, - dijo Ulbosín,- pero ahora....ahora cuando me miras me parece que estoy bajo los arroyos de una lluvia así. Me siento bien de lo que tú estés mirando mi cuerpo.

“¡Vaya!” – pensé yo y me hundí a mi trabajo de nuevo.

Se apoderó de mí un estado de una embiaguez feliz cuando se parece que soy sabio y fuerte. Yo no sé qué hora era en los relojes de los habitantes de nuestra ciudad cuando por fin aparté el marcador y el papel.

-Ya está – dije completamente exháusto. Ulbosín estaba sentada pierna a pierna y apoyándose a su mano me miraba pensativa. Me levanté, me acerqué a Ulbosín y me senté cerca de ella...

Ya es la mañana. En el suelo están cuadrados, triángulos, rombos de la luz del sol roto por los barrotes del quicial de la ventana.

Estamos acostados con Ulbosín , tranquilos, satisfechos, como unos caminantes cansados del camino largo. La cabeza de Ulbosín está sobre mi brazo. Quiero fumar pero para eso hay que levantarme y preocuparla a Ulbosín, y yo estoy relleno de la ternura hacia ella. Y me parece que al molestarle haría una especie de sacrilegio.

Estoy agradecido a Ulbosín por la alegría que me ha dado y ahora estoy para todo por ella. Confieso que había tenido cosas con mujeres pero nunca había tenido nada parecido a lo que pasó con Ulbosín. La gente que cree al Dios me aseguraban de la existencia del Paraíso. Si fuera así, aquel estado magnífico apenas se pudiera compararse con el Paraíso.

“Ulbosín, Ulbosín”-repito a todos los trastes como líneas de un poema.

¡Qué nombre más fantástico! Sus padres esperaban a un hijo, y si naciera un hijo le darín ese nombre que significa “que sea el hijo”. Perdería mucho si su deseo se hubiera cumplido. ¿Quién me envolvería en los velos de la felicidad como lo había hecho Ulbosín, su hija que no ha cumplido los deseos de sus padres con su aparición a la luz?

- Ulbosín, - susurraba yo,- Ulbosín, te voy a crear en el mármol así como te he visto hoy.

- ¡Pero no me has visto todavía con mi vestido preferido! – dijo ella astuciosa.

- No me has entendido, Ulbosín. Te voy a esculpir desnuda.

- ¿Y estaré sin vestido, sin...? – preguntaba ella como si a si misma.

- ¡Sí, no levarás ropa engeneral, la gente te verá desnuda, les traerás alegría, así será!

- Pues, si de verdad será alegría...

- No tengas dudas, Ulbosín, la gente es buena, entenderá, tiene pensamientos puros. Quién pudiera hacerlo de la manera debida... Utimamente pierdo la fe en mí.

- Tienes mucho talento, Zhantás, se saldrá todo muy bien. Y yo seré la modelo más dócil. He estado en su exposición y ví tus obras. Quería conocerte aun. Eres un buen escultor.

Ulbosín tenía en cuenta mi exposición en la Casa de Cultura. La exposición me trajo buenas referencias, los periódicos escribieron recencias pero yo mismo no estuve satisfecho dentro de mi alma.

- ¿Has estado en mi exposición? ¿Es decir, me habías conocido antes?

- Tú mismo dabas explicaciones. Yo estaba a tu lado y quería preguntarte algo pero no me prestaste atención. Y después no me atreví a preguntar. Y después Sherubay pidió a Basargul invitarme a la boda. Y yo vine sólo por ti. Yo quería estar a tu lado y que me cuidaras, me echaras el vino y miraras que no me aburriera. Pero tuve que pretender... Porque Sherubay...

- ¿Pero qué tratos puedes tener tú con el Sherubay, con esa momia seca? - pregunté un poco descarado por que los celos me dieron en la sangre.

Y Ulbosín me contó como siendo una estudiante del instituto médico conoció a Sherubay y le encantaron los cuidados del cirujano conocido y entre ellos empezó un romance.

- Sherubay me pareció el ideal del hombre. El cabello cano le añadía masculinidad. En aquellos tiempos él era muy atractivo, sí, sí, Zhantás. Además, sabía cuidar a la mujer. Decía que se casaría conmigo pero no podía abandonar a la mujer y al niño. Que debía muchas cosas a la mujer y etc.

El romance terminó con el embarazo de Ulbosín, y aquel suceso la pilló por sorpresa. En pánico ella ocultó el ambarazo de Sherubay y de los padres, se fue a Karagandá a su prima.

La prima piadosa llevó al doctor a su casa, él hizo el aborto, pero por lo mismo ya no había vuelta hacia atrás. Pero la misma prima resultó hablanchina y el susurro alcanzó a los padres severos. Entonces Ulbosín se desplazó a nuestra ciudad de Mistau.

- Sherubay me encontró, me enviaba cartas cada día, y después de la muerte de la mujer llegó él mismo. Pero yo ha no sentía nada hacia él, ya mi corazón se había apagado. – así terminó su relato Ulbosín.

- ¡Ahora no estarás sóla! ¡Estarás conmigo! ¡Nos vamos a casar! – dije yo apenas ella acabó su cuento. Ulbosín sonrió y dijo:

- Lo dices más bien de exaltado. Piénsalo bien y ya me llamarás.

- ¿Cómo puedes decir algo así? ¡Te quiero, estaremos juntos para siempre!

Lo dije y me pensé: y de veras, no hay que apresurarnos, tenemos tiempo. Después sería tarde. Prueba después dar un paso hacia atrás... Recuerda Zhantás, - me dije,- cuántas veces sucedía que amas a una chica locamente y no puedes vivir sin ella. Pero pasaban unos diez días y apenas la saludabas. Claro, nadie te había tocado el corazón así como lo ha hecho Ulbosín. Pero quíen sabe, Zhantás, quién sabe...

Hay que esperar.

Y le dije diplomáticamente:

- Tienes razón, Ulbosín. Lo tenemos todo delante. Toda la vida.ç

Ella sonrió otra vez. Pero esta vez como a sí misma. Pensé que ella podría leer mis pensamientos. Entonces le respondí en mi pensamiento: “Mira, Elbosyn, la gente miente que el amor puede surgir entre dos personas en una noche. Y nosotros somossimples mortales. No tengo culpa, Ulbosín. Lo dije al azar, a cada uno puede suceder”.

Al tener un argumento bueno pasé al avance. Y aun me enfurecí un poco con Ulbosín por mi hecho atropellado. Pero la misma Ulbosín no tenía ninguna culpa, es tonto estar de morros con ella.

Ulbosín estaba durmiendo. Quizás tuviera que ir al trabajo pero estaba durmiento tan dulcemente que no me atreví a despertarla y salí de puntillas a la calle. Al pasar el callejón tercero me acordé de que había dejado mi marcador en la casa de Ulbosín y volví hacia atrás. “Quizás de veras tiene que ir al trabajo, la voy a despertar” – me añadí.

Casi delante de mí cruzaba la calle Sherubay. Se dirigía a la parada donde vivía Ulbosín. Iba encorbado mirando bajo los pies. Sus suelas chancleteaban y él estaba balbuceando algo a sus oídos.

Se me subió la sangre a la cabeza y me ordené: “Ahora miso ve y dile a su cara “¡Oye, que no aparezca más en esa casa, viejo don Juan!”

Pero la primera racha pasaba ya, y he pensado que, él a mí no el rival. ¿Acaso es posible comparar el espantapájaros que ha envejecido con el dzhiguit joven, en que t juega la sangre? Luego he pensado también ha llegado a tal conclusión: “Puede, esto y es bueno que a Ulbosín llega Sherubay”. Sé mí a ella la única cosa, tiene que juzgar así: todo que a ella son esto tú, Zhantás. Ella enteramente sobre tu conciencia.

No, estaba seguro todavía que quiero fabulosamente Ulbosín. No quería de antemano atarse Solamente de pies y manos... “Si algo ocurre, te librarás de Sherubay en un dos por tres, - he dicho a él y, habiendo puesto de buen talento, ha vuelto a casa.

Y en un minuto del pensamiento del rival y han salido en absoluto de mi cabeza. No me tenía espera como es posible más pronto cogerse por un nuevo trabajo. La imagen de Ulbosín que ha surgido ante yo la noche pasada, estaba ante los ojos. La idea que se le había clavado tanto en la cabeza que ha desalojado todo que, hasta habiendo descubierto las casas de Basargul, me he referido a esto tranquilamente, como si desde el día de su matrimonio ha pasado por mí de los años. La hermana estaba en el pasillo con la pila de la vajilla sucia

— Ha decidido borrar aquí las huellas por él‚ — ha bromeado y ha puesto la mejilla para el beso.

Y he pasado al escritorio, distraídamente habiendo dicho — Ti a mí el bravo. He dispersado los bosquejos por la mesa con la impaciencia del alcohólico que ha llegado a la botella preferida, ha recorrido los ojos de las vez-otras por las hojuelas llenadas de dibujos. La hermana me hablaba algo de la cocina, respondía, el tipo, por lo visto, fuera de lugar, porque intrigado por mi por el canto, ha llegado a la habitación.

- ¿Qué te pasa? - preguntó ella entrando a la habitación con una toalla. Por la mañana fuiste corriendo a alguna parte. Quien sabe donde estabas...

Pero al mirar sobre mi hombro al hecho solitario ella entendió todo y se hizo seria.

- Ah, todo está claro. Sabes, hermano, cuando yo ví por la primera vez a Ulbosín, ella me pareció una mujer que espera a su artista. Es una mujer que tiene un mindo entero dentro.

- Es mi oportunidad. Lo gano todo o lo pierdo todo. Soy un escultor o un simple trabajador, Ulbosín. Y sea entonces mejor ocuparme de un simple trabajo con los amurcitos de aljor para una casa de descanso en un balneario.

- Estás exagerando un poco. No todos los escultores son grandes. Sin embargo... sin embargo yo veo que te está amargando algo, y para poder ceer en ti mismo de nuevo tú debes hacer algo extraordinario.

- Eres muy lista, mi hermanita,- repetí esta vez en toda la conciencia.

Y de nuevo me acordé de lo qué inteligente es mi Basargul y que vive en la misma casa con el Abilkás indigno.

Después me dirigí a los talleres y en primer lugar busqué al jefe económico-administrativo.

-Amigo,- le dije.- Necesito arcilla buena. Primera calidad, ¿entiendes? Y no aquella arena que trajiste la vez pasada. Y en otro caso cuando mueras te haré una máscara de la nariz larga y encorbada. Y tus nielos entenderán que eras un shaitán verdadero.

EL administrador gordo y rubio se rió con una risa fina y asquerosa. En sus ojos que se habían hecho resquicios aparecieron lágrimas como si se esforzara.

- No tengomiedo de ti, camarado Bekov, - respondió. – ¡Pero habrá arcilla super-buenísima!

Y mostró un dedo con una uña de color violeta.

En medio de mi estudio bajo el trapo húmedo había una escultura no acabada del turista, el encargo, sobre que froto se hablaba ahora. Pero el trabajo hoy no iba. “De nada, — dijo a él, — por el contrato laboral con el centro turístico a mí todavía delante el plazo honrado. Antes se ocuparé de Ulbosín, y después acabaré al turista”.

En una hora ha aparecido en el umbral la cabeza del administrador.

— Ha sacado la arcilla de primera calidad, — dijo el administrador, aunque está seguro que él y no pasaba de la raya de los talleres, además, este cicatero guardaba la arcilla buena en una y a él el caso desconocido.

Habiendo mojado la arcilla, el resto del día y todo el siguiente mí doblaba el alambre del este. Y la tarde ha echado a correr a Ulbosín, sin olfatear sobre la alegría de los pies.

Sobre la mitad de la vía me han llamado, y aun en seguida me he dado cuenta que es su voz.

Del jardín salía Ulbosín. Había corrido los últimos metros. La he tomado por la mano, nosotros dos nos hemos echado a reír felizmente. Se ha puesto rojo y estos minutos era buena especialmente. Los ojos brillaban, se ha refrescado, es como la flor después de la lluvia.

— Como sabía que te voy a ver, — ha informado Ulbosín. — Voy del trabajo, y pienso: es ahora aquí se acabará el jardín, y allí, por la calle, marcharía Zhantás.

El hombre desconocido que estaba cerca del cercado de hierro fundido, es franco examinó a Ulbosín de la cabeza a los pies, ha dirigido después la mirada a mí, y en sus ojos inesperadamente apareció la malicia. Por lo visto, él se ha irritado porque tal mujer hermosa se ha encontrado no con él, y con otro hombre.

— ¿Él a tú pasaba de nuevo, Sherubay? — He dicho de repente.

— Sí. Apenas te has ido, — ha confesado simplemente. Pero he reprochado por si acaso:

— Ya ves. Apenas me he ido, y ha llegado Sherubay.

- Le dije que tú habías dormido en mi casa y le prohibí aparecer.

- ¿Lo has dicho tú misma? – pregunté con inquietud. Pues claro. No voy a mentir. Ahora sentí una especia de arrepentimiento de que ahora tendría que explicarme con Sherubay.

- Yo dirmía cuando te fuiste. Pero después oí una llamada. Me puse la bata, abrí la puerta, y ya está Sherubay. Como si presintiera. Primero le lastimé, pensé no decirle, es viejo ya, no tiene culpa de que siga amando. Pero Sherubay lo entendió todo él mismo. El vio una pintura en el suelo. Lo cogió con manos temblando al meterse hacia él como un águila. Entonces se lo dije todo. Zhantás-dzhan, ¿actué correcto?

- ¡Demonios, ha sido feo!

- Yo no lamento. Me alegro de que haya sucedido así.

“Vale, no volverá hacia atrás el tiempo, no se puede pisar al misma agua dos veces, ya veremos cómo van a pasar las cosas en adelante” - me pensé.

-Zhantás-dzhan, ¿vamos al cine? – preguntó Ulbosín como si fuera una niña.

- Vamos mejor a tu casa, Ulbosín.

- Yo siempre envidio a las parejas que van al cine. Y se sientan cerca. Como pajaritos, -me avisó Ulbosín mirándome a los ojos.

Me sonreí y dije:

- Resilta que todavía eres tontita, Ulbosín. Al cine iremos otra vez, te lo prometo.

- Vale, vamos a mi casa, - dijo Ulbosín pero alg se había apagado en sus ojos.

III

El día de hoy ha comenzado de la visita al hospital. Ha muerto en vísperas el anciano muy importante, y su parentela ha deseado dejar a él póstumo la máscara. Quitar una máscara así es no complicado. A toda el arte se va el tiempo no por mucho más de media hora. La persona de que ha muerto se cubre por el yeso, y, cuando el yeso se hiela, se puede contar la forma para la máscara preparado, y todo y las diligencias. Pero este procedimiento a la gente, como yo, impresionables, funciona es depresivo. Cuando por primera vez me han llevado en la morgue, a mí no se ha hecho es malo apenas. Después soy larga se acostumbraba, mientras, al fin, el levantamiento de la máscara no se hacía para mí la ocupación habitual.

“La persona en tres días se acostumbra hasta a la tumba”, - dicen los kazajos.

Habiendo abierto la puerta de operaciones, he visto a Abilkás y Sherubay. Es que el que ha muerto obraba en mis manos solamente después de la apertura, que hacían el cirujano, el anatomista y su asistente.

— ¡Y bien, aquí y mi cuñado ha llegado! — ha exclamado Abilkás un poco sonriendo, y me ha dado una palmada en el hombro.

Después del matrimonio sobre mi Basargul él se hacía familiar, y trataba de subrayar a cualquier ocasión oportuna nuestras relaciones de parentesco.

— Buenos días, — he dicho, administrando la reverencia general

Sherubay ha rezongado algo y ha salido de la habitación de operaciones. Puede que lo exigiera el asunto, pero ha resultado así, como si él ha salido con ostentación.

— ¿El abuelo ya, y no se tranquilizará de ningún modo, eh? — Dijo Abilkás y ha guiñado de manera conspirativa.

Este el caballero había adivinado ya todo, nada se cubría de su ojo tenaz.

No había visto a Sherubay desde nuestro último encuentro. Él apareció un día después de la noche memorable. Entró en la habitación, se presentó cerca de la mesa como una estátua y mirando al suelo me preguntó:

- ¿Ama Usted a Ulbosín? Pero sinceramente, camarado Bekov,- dijo con una voz extraña.

Yo me había estado preparando a aquella conversación y me parecía que estaba listo a todo pero su pregunta me pilló inesperadamente. Primero quería decirle “Mire, Sherubay, no es cosa suya” o aun más duro “ ¡No te metas las narices en asuntos ajenos!”

Pero después me apaqué y pensé que todavía no conocía sus intenciones. Me recordé que soy un hombre y debo responder como un hombre.

- ¡Sí, diablos! La amo.

- Está claro.- se sonrió con ironía Sherubay. – ¿Pero por qué entonces Usted se permite algo así?

Sacó del bolsillo un trozo de papel y me lo mostró, me sorprendí mucho al ver que aquello eran los bocetos de la casa de Ulbosín.

Le miré con ojos redondos. Quizás se hubiera vuelto loco el desgraciado Sherubay por el amor infeliz, ¿o en vano le había considerado una persona de bien?

- Yo sé, Usted me quiere decir sobre impresionistas italianos, la época de Renacimiento, etc. Pero Usted ha olvidado nuestras tradiciones kazajas. Para nosotros un cuerpo desnudo es el arte.Pero para la mayoría de los kozajos es algo amoral, Usted debería pensar de la reputación de Ulbosín...

- Shaje, - dije con voz penetrante llamándole de la manera más respetuosa,- nosotros, un escultor y un médico, deberíamos saber muy bien que el cuerpo humano no es el espacio para el pecado sino también el arte, el lugar para el pensamiento y el espíritu. ¡La creación más grande de la naturaleza por fin! ¡Ulbosín lo entiende!

- Usted ha engañado a Ulbosín. La ha hecho perder la cabeza, — cortaba rudamente Sherubay.

- Quizás, no soy un gran pintor, — he dicho, si consigue por lo menos imponer en la piedra una mitad de lo que quiero decir en Ulbosín, la gente comprenderán, qué pura y hermosa es. Y ni una lengua no se moverá para decir malo.

- Pasaba por la habitación y hablaba mucho tiempo y es apasionado y joven, se ha calmado un poco, Sherubay dijo es frío:

- Aquí de esto no vale la pena hacer. Quemen los bosquejos, todavía no tarde.- comencé a objetar de nuevo, pero él ha ido a las puertas y cerca de la salida se ha vuelto y, habiendo levantado el dedo magro largo, ha proferido:

- ¡Zhantás, no se atreva! ¡Fuera!

No sé que él hablaba Ulbosín, pero sólo continuaba posar. Quitaba la ropa blanca detrás del biombo y ya era hecha sentar es habitual a la silla.

En algunos días en los talleres al fin del día me ha pasado el director de la Casa de la cultura. He dejado ir Ulbosín en el taller — ha huido al comienzo de la manifestación de los nuevos modelos, — y ponía en el estudio el orden. Y mientras lave las manos, él andaba por las ramas el trabajo cubierto por la trapería. Ello y tenía ganas de levantar el borde del trapo.

Cuando hemos salido, él rse rió y pronunció:

- ¿A las mujeres desvistes? ¿Las mujeres desnudas llegan por aquí?

- No desnudo. Desnudo.

- ¿Cuál es la diferencia? Hazlo de alguna manera misteriosa, pues ya lo discute toda la ciudad.

- Pondremos, toda la ciudad, pero alguien dijo chismeando a ti”, — he objetado mentalmente.

- ¿Has estado alguna vez en el museo? — Lo pregunté

- ¡Y, deja! No me digas: Leonardo da Vinci, Rafael, Picaso. Somos kozajos, tenemos otra visión de todo eso. Si quieres saber eres mi escultor preferido. Vístela y escúlpela cuanto quieras. Quieres, con un remo, o sea con un proyectil. Porque se empezarán rumores que nuestro escultor hace cosas indignas, y eso es con que ensaña a la juventud.

Aquí se me quedó claro quién le había dado la pista. Le dije:

- Bueno, hasta luego. Mañana me voy.

- Vaya, eres un tipo extraño. No lo he dicho oficialmente.

- No te metas las narices en nuestros asuntos con Sherubay,- le dije ya a Abilkás.

- Pero eres el hermano de mi querida Basargul, no puedo quedarme quieto,-dijo el cirujano cuidadoso.

Puse el aljor húmedo a la cara del pasado y me fuí a lavar las manos. Mi cabeza estaba llena de pensamientos de Ulbosín. Ella poseaba bien durante mi trabajo pero algo se había cambiado en su actitud hacia mí.

Ella como si hubiera encerrado de mí, había desaparecido aquella alegría con que me encontraba antes, y como si estuviera indiferente. A veces yo cogía su mirada completamente fuera de la situación, estaba callando pensativa, a veces cuando yo llegaba y tocaba su puerta , su apartamento no me respondía cuantoquiera que llamara.

Después de l nuestros primeros momentos de intimidad yo le propuse matrimonio y esperaba impaciente a que ella volviera a aquella conversación. Ulbosín me encantaba como siempre pero como mujer a una persona como yo me convendría mas bien una que esta firma en la tierra. Y a Ulbosín yo tenía que cuidar como a una niña. Y durante cada encuentro tenía que estar muy atento.

Pero la promesa ha salido exactamente de la memoria de Ulbosín. En todo caso, ha hecho mención nunca del matrimonio. Y ahora a mí ha nacido la sensación que Ulbosín se había desengañado en mí, este sentimiento me oprimía.

Detrás de la ventana entre los banquillos y el arbusto polvoriento vagaban los enfermos en los pijamas de franela que se han reducido a cenizas de a menudo comunicación con el cloro. Abilkás algo me hablaba animadamente, pero yo, dejando pasar delante de las orejas su charlatanería, con impaciencia esperaba a que se acabara el procedimiento.

Al fin la máscara eestabara preparada. He recogido la bolsa con el instrumento sin pretensiones y salí al taller.

En la ciudad pequeña nuevos modelos no se muestran tan a menudo, y para el taller local tener las modelos al caso tan raro sería un lujo inadmisible, por eso Ulbosín estaba a la vez a la mesa de los encargos, cambiándose con otra mujer.

Cuando entré en el salón, hacía la cuenta a la mujer delgada de edad media. Cerca de la mesa con las revistas de las modas esperaban el turno otros clientes. Dí una vuelta a lo largo de la vitrina con las telas, poniendo cara, como si encuentro conveniente trozo de tejido.

Ulbosín acabó los asuntos con la cliente y se me acercó. Tenía puesta una bata negra con el emblema del taller y los zapatos suaves de tacón bajo.

— ¿Qué ha pasado?

— Tengo que hablar conigo.

— Tienes razón: tenemos que hablar, —saludó Ulbosín.

- Lo quiero hacer ahora.

— Pediré solamente que me sustituyan, —dijo, y en lo que Ulbosín hubiera consentido sin objeción, yo ví un signo bueno.

Ante mí estaba la Ulbosín de antes que cumplía dócilmente cada mi deseo.

Desapareció en el taller pero después salió tranquila y dijo

- Todo está en orden. Me hab dejado salir para una mediahora.

Según yo sabía , en taller todos querían a Ulbosín. Cuando por la primera vez nos habíamos conocido y ella llegí tarde al trabajo sólo tuvo que explicar.

Apenas nos habíamos dirigido a la salida todos los demás nos miraron con atención, pues vivíamos en una ciudad pequeña y todos sabñian todo de cada uno.

Resultóque había empezado una pequeña lluvia. Cogí a Ulbosín por el brazo y corrimos juntos a una parada cercana.

- Pronto estaremos en invierno, - dijo Ulbosín.

- Nos conocimos en primavera, - traté de mostrar que aquello había sido muy importante para mí.

Ulbosín había cogido aquellas palabras mías y me sonrió. Empecé a hablar:

- Yo no te encanto más, Ulbosín. ¿Qué ha pasado? Si no me quieres más, dímelo. Algún día me querías, yo sé que tú no podrías estar conmigo sin quererme,-decía yo confuso. Pues dicen así: “no me tienen respeto mis relativos pues saben de qué tengo miedo, ni me respeta mi mujer pues me conoce como hombre”. Puede ser que lo tenemos por contrario, Ulbosín, ya todo eso es antiguo. Si es por lo que tengas que posearme como modelo dímelo por favor, Ulbosín, necesito saberlo. Además, yo he acabado la orba en arcilla. Pronto la haré en aljor y comenzaré en mármol.

- ¿Es verdad? ¿Has acabado la escultura? – preguntó ella con cierto alivio.

— Te lo digo. ¡Y no tienes que posar! Ahora es sólo mi asunto que se queda.

— Esto significa que podemos despedirnos ahora.

— ¿Bueno, qué dices, Ulbosín? No voy a despedirme de ti.

Creía que todo dependía aquí solamente de mí, y no presté al principio la atención a la entonación afirmativa en su voz. Aquí me declaró:

— No has comprendido, Zhantás, lo he decidido.

Esto ha pasado tan inesperadamente que yo, hasta sin pensar de qué hablo, disparé:

— Nos casaremos, ya verás.

Como si me tiraban por la lengua. Hasta que me asusté. Por lo visto todo se veía en mi cara, porque Ulbosín se echó a reír sin ganas.

- ¿Acaso nosotros somos pareja? Las dos personas débiles. Buscamos los dos a quién apoyarnos, — objetó, habiendo movido la cabeza, y, habiendo notado mi gesto de protesta, añadió:—Sí-sí, y toda la vida buscas el soporte, no lo adivinas solamente.

Era tarde retroceder, se trataba de mi dignidad.

— No comprendo lo que tienes en cuenta. ¡Pero tendremos una familia buena! ¡Y un montón de niños! — he proclamado categóricamente

— No seré nunca la madre, Zhantás.

— ¿Qué ha pasado, Ulbosín?

— Cuando me hacían el aborto... Entonces, en Karaganda... En fin, me hice inválida.

— ¿Pero a qué se atrevió el Sherubay? ¡Arrojaré afuera al cínico viejo ese!

— No es necesario, Zhantás. Sherubay ni sospecha. No tiene nada que ver. Él entonces me quería y me quiere ahora.

Su caraera mojada. “Yapyrmau... ¿Pero qué era esto?” - pensaba yo considerando que eran lágrimas, y, al coger a Ulbosín por el brazo la apreté hacia mí.

- Sabes que, vamos a casarnos. Ahora mismo sin perder tiempo. De algna manera viviremos sin hijos.

Pero me había equivocado tomando las gotas en la cara de Ulbosín por lágrimas.

- Eres bueno, Zhantás, pero eres un poco gracioso, - dijo Ulbosín. - ¿Cómo podré casarme contigo? Te haría una persona desgraciada.

“Quizás tuviera razón. ¡Ah, qué mujer más preciosa es la Ulbosín! Si la vida fuera sin nubes, ella sería la mejor mujer del mundo”...

- Pero prométeme que nos vamos a encontrar...

- Ya ves qué gracioso eres, Zhantás... Quieres saber si te amo... Claro que te amo. Nuestra cerrcanía es lo mejor del mundo para mí. Te lo agradezco mucho, Zhantás..

- ¡Pero prométeme que nos veremos más y más!

- Más y más - se sonrió Ulbosín, pero recordó del iempo,- si llego tarde tendré problemas.

Y ella corrió al taller por la lluvia.

- Mañana por la tarde llegaré, ¿¡me oyes?! – grité tras ella.

Ella se volvió y dijo algo. Yo también salí y me dirigí a mi taller. De veras sentí un alivio. La inquietud se había ido y ahora todo era mucho mejor.Lo único que apagaba mi alegría era la lástima por Ulbosín. No tendría la felicidad de ser madre. ¡El viejo Don Juan, feudal, maldito egoista!, - así me dirigía al Sherubay. Pero ya en diaz pasos esos pensamientos se me fueron, y me devoró mi trabajo. Yo no había engañado a Ulbosín, el trabajo con su escultura ya estaba acabado. Ahora se podía entregarlo al copiador y aquél se pondría al mármol. Pero yo decidí ocuparme del mármol yo mismo. Pero por los últimos acontecimientos la escultura sólo obtuvo su imagen en el aljor. El mármol tenía que esperar a que el espíritu de Ulbosín entrara en él.

Aquella tarde yo pasé con Basargul y su odioso marido. Ellos llegaron con su comida pensando que en mi frigo estaba bacío. Basargul ordenó el apartamento y se ocupaba en la cocina. Abilkás se portaba como un pavo y todo el tiempo hablaba de algún acontecimkiento importante esperando que mi paciancia se acabara y yo le preguntara yo mismo de qué es lo que era. Yo todo el tiempo llevaba la conversación a otro tema mostrando mi indiferencia completa hacia sus cosas. Por fin Abilkás se ofendió y el resto de la tarde pasó fijando la mirada en el vaso con el vino seco.

No es que me ocupara a menudo de mñascaras de los muertes, muy raras veces los relativos se deciden a dejar la memoria de los momentos oscuros, pero a la mañana siguiente me llamaron al hospital.

Cerca de la puerta andaba un chico grande ruso y llevaba forma militar, El chico me miró con su cara dura llena de tristeza.

- ¿Es Usted aquel mismo escultor?- preguntó al mirar a mi maleta.

- ¿Es Usted el marido o el hermano?

- Su marido está en casa – dijo el confuso,- bebe la vodka, por suerte tiene el motivo. Y la máscara no la necesita, y no necesitaba viva a Natasha.

- ¿Para qué necesita Usted la máscara? ¿Acaso no es mejor la foto en la que la mujer es viva y alegre?

- Yo necesito la máscara. Ella ha muerto de la pena. Yo quiero recordarla así.

- Espere aquí, - dije abriendo la puerta.

“¿Para qué lo necesita?-me pensé,- Ella ya no está y él todavía tiene que vivir. Mira que fuerte es él. No volverán los que se han ido. Ahora empezará a castigarse con los pensamientos. ¿No es mejor tratar de olvidar? Ah, gente...”

El el operacional estaba el cadáver de la mujer, por debajo de la sábana se veía el cabello rojo. Por lo visto Sherubay ya había cumplido sus tristes obligaciones pues no había nadie, ni él, ni Abilkás.

- El cirujano le pedía llegar cuando acabara,-dijo la enfermera ansiana que hervía los instrumentos.

Al acabar yo salí del operacional, y me trató de nuevo el joven militar.

- La máscara la recibiréis de la enfermera,- le dije.

- ¡Gracias, camarado escultor! – respondió el joven alegrándose de no se qué.

El gabinete de Sherubay estaba en el segundo piso y subiendo la escalera me enfurecía más y más. Tenía ganas de decirle a ese viejo perverso todo lo que él merecía. Pero ante su mesa estaba sentado Abilkás como si no hubiera tenido aquella lección de ayer.

¿Por qué estaba tan contento el marido de mi querida Basargul? Yo mismo estaba interesado ya.

- Salude a Abilkás Daribásovich. Desde hoy día es el director de nuestro hospital, - dijo Sherubay tendiendo solemnemente la mano a Abilkás.

Vaya qué bien le salía alabar a Aysulú Beysénova y ahora ha ocupado su puesto... No esperaba nada así de él.

Abilkás se levantó para prepararse a tenderme la mano pero yo permanecía a la entrada como si ni hubiera pasado nada. El tosió tratando de ocultar su confusión e hico unos pasos por el gabinete como si se hubiera levantado para aquello.

- ;ira Zhaqué,-dijo, - necesitamos nuevos modelos de arcilla.

Y contó los modelos de los órganos que pueden ser heridos. En la voz del marido de mi hermana se oía algo parecido al poder. El quería mostrar que lo pondría todo en orden ahora.

- Ahora no puedo. Tengo mucho trabajo. Pídelo de Almat.

- Entonces....entonces decididlo mismos con el camarado Bekov, - dijo ofendido a Sherubay y salió del gabinete.

- Yo de veras estoy sobrecargado de los pedidos,-dije. Lo que faltaba, que consideraran un chico borde...

- No le apresuramos,-dijo Sherubay,- lo hará cuando acabe su trabajo. Pero los viejos modelos ya no sirven para nada.

- Pues, si es así.... – dije yo y me dirigí a la salida.

- Escuche, camarado Bekov,- me trató Sherubay,- Yo pensaba que Usted se alegraría por el marido de su hermana. Le han dado mucha confianza con un puesto así.

- No me gustan los carreristas. Aún si son maridos de mis hermanas. – corté indignado.

- Tiene algo así,- frunció el ceño Sherubay,-pero no se puede negar que es un doctor de talento y un organizador enérgico.

- Si es así, ¿para qué entonces necesita toda esa mísera trulla? Que se ocupe tranquílamente de su asunto. Siempre le pondrán a su lugar a la persona digna.

- Usted tiene razón. Pero es joven, entusiasta. Después llegará la sabiduría. ¿Quien de nosotros no hizo tonterías en la juventud?-susurró Sherubay.

- Claro, no hay gente sin esperanzas.-me dirigí a la salida.

Aquí sucedió lo por qué Sherubay me había llamado.

- ¿Zhantás, dónde está Ulbosín? ¿Adónde se ha ido? – oí la voz de Sherubay.

Aquello ers el momento para decirla a Sherubay todo lo que yo pensaba de él. Pero de pronto entendí el sentodo de sus palabras... ¿Dénde está Ulbosín? ¿Entonces, estaba fuera de la ciudad...?

- ¿Por qué ha decidido Usted que ella se ha ido? – pregunté a Sherubay.

- Yo fui a verla, llamaba largo tiempo a la puerta pero ella no abrió, nada estaba allí...

“Pues, te lo mereces,-me pensé.” Pero después recordé que aquellas cosas yo también tuve de ella.

- Su vecina vió ella misma que Ulbosín con su maleta se había dirigido hacia la estación de tren.

Aquí acabó y me miró a los ojos.

- Pero yo pensé que Ulbosín ...sin que Usted sepa... Vosotros en los últimos tiempos...

Eñl no acabó. Yo ttampoco entendía nada.

- ¿O quizás haya pasado algo entre vosotros? – él pudo ocultar su esperanza.

- No, no, estábamos muy bien,-me apresuré a mentir,- aquí debe ser alguna otra cosa. Supongamos...

Por poco me mantuve de decirle que el motivo princopal había sido él, ese mónstruo, Sherubay.

- Es una persona así. No hace cosas a la mitad. Y si Ulbosín ha abandonado la cudad, entonces ha pasado algo serio.

¿Resulta que ayer Ulbosín sabía de su ida? ¿Y las palabras que yo no oí fueran las palabras de su despedida?

- ¿Adónde podría irse, Sherubay? – para unos minutos nos hicimos aliados.

Frunció el ceño pensando. Me dábamos pena nosotros dos. El parecía muy miserable.

- Es posible que se fue a sus relativos a Tshkent,-dijo Sherubay.

- ¿Acaso no están en Almat?

- Han vivido allí antes, ahora están en Tashkent.

El lo sabía todo de Ulbosín.

Por fin dijo con una voz decisiva y seca, la voz del Sherubay de siempre:

- La buscaré. ¡La encontraré sea lo que sea!

Qizás haya pensado “Ulbosín, no es la primera vez que te escapas de mí. Pero te encontré una vez y ahora también te voy a encontrar de nuevo”. Y yo entendí que Sherubay sigue siendo mi rival serio.

III

Lo que Ulbosín hubiera huído tan pronto me descarriló para unos días mucho pero poco a poco recuperé mi estado de ánimo. Me pensaba que quizás, así sería mejor, quizás en algún otro lugar Ulbosín encontraría su felicidad, pues cada uno es el creador de su destino. Para mí Ulbosín se quedará para siempre en el mármol y esa obra la verá mucha gente en las cortas alegrías y mucho trabajo, y yo la calentaré con mi calor.

Con esa decisión entré en mi taller, me acerqué a la estátua, quité la manta, me alejé a unos pasos y al verla entendí que Ulbosín resultó así como yo quería. Ahora la esperaba el mármol.

Miraba a Ulbosín y me alegraba como un niño. Aquello era mi palabra en el arte. Sea pequeña pero no parecida a las demás. Pero no había sido fácil mi victoria. Primero al trabajar en la obra me visitó la duda y la crisis, y me asusté de mis entensiones.

“¿Para qué lo necesitas? – me preguntaba otro Zhantás cobarde,-¿Para qué debes romper la cabeza cuando los caminos ya están hechas por los artistas grandes? ¡No te pases! Hazla por ejemplo en el estilo de la “Nunfa mordida por el escoprio”. ¿Acaso Lorenzo Bartolini no es digno de imitar? No, Zhantás, Lorenzo Bartolini es digno de eso e imitarlo vale el respeto.”

Es bueno que el primer Zhantás hubiera podido vencerle y encontrar las fuerzas en si mismo.

“Mira, Zhantás, Lorenzo Bartolini era sin duda un escultor famoso. Pero le damos el honor por haber sido el único Lorenzo Bartolini y no el segundo u tercer Fibio. ¿Para qué necesita el arte al segundo Bartolini? Que tenga al único. Pero recibirá también al único Zhantás Bekov, no grande, pero verdadero.”

El primer Zhantás ahora estaba muy contento y dijo a su contrapartida con reproche:

“¿Cómo es que no lo entiendes? La ninfa tiene su pena y su destino, y la pena y el destino de Ulbosín son compltamente otros. ¿Acaso se puede decir de dos destinos con las mismas palabras? Vaya un melon que eres...” Y el segundo Znahtas no tenía qué responder...

Fui al administrador. Al verme se puso nervioso y preguntó:

-¿Qué es lo que quieres de mí, mi alma? Pues tómatela y vete, soy un padre de seis hijos.

- Tu alma todavía es necesaria para tus seis hijos. Pero si tu no me des un trozo de mármol de Carrara, haré una escultura que llamaré “el enemigo principal del pueblo soviético” y que será muy parecida a ti y después dejaré que la vean todos.

- Ya está,- dijo el administrador.- Ya he entendido que esto es necesario para la mujer desnuda. Tendrás el mármol,. Querido mío.

- Por el marmol gracias de antemano. Pero si la llames así una vez más, tendrás con la tajadera. ¡Ten verguenza! Trabajas al lado del arte.

El administrador cumplió su promesa. No sé de dónde pero sacó un bloque de marmol perfecto.

Desde entoncestodo mi tiempo libre pasaba en el taller. Una vez al fin de otra primavera cuando yo trabajaba en los hombros de la escultura y trataba de darles las líneas y el calor de Ulbosín, me dió un honor con su visita Sherubay.

No nos habíamos encontrado desde el otoño pero el abrigo de Sherubay mostraba que él había adelgazado mucho más aún.

Por más que torpe que sea, me sentí incómodo ante mi rival. El había adelgazado por la pasión insoportable y yo había tomado cinco quilos.

- He encontrado sus huellas.

- ¿Pues y dónde está? ¿Qué le pasa?

Ahora entendí que ya me interesaba solamente la Ulbosín de marmol. Su heroe real ya era para mi algo lejano e irreal. Y me era extraño entender que existía una más Ulbosín que la mía, la de marmol.

- De veras mucho tiempo vivía con sus padres en Tashkent,- me avisó en nuevo Sherlock Holmes. – Por eso ella abandonó Tashkent también.

- ¿De dónde lo sabe Usted?

- Fui a Tashkent,- dijo brevemente Sherubay.

Estábamos callando. Sherubay miraba a la escultura. Después se decidió a algo y dijo

- En Tashkent yo me enteré de que ella está enferma. Es que tuvo que hacer un aborto por un canalla, - pronunció esa palabra con énfasis, aludiendo a mí. Tuvo que pagar mucho por él. En Tashkent ella visitaba a los doctores, yo hablaba con mis colegas a los cuales ella consultaba. Su estado es serio.

Sherubay me miró a los ojos como un procurador estatal. El no sospechaba que aquella arma fuerte que él había dirigido hacia mí, yo fácilmente podría mover al lado suyo. Pero yo no pude hacerlo. Quizás, porque él quería a Ulbosín con pasion inapagable, y yo ha me había calmado. Y ya no tenía derecho a ser su juez.

- Usted no me entenderá, Zhantás,-dijo,- somos dos personas muy diferentes. Por la noche oí el graznido de los gansos...se acerca el verano.

El seguía con su abrigo. Estaba sudando pero no se quitaba la ropa subrayando que somos lejanos. Pero yo me había clavado en su vida, en su relación con Ulbosín. Todo le recordaba en mi de ella.

- Ayer tuve una operación fácil que por poco acabó con la muerte del paciente,- dijo Sherubay,- Parece que me he cansado de mí mismo. La pena se apodera de mí. No es posible curarle al otro sin haberse curado a si mismo.

- ¿Pero por qué no se casó Usted con ella si desde el principio la amaba?

- Un poco antes de aquello mi mujer dio a luz. Hace mucho tiempo lo esperábamos pero no podíamos. Y cuando por fin nació el niño yi no podía dejarla, sería una traición fuerte,-dijo Sherubay culpable.

- ¡Pero lo hizo después, a dejó!

- La mujer y el niño murieron en una catástrofe. Se tropezaron con un camión en el coche. Hace cuatro años.

Lo sabía de Ulbosín pero seguía torturándole. Al perder el derecho a la venganza en lo principal trataba de picar con cosas menores.Y parece que me había pasado.

- No es nada, la encontrará. Quizás no todo está perdido. Sabe Usted, cada hombre forja su felicidad.

- ¡Pero Usted... Usted es un demagogo! – explotó Sherubay, matándome con su miraba como si yo fuera un insecto que le daba una repugnancia.- La encontraré de todos modos, la cosa no es esa. Usted la ha abandonado. Para Used ella es solamente una mujer bella, para mí ella es el sol, y Usted ha apagado ese sol con sus manos sucias, mi vida está en la completa oscuridad por su culpa!

Seguía desvelándose con floridos giros orientales. En su imaginacion los diablos de todos los cuentos eran angelitos en comparasión conmigo.

“Zhantás, qué furioso está contigo, imagínatelo”, - me dirigía a mí mismo.

El calló y se fue hacia la puerta, se su abrigo salía un humo como del horno.

Cerca de la escultura se paró y preguntó como si fuera cansado:

- ¿Y qué, más abajo de la cintura también estará desnuda?

Yo asentí callando. El meneó la cabeza en perplejidad y con cuidado pasó con la mano la frente de Ulbosín, sus mejillas, su cuello. Ante los pechos, asustado, descorrió la mano.

- Zhantás, ¿acaso no se puede dejarlo así? Así se hace, pechos desnudos y después la piedra. Lo vi en museos y tú no te escarapás de la verdad.

- No puedo hacerlo de otra manera, Sherubay. Así nació esto en mí. – dije firme. Pues trabajo ya muchos meses en esa obra no para dejarla por el deseo de un ansiano loco.

El meneó la cabeza de nuevo y sin despedirse de mí salió. Desde la ventana lo ví pasar cerca de mi casa.

Yo me puse a trabajar de nuevo. Pero alguna incertidumbre me torturaba. Me pensé “¿Acaso no la amas más, Zhantás? Resulta que tus sentimientos ya se han apagado...Hasta ese día pensabas que ella después de Basargul es la persona más cercana a ti. A veces pasa algo así en la vida. Amas a alguien y resulta que amabas no a Ulbosín sino a tu idea loca. Ulbosín mujer y Ulbosín idea. ¡Qué persona eres, Zhantás! Cuantas veces te has enamorado pero sea tú paras de amar o no te aman a ti. ¡Ay ay ay qué calavera eres!

En la temprana juventud siempre estaba enamorado de alguien. Una vez llegó como modelo a nuestro instituto de Moscú una chica kazaja que se llamaba Umit. Ella era muy guapa. Umit se intimidaba mucho, bajaba los ojos, no sabía qué hacer y cómo posear, pero necesitana mucho el dinero por eso había llegado a posear. El profesor le dejó posear solo para una persona y me escogieron a mí. Era su compatriota por eso ella conmigo se sentía más segura. Yo esculpía el cuerpo desnudo por la primera vez pero estaba convencido que el cuerpo femenino es la creación más perfecta de la naturaleza. Y Umit se difeenciaba con una belleza increíble. Su cuerpo era un poco anguloso y sus pechos firmes salían con los pezones agudos.

Estábamos bien torturados por nuestra timidez porque éramos lod dos muy jóvenes, ella era modesta y se ruborizaba, al encontrarnos con miradas bajábamos los ojos y yo trataba de mirar a un lado. Nuestras conversaciones eran algo así:

- Umit, levante la cabeza un poco.

- ¿Así? – preguntaba ella mirando al suelo.

- Gracias, Umit, así está bien ,- respondía yo mirando a un punto en la pared.

- No se ponga tensa, Umit, relájese un poco – decía yo sin notar la ti¡ontería de mis palabras.

Pronto nos acostumbramos y nos sentíamps más libre. Ella estudiaba en la facultad económica y alegremente me contaba de sus cositas de estudiantes.

Después del trabajo íbamos juntos a la parada de autobús y hablábamos como amigos. Me fijé en lo que empecé a pensar en Umit en otros momentos y además la veía en los sueños. Antes de las sesiones yo me arreglaba mucho, planchaba mis pantalones, limpiaba mis zpaatos que fueran brillantes.

Era tan seguro de mi mismo, que no tenía ni una duda de mi éxito. Y creía que Umit ya estaba enamorada de mí. Por eso decidí prolongar el momento de la confesión hasta la última sesión.

Y ya el momento feliz llegó. Después de la sesión como siempre vamos a la estación y Umit me cuenta de algo suyo pero mi corazón late como loco llevándome casi al estado de la muerte clínica.

- Umit, - dije con una voz temblando,- sentémonos al escaño.- Umit, quizás nos vemos la última vez ,- añado tratando de desemborracharla lo antes posible.

Pensé que la chica me mirara con horror y me dijera “¡¿Zhantás, cómo es posible?! ¡No lo aguantaré!”

Pero en vez de aquello Umit dijo con alegría:

- Me alegro tanto que ahora después de las clases no deba ir a otra parte de la ciudad y posear para un hombre desconocido desnuda. La verdad es que eres uin buen compañero, Zhantás, pero es muy incómodo estar desnuda delante de ti, eres un hombre, aunque me haya acostumbrado a ti ya. Pero ahora Muslim y yo tenemos dinero para la boda. Yo, para el vestido y él, para el traje. ¡Y para el montón de huéspedes!

Ella charlaba más cosas y yo me quedé estupefacto pensando “¡Vaya...!”

IV

El talento de la persona se nota en las desgracias. Así creen muchos. El sueño se parece a una zorra roja. Está lejos, con su cola roja como un fuego. Se arroja uno hacia ella, pero ya no está allí. Y cuando al desesperarse uno se pone a hacer algo otro, la zorra roja de nuevo llega a seducir. Y se arroja hacia ella de nuevo, corriendo y luchando contra todos los obstáculos porque sin hacerlo, se haré el símbolo de la vida vivida en vano. Y ahora que está en las manos, la persona ya está cansada, demarcada. Así, como se cree, se hacen las cosas mejores del ser humano.

Yo, Zhantás, un escultor aun no famoso, no creo así. A mi parecer, las obras mejores de la persona se hacen fácil y con alegría, con la sensación de la fiesta eterna. Lo parecido sentía cuando escultaba la estatua de Ulbosín. La escultura está acabada y he puesto en ella un trozo de mi alma.

Pensaba así mirando a la escultura de Ulbosín cuando por mi ventana pasó de nuevo la imagen astética de Sherubay pero esta vez en la dirección contraria porque iba a verme a mí.

Arrojé un a manta a la estatua y miré a la puerta. Sherubay entró. Llevaba un sombrero ligero porque hacía mucha calor.

- ¿Han alcanzado su objetivo? Pero yo le advertía. Zhantás, Usted lo recuerda muy bien.

Lo supo. Hacía el tercer día pero ya lo sabía todo. Le habrá dicho Abilkás, sin duda, de lo que yo había hecho mi trabajo.

- ¿Y qué quiere hacer con...ella? – indicó a la estatua sin mirarla. Verla aun cubierta consideraba algo inoportuno.

- La mostraré en Almat, en la primera exposición,- respondí tratando de parecer indiferente.

- Véndemela. La compro.

“Zhantás,-me dije,-de veras piensa que he trabajado por el dinero. Voy a darle una lección.”

- Cien mil,- dije corto.

- ¿Espero, con antiguos? – preguntó Sherubay.

- ¿Vive Usted en los tiempos antíguos, Sherubay? Muchas cosas se han cambiado desde entonces.

- ¿Pero dónde sacaré tanto dinero? Tengo sólo dos mil. Tómelo todo que tengo. Pongo un poco a la vejez, envío a los padres, tienen muy pequeña pensión...

Me lo estaba explicando en serio. No entendía que yo estaba burlándome de él.

- Tome todo lo que tengo.

- Cien mil, nada menos. Usted aprecia a Ulbosín muy poco.

- Si yo supiera... - dijo desvalido.

- Es un trabajo muy duro ,- dije mostrando mis manos,-además Ulbosín me es muy preciosa. Usted lo sabía.

- ¡Si yo supiera algo así...! – exclamó.

“¿Acaso se puede amar con tanta fuerza? Eñ ama a Ulbosín tanto que no quiere que alguien más la mire..”
- No se puede amar con tanta fuerza. Usted está fingiéndose. Es una manía, Usted es una persona síquicamente enferma, Sherubay.

Sus cejas corrieron arriba, me miró estupefacto.

- ¿Qué dijo Usted, perdone? ¿Una manía? ¿Me estoy fingiendo?

- Puede que me haya pasado en cuanto al fingirse. Pero dudo que sea normal su conducta.

- ¿Quién conoce bien los límites de lo normal? Pero mirando a las cosas con sus ojos...Una persona ansiana le puede parecer loca con sus sentimientos.

- La cosa no es esa, Sherubay. Hay amor etenro en la literatura. Alli los carácteres son firmes y los sentimientos fuertes. Y se apoyan con el combustible de la mejor marca. En la vida a eso se añaden los celos, mal caracter y otras cosas. Sabemos que Ulbosín es una mujer, una simple mortal. Y cuando se sabe que pasará algún tiempo y Usted podrá encontrar a otra, y sufrir tanto no es de alguien sano de salud síquica, Usted parece un maníaco, Sherubay.

Sherubay cerró los ojos y meneó la cabeza.

- Ay ay ay, Zhantás, así reflecciona una persona que se ha dedicado al arte. Es que no ha amado Usted de verdad. Puede que yo sea un maníaco. Y yo perdí la cabeza. A veces la gente se enamora locamente. Yo fui el testigo de como una persona ha sacrificado su vida por el amor.

- Su nombre era Kazi-Korpesh, el de su amada, Bayan-Slu,-noté irónicamente.

- Su nombre era Asigat, el de su amada, Karakoz, - dijo solemnemente Sherubay.

Su aguante sorprendente me paralizó y él se sentó a la silla sin intenciones de cederme.

- Asigat era un simple constructor de vías, y Karakoz, una profesora de la escuela. No son profesiones para posía. Pero Karakoz era digna de canciónes de poetas. Tenía ojos enormes y negros, y la cara redonda bella. Era como la salida del sol. La gente es como los pájaros. Gansos y cisnes, iendo para invernar, olvidan los lugares donde estaban en la primavera. De la misma manera nosotros olvidamos los acontecimientos hasta que algo nos recuerde de ellos.

Lo recordaba no para mí. Trataba de consolar su herido corazón, y le dejé seguir.

- Eran mis vecinos, cuando vine al graduar de la universidad a Kzil-Orda, y ya tenían a su hijo Berik. Eran cono cisnes. El la cuidaba mucho y ella se apoyaba en él. Quizas sea yo un mal poeta pero así me parecían.

- Si, Sherubay, es Usted un poeta malo, los cisnes son una estampa.

- Pero me lo parecían. No hay cosa más corta que la alegría.Resultó pronto que Karakoz tenía albarazo. Mientras era una pequeña mancha no lo notábamos, la envié a investigar al leprosorio en las islas Barsa-Kelmes. Era difícil pero no se podía hacer nada. Es la ley de la vida.

- ¡Yapirmay! Es de veras triste.

- Sí, para Karakoz era una desgracia doble: la enfermdad y separación de la persona amada. Y entonces Asibat se deciió a un paso desesperado.

Sherubay calló escogiendo palabras. Yo me enteré de lo qué pasó pero quería oírlo con mis propias orejas.

- ¿Según su teoría, Zhantás, él debería al penar por la amada un poco para la decencia, buscar consuelo con una nueva Karakoz? – preguntó Sherubay sonriendo con sorna.

Ese burro viejo lo entendía todo litaralmente.

- Asibat al llevar al niño a a casa de sus padres, se fue al leprosorio para estar con Karakoz. Los dos murieron después de largos sufrimientos. Su amor era como el amor de los cisnes. Un cisne al perder a su pareja muere de la pena, - conclusó Sherubay solemnemente.

- Es una historia impresionante. Si no lo haya inventado Usted, Sherubay. Entre nosotros hay muy poca gente como Asigat. ¡El era una persona muy fuerte! – dije. - Yo no podría hacer algo así.

- Si. Usted no lo podría. - dijo maloicioso, levantándose de la silla. Y repitió con placer: - Usted no lo podría.

La furia de antes se despertó en nosotros. Estabamos locos de furia uno al otro. El me consideraba el motivo de todas sus degracias, y las de Ulbosín. Pero yo sí que sabía quién tenía la culpa.

El volvió en sí primero.

-¡Exacto, Xhantas, Usted no podría! – exclamó como un actor de un teatro que se aleja al paño después del espectáculo.

- ¡Bravo! – dije con sonrisa maliciosa.

VI

Entonces, la escultura estaba en el medio de mi estudio. La sensación de que por fin había hecho algo grande me rellenaba y era visto en mi cara, y en cada momento oportuno aprovechaba la posibilidad cuando alguien de los conocidos me preguntaba:

- Zhantás, Usted sonría todo el día hoy. Comparta con nosotros su felicidad, por favor, también queremos saberlo.

- No, es que es un día normal, pero hace sol, y un magnífico tiempo, ¿acaso se hay de qué sonreír? Por eso sonrío.

No entiendo por qué es tan vergonzoso aboldear con algo. Podría decirles:

- Amigos, he hecho una escultura buena de veras. ¡Miren por favor a mi Ulbosín! ¿Tiene algo, no?

Pero no se habla de sus propios cosas no es tan bien. Pero por lo mismo tengo muy buen humor. Y la primavera maravillosa añade el calor. Tiene todos los signos del renacimiento. La verdura está floreciendo, como siempre le es designado florecer y renacer en primavera. Es decir el mundo altiguo por las calles del cual estoy andando a saltos ahora, como borracho y feliz, paecido a un joven que acaba de tomarse su primera copa.

Esos días estoy enamorado de todos - de la gente desconocida, de los perros en la calle, las casas, en una palabra, a todo el mundo.

Pero quería contar de nuestro Mustau. Un kazajo nómada no entendía nada de geología. Pero conocía muy bien los lugares donde se pastaban sus cabras. Cada tierra tiene su color y sus rasgos, y el kazajo tiene la experiencia de sus antepasados. Daba a las tierras nombres simples: Vena Dorada, Lago de Hierro Fundido, Piedra Plomo, Dzhez-Kazgán, etc. Y la sabiduría grande de los antepasados. Creo que nosotros, kazajos, tenemos la más grande sabiduría. Alguien puede no ponerse de acuerdo. Y otros dirán:

- Zhantás, cada uno cree que su propio pueblo es el más sabio. Tenlo en cuenta.

Que sea así. Y es así de veras. Me encanta mucho el arte de mi pueblo. No soy un admirador tan grande de las cosas antíguas pero sé muy bien que no hay niño nacido sin madre. Puede crecer y no parecer tanto a su madre. Pero en sus venas ocultas de todo el mundo tiene su sangre.

Pues, uno de los kazajos nómadas nombró a nuestra ciudad la de cobre. Y no se equivocó. Aquí ha crecido nuestra ciudad Mistau porque significa “Una ciudad de plomo”. Pero no sabía la única cosa: cerca había también estaño y plomo.

La ciudad tiene cinco años. Los árboles planteados al día de su cumpleaños ya dan la sombra. Estoy paseando entre los árboles, al aire libre, no sé adonde. Y veo que mi hermana Basargul está caminando con una alta chica morena y muy guapa. Tiene dos trenzas y es esbelta, fina y lleva zapatos blancos de tacón.

- Hola, Koke, ¿adonde te apresuras tanto? – me preguntaron las chicas y se rieron.

- Pues estoy paseando al aire libre,-respondo esperando ya algún chasco.

- ¿Entonces no la reconoces? ‘ preguntó Basargul sonriendo.

- Zhantás-agá me ha olvidado por completo, - dijo la chica y ellas de nuevo ucearon

- ¡Oy bay, pero es la Ayauzhán! – exclamé estupefacto.

Yo sabía que en un día así debería suceder algo. Y ya está – Ayauzhán misma. Me pueden decir

- ¡Zhantás, pero eres un Don Juán! ¡Otra chica!

Es así, ya había dicho a algunas chicas que estaba enamorado. NO se puede hacer nada, cada corazón late a su ritmo. Cada latir da a luz un amor. Cada amor da la vida a su canción. Pero ... pero con Ayauzhán la historia es otra.

Los recuerdos de Ayauzhán van al pasado. Basargul y yo éramos sus amigos de la niñez. Ella tenía a su padre y a su madrasta, pero la gente más cercanas éramos Basargul y yo. Nuestra abuela Kara Kempir la llamaba “nieta”. Antes de las fiestas yo dibujaba algunos carteles para empresas y ganaba un poco de dinero, y Ayauzhán recibía su regalo, igual que mi hermana.

Lo veían, claro, todos los que nos rodeaban, y nos lamaban el novio y la novia. Era una broma y a pesar de que no fuera nueva, yo me enfurecía y hasta una ves peguñe a un chico pesado que nos molestaba pero en el fondo del corazón me gustaba lo que nos llamaran así. Pero el bromista sin cansasre le preguntaba “¿Ayauzhán, cuándo es tu boda con Zhantás? La chica se intimidaba, eran de la misma edad con Basargul, y se veía bien que ella era más joven que yo. Y en el alma de la chica de quince años ya nacían sentimientos de una mujer. Sin embargo, nuestra relación no pasaba el límite. Nos considerábamos hermano y hermana.

Una vez durante los últimos días de la primavera, cuando yo me preparaba a los exámenes, llegó un chico y me dijo que Ayauzhán me esperaba al otro borde del aúl, cerca de los almacenes. Ya había anochecido, y yo me preparaba a acostarme para levantarme por la mañana y esturdiar un poco y no tenía muchas ganas de ponerme la ropa. Yo pensé que nhabría sido una broma de algún chico del aúl e iba a darle una buena paliza.

- Vale, muéstrame dónde está,- dij tomando al chico del codo pues lo tanía como el único testigo.

- ¡Aquí está! – gritó el chico asustado mostrando a la figura blanquiza, y cuando le solté, enseguida fue corriendo a la esquina más cercana.

Ayauzhán llevaba un vestidito fino y ya hacía mucho frío en la estepa y ella de veras tenía mucho frío. Pero eso se podría explicar con la inquietud.

- ¿Qué ha pasado, Ayauzhán? – la pregunté presintiendo algo malo.

Pasó un rato a que ella pudiera recuperar la paciencia pues se había asustado mucho aquí en la estepa sóla.

Resultó que por el mando de la madrastra le iban a casar y en casa estaban ahora los consuegros y su pare que temía no opbedecer a la mujer.

- Ahora estarán buscándome, quieren recogerme hoy,-dijo ella estremeciéndose con su cuerpo delgado

- ¡Pero todavía no has acabado los estudios en la escuela!

- La madrastra dijo que ya estoy bastante bien educada ,- respondió Ayauzhán con una voz condenada.

Historias así siguen sucediendo en nuestros lugares. Y luchar contra las tradiciones de muchos siglos no es tan fácil. Pero yo estaba dispuesto a luchar por mi hermanita.

- Mira, hay que ir a la policía. No son los tiempor ya para casar a la persona contra su voluntad.

- Pero...Zhantás...la cosa... es que él es el hermano menor del jefe de la policía. La cosa ya está decidida. Ellos dicen que yo solo me intimido,- susurró Ayauzhán.

Cerca de las casas cercanas se oyeron las voces.

- Aquí está ,- dijo la voz femenina. ¡ Que aparezca sólo ante mis ojos, infame! ¿Ayauzha-aaan, dónde estás, perra?

- ¡No se escapará, ahora encontraremos! – respondió una vos masculina borracha.

- Estan muchos, Zhantás-agá, todo está acabado.

- Hay esperar a la mañana. Ayauzhán. Por la mañana iremos al comité del distrito, te ayudarán allí, - y al cogerla por el brazo fui corriendo a la estepa.

Toda la noche nos escapábamos en un mimbre cerca de la escuela. Tuvimos mucho frío, especialmente Ayauzhán, llevaba sólo vestido fino.

Le dí mi chaqueta y en cinco minutos ya tenía muchísimo frío yo.

- Zhantás-agá, quizás, nos cubriremos juntos, - dijo la chica, tímida, recordando las bromas de los chicos.

Pero yo no reflezionaba, yo nos cubrí juntos y abracé a Ayauzhán por la cintura para sentirnos mejor bajo esa chaqueta. Poco a poco en vez del frío llegó el calor. Y besé a Ayauzhán en la mejilla. Nos besábamos así hasta la mañana pero eran besos del hermana y hermano. Aunque era la primera vez que yo besasa a una chica. Y aquella chica era Ayauzhán.

Por la mañana fuimos comité del distito y los culpables fueron castigados así como lo merecían. Después llegaron los exámenes, yo me fui completamente en ellos y la historia con Ayauzhán fue al pasado.

Después fui a estudiar en Moscú, y Basargul con Ayauzhán se quedaron en el pueblo. Y cuando murió la abuela, el pueblo y Ayuazhán se hicieron sólo un recuerdo para mí.

Y ahora apareció de aqellos recuerdos tan inesperadamente. La recordaba así, como una chica desaliñada, y ahora, - ¡tan guapa!

- ¿De dónde has llegado, Ayauzhán? – pregunté riendo, facil y desahogado.

- He llegado de allí, desde arriba, muy alto,-respondió la chica sonriendo e indicando al cielo.

Yo también miré arriba tratando de encontrar algún avión en el que podría haber llegado Ayauzhán.

- ¡Aquí está, vaya qué torpe eres! - dijo Basargul indicándome al enorme grúa para obras.

Yo ni podría imaginar que Ayauzhán pudiera tener algo común con esa máquina enorme.

Resultó que las amigas mantenían la relación y Ayauzhán le dijo que iba a la construcción en Temirtau.

- Cuando decidí volver a la paria, decidí ir a aquella ciudad donde tengo mis buenos amigos y personas cercanas, - dijo la chica.- Y Basargul me ha encontrado un buen trabajo.

Quería reñir a la hermana por lo que no me hubiera dicho de que se escribían cartas con Ayauzhán. ¿De dónde podría saber que Ayauzhán se había hecho una chica guapísima?

- Koke, íbamos a verte. ¿No estás contento? – preguntó Basargul

- Ya preguntas, - respondí.

Fuimos a la tienda, compramos una botella del vino seco y nos dirigimos a mi casa. Todo el camino yo miraba a Ayauzhán y pensaba “Vaya, hermanita, cómo has crecido...” Y además, me dije a mí mismo “Aqui está tu primer amor, Zhantás”.

Sí, sí, estaba emocionado un poco, pues con la punta de la lengua seguía sintiendo aquel beso y aunque era de hermanos, me parecía que sus labios estaban temblando.

Mientras lo clavaba en mi cabeza nuestra amiga contaba de sí misma de manera diligente.

- ¿Adónde podría ir a estudiar después de la escuela? La madrastra no me dejaba vivir tranquila, y me fui a Temirtau a trabajar en la construcción. La profesión de mecánica de grúa es muy buena, ahora estoy en el tercer alo del instituto politécnico. Tengo que viajar, claro. Por las noches las chicas van al baile y yo, a estudiar, pues, hay que ganar el diploma del ingeniero. No sabéis todavía qué persistente soy, - decía de manera segura.

Y andaba fácilmente en sus tacones y era muy agradable mirarla del lado, se veía que va la persona que tiene su propio destino en sus manos. Y aquí decidí preguntar, pero quién me lo pedía, no sé.

- Ayauzhán, ¿te has casado?

Las amigas se rieron, y Basargul me dijo con broma:

- ¿Pero qué tienes que ver tú con eso, Koke? Vaya un Don Juán que eres...

- Adivine, Zhantás-agá, - Ayauzhán a veces me trataba de Usted. Parece que yo me había quedado para ella un hombre maduro y sabio.

“¿Pues de veras, para qué lo necesito saber? Quizás haya traído consigo a un soldado. Con una chica así cualquiera iría al fin del mundo”.

Así pensaba yo imaginando que era indifeente al estado civil de Ayauzhán pues ahora las dos estaban cerca de la puerta de mi casa y tenía que parecer un anfitrión.

- Eso es mi castillo de la familia, - bromeé.

- Pues veo grietas en las paredes seculares.

- Por lo visto ese castillo fue construído por el hermano más indolente de la familia. ¿Pero qué es esto?

Tomó de la mesa una fotoreproducción de la estátua de Ulbosín.Yo había hecho unas fotos y las envié a un escultor conocido a Almat. Una de ellas se quedó en la mesa.

- Mi última oba,- dije indiferente sin querer que Ayauzhán supiera algo de mi relación con Ulbosín.

Pero Basargul entró en la habitación y al ver el dibujo dijo con una voz fría:

- Felicitaciones, Zhantás, has estudiado muy bien el mundo inferior de Ulbosín,-lo dijo y se fue a la cocina.

Para un mimento me olvidé de la huésped y me pensé qué es lo que podría haber pasado con mi Basargul...¿Acaso no consideraba a Ulbosín una modelo perfecta? ¿Si una persona graduada del colegio de a rte me dice algo así, qué va a decir la gente que ni percibe faldas arriba de la rodilla? ¿Qué dirá Ayauzhán? Vamos a ver...”

- Las mías tanbién ,- dijo Ayauzhán,- es una mijer muy guapa. Pero parece que tiene un destino triste, no sé por qué. Me da una lástima aun, Zhantás-agá.

- Quizás tengas razón, Ayauzhán, no conozco muy bien a esa mujer, durante mucho tiempo vivía aquí pero se fue a no sé dónde.

- ¿Me muestre la misma esculura?

- Claro, si no la hayan enviado todavía a Almat,- prometí sin saber si pudiera cumplir la promesa.

No sé por qué pero tuve miedo de mostrar la escultura a Ayauzhán. Cuando se encuentran dos mujeres una de las cuales sabe muchas cosas de mí, tenía preocupaciones.

- Entonces era muy lejana para Usted. Y a mí pareció que...le ha inspirado mucho, Zhantás-agá.

- Pues claro, sin inspiración no se puede hacer una obra. Pero un poco. Me inspiró la idea,- balvuceaba yo sabiendo que Ayauzhán sin querer me estaba aculando.

¿Y puede que Basargul dijo ya todo a Ayauzhán? Pues el Saadí decía que si un seceto lo sabe una mujer, eso significa que lo sabe ya su marido, su amante y su mejor amiga. ¿Acaso Basargul no es mujer típica? No tiene amante y no lo va a tener mucho tiempo todavía hasta que entienda todo de su Abilkás. ¿Lo podría decir todo a su mejor amiga, a Ayauzhán, no?

- ¿Has hecho muchas esculturas en ese tiempo? Han pasado más que dos años después de tu graduaciónm quizás has hecho muchas cosas buenas, me las mostrarás, ¿verdad?

- Claro, respondí. No pude mostrar que me sentía avergonzado por mis obras.

- El arte no obedece a planes, recuérdalo,- dije en tono ejemplar.

Nos llamó Basargul a la cocina, yo propuse brindar por Ayauzhán pero ella propuso beber primero por el encuentro.

Brindamos y fue nuestra alegría a lo grande. Sólo se oía

-¿Recuerdas?

- ¿No, tú recuerdas?

Cada uno tenía su propia historia para contar, nos interrumpíamos... Habíamos tenido cosas tristes en la niñez, pero ahora recordábamos solamente lo bueno.

-Es curioso, Ayauzhán, ¿dónde te has quedado? – pregunté, - En la casa de Basargul?

- No quería incomodar a Basargul, - dijo Ayauzhán, - para una ingeniera técnica siempre hay lugar en la residencia comunal, – de esa manera me enteré de que ella no estaba casada.

Pero ahora entendieron mi retrechería sincera y desde ahora el alborozo se empezó con más alegría.

- ¡Cuidado con mi koke, hermanita,- dijo Basargul en broma,- es un hombre muy astuto!

- Pero qué dices, soy una mecánica de grúa, no entiendo nada del arte, y Zhantás-agá seguramente quiere ver a su lado a una mujer de buena formación, a una candidada a doctora en ciencias.

- ¿¡Cómo puede ser?! ¡Quiero a la doctora en ciencias como mujer! – exclamé neceando.

La botella ya estaba vacía cuando llegó Abilkás.

- Aquí estáis, - dijo,- y toda la ciudad sólo habña de que acaba de oasar Zhantás con mi mujer y una chica muy guapa. – El azogamiento de sus movimientos había desparecido, estaba muy solemne como se debe en su posición nueva.- Veo que la botella está con agujeros, el vino se ha hechado a lguna parte, ¿no sabéis adónde?- trató de bromear pero las mujeres sólo sonriéron tensamente. Lo dicen correcto: “la posición no añade inteligencia, pero obliga a parecer inteligente”.

- ¿Cómo está Aysulú Beysénova, una médica reconocida? – lo pregunté tratando de quitarle el orgullo.

- ¿Qué médica reconocida es? Tiene formación de una enfermera, ‘ dijo Abilkás, yo en la reunión dije justamente así: “No corresponde la señora Beysénova a su posición”. Ahora es la jefa del comedor.

- ¡Pero qué horror! – exclamó Ayauzhán sin sispechar nada.

Basargul enrojeció y miró al marido con ruego. Ella como si quisiera preguntar “¿Para qué lo haces?” Recordaba bien como cuidana Abilkás a Beysénova en la boda.

Abilkás decidió que era la hora de asestar el golpe en resupesta y al hacer unos tragos del té preguntó con una voz inocente:

- ¿Entonces has acabado la escultura de Ulbosín?

- ¿Quieres mirar? – pregnté con ironía.

- No me conozco bien en el arte. Pero una persona de veras está interesada en la escultura. ¿Para qué la necesitas ahora? - preguntó presionando.- Véndesela, le es más cara.

- Si es tan preciosa para él, ¿por qué no quiere pagar cien mil? - regunté con risa vengándome a la vez del Sherubay que no había podido guardar nuestra conversación en secreto.

- ¿De veras su escultura es tan cara? – se sorprendió Ayauzhán

Aquí intervino Basargul notando el sentido de nuestro duelo.

- Zhantás puso mucho labor a esa obra. El le entregó una parte de su ser. ¿Acaso se puede vender la cosa a la cual has puesto una parte de tu alma? Y además mi koke ha bromeado. ¿Si es capaz de venderla? Tales precios nombran cuando quieren deshacerse del comprador que no gusta.

Ayauzhán me miró con respeto. Yo estaba agradecido a Basargul por el apoyo. Abilkás por su parte había entendido que Basargul no me dejaría ofender. Parecía que había tomado demasiado a si mismo, más de lo que podía.

Se apoyó contra la pared y el resto de la cena callado, con ojos cansados del insomnio. Nos quedamos hasta la noche. Pero ahora los recuerdos eran tristes. Recordamos a la abuela Kara Kempir y al padre de Ayauzhán débil de carácter, él también nos daba una lástima.

Después acompañamos a Ayauzhán hasta la residencia, qué bien es que Basargul y Abilkás fueran con nosotros, pues tendría que acompañarla a Ayauzhán sólo después de las bromas de Basargul.

- ¿De veras te obedece esa máquina enorme? - pregunté a Ayauzhán cuando pasábamos por la grúa

- Sí, de veras, y es muy fácil. Si quieres, llega y ya verás.

- Bien, llegaré sin duda,- dije muy cauteloso.

Aquella noche dormí mal. Dicen: “la serpiente presiente un terremoto, golondrina, un incendio, y alondra, un huracán.” Así mi corazón estaba presintiendo una nueva tempestad del amor. Por más que tratara de dormirme, Ayauzhán estaba ente mis ojos. “Vete, déjame en paz, mañana me levanto temprano! Había chicas no peores que tú de que me enamoraba.” Pero la imagen de Ayauzhán desapareció sólo por la mañana cuando tuve que levantarme de la cama con cabeza dolida.

“Zhantás,- me dije,- no te hagas el tonto y hoy mismo ve a la colnstrucción y ya verás que no hay nada especial en esa chica. Con la mayor razón de que no tienes de qué hablar con ella, pues su nivel del desarrollo es más bajo que el tuyo. Y ayer solamente estabas bajo la influencia del momento y te has imaginado no sé qué. Eres una persona muy emocional, Zhantás, la cosa es esa”.

Pero aquel día llegó una persona de Almat para mirar la escultura, y tuve que dedicarle unos días. Visitábamos pueblos, comíamos besbarmak y bebíamos kumís. Por fin el huésped se cansó y se fue. Por eso solamenta al fin de semana yo acudí a la construcción donde trabajaba entre la escuela y el nuevo edificio la grúa de Ayauzhán.

Tuve suerte: entré a una plaza de tablones de hormigón y en aquel momento un hombre cubierto de polvo blanco levantó la mano y gritó:

- ¡Pausa, chicos! ¡Sábat!

Y enseguida se relajaron las firugas frises, desde el edificio recién construído salieron constructores, uno de ellos fue corriendo con dos botellas de kéfir a no sé dónde.

Yo parecía aquí una oveja negra con mi traje nuevo, balanceando entre tablones de hormigón y basura de construcción . Lo notaron los trabajadores y les parecería gracioso.

De la parada salió una chica pelirroja, me miró indignada y soltó un bufido de gata. Me pense: “¿Y tú adonde vas? ¡Mira a tu culo!”. Su mono por poco se rompíe en sus nalgas rozagantes, yo no entendía cómo cabía ella a la puerta normal.

La chica levantó la cabeza y gritó al cielo:

- ¡Ayauzhán, es hora de comer!

La mecánica de grúa en pañuelo rojo miró abajo y gritó:

- ¡Ya vengo, Altinay!,- al verme, me saludó con la mano.

Altinay me miró perdida y yo le dije gozando su turbación:

- Imagine, he llegado a ver a Ayauzhán.

Con placer la observaba acercándose. Era como un abedúl jóven, su cuerpo no tenía nada de excesivo. Se veía muy bien aun con esa ropa de consructoras.

- Altinay, ve a comer sóla, ha llegado mi amigo de niñez,- dijo Ayauzhán a Altinay. Aquella frunció el ceño y se fue.

- ¿Con qué le divierto? – me preguntó Ayauzhán. – Le mostraré cómo funciona la grúa.

- Pero estarás cansada de ir todo el rato de aquí para allá.

- Soy fuerte, - dijo Ayauzhán ya subiendo la grúa, y yo tuve que seguirla, pues no temo la altura, he volado en el “TU-104”. Aunque, claro, yo estaba un poco torpe pues al mirar abajo empecé a marearme...

- ¿Qué le pasa, Zhantás-agá?

Entré a la cabina mediovivo. La dueña me sacudió por la manga.

- ¡Miren solo, qué veleza tenemos alrededor!

Y yo ví que debajo estaba la ciudad. Pequeños puntos de coches, árboles, techos de casas, se veían otros grúas como nuestro pero menores, y las montañas de nuestro Mistau. Y pasó una cosa sorprendente: estaba mirando abajo sin miedo.

- ¡¿Qué belleza, verdad!? – preguntó Ayauzhán como si regalándome todo lo que veíamos. – No sabía antes que el mundo era tan bello. ¡Qué pequeños parecemos nosotros con nuestras cosas ordinarias en comparasión con ese mundo! Cuando lo ví por la primera vez, me quedé boquiabierta. Pero no ha sido aquí sino en Temirtau,- indicó al lado de las colinas.

“¡Vaya, es romántica! ¡Cuidado, dzhiguit, no la abrazarás ya como si nada, puedes meter la pata enseguida!”

- ¿Acaso es la altura? Herman Titov dijo que ha subido a la altura de once mil metros. Pero despuéd fue a doce mil al espacio y de nuevo le pareció poco. ¡La persona siempre quiere más!

- Eres una chica extraordinaria, Ayauzhán ,- dije, - tendrás ideales especiales.

- ¿Por qué? Soy simple, - respondió Ayauzhán. Y los ideales deben ser como ese mundo - grandes, espaciosos.

Ayauzhán sin duda se intimidaba cerca de un hombre tan sabio, como me consiredaba, y trató de cambiar el tema.

- Ahora mostraré cómo funciona la grúa.

Y empezó a manipular las barras, haciéndonos volar por el territorio de la construcción.

- ¡Eh, quién está haciendo travesuras con la grúa por allí?

- ¡Soy yo, tío Petya! Tengo aquí a mi amigo de la niñez.

- ¡Ah, la nueva mecánica! Mira, no te disraigas,- dijo ya bondadoso y al morder un poco de chorizo, se dirigió al cuarto de aparejadores.

- Tendrás problrmas, Ayauzhán ,- la advertí.

- No es nada, Zhantás, es el tío Petya, le encanta regañar un poco pero es una persona buena.

- ¿Dices que los ideales deben ser espaciosos, Ayauzhán? Pero cero que más a menudo tiemes que pensar más de tui hornada laboral aquí.

- Claro, en comparasión con los hechos de Zoya Cosmedimiánskaya y Manshuk Mamétova es ridículo, pero ¿has visto alguna ves cómo la gente muda a nuevas casas? ¿Has visto como lloran de alergría cuando llegan con el orden? Ya...

- Ayauzhán, dices que al ver el mundo te pareciste pequeña con tus problemas. Pero ¿acaso no es bueno cuando la persona se ocupa de sus cosas? Cada uno tiene sus pcupaciones. Nada puede ser mínimo. Ayauzhán, cuando se trata de nuestra vida. Por ejemplo, el amor...

- El amor no puede ser mínimo. Debe ser grande y espacioso, enorme y solamente verdadero. Yo tendré sólo el gran amor. “¡Ah, ah, chicas, qué hombre!” y mañana- con el otro, - no es para mí.

Permanecimos callados un rato mirando a la lejanía lúgubre.

Después la dueña dla grúa se despertó de nuestros sueños.

- ¡Madre de Dios, ya se ha acabado el almuerzo. Ahora empezará! Tendré que echarle fuera.

- Ayauzhán, te esperaré abajo.

- Está bien pero acabamos a las cuatro.

Contento, por poco bajé rodando, pasando todas las escaleras, y hasta las cuatro vahgaba por las calles de alrededor. No paseaba sólo, mi compañero era el sueño. Pasé por mi estudio y por los de otros artistas, oensando en la cita, creando los planes más valientes y ya estaba seguro de que Ayauzhán está sin duda enamorada de mí. Me preguntaba “Zhantás, pero ¿cómo es posible? Ayauzhán se ha hecho otra persona y a la segunda has visto dos veces. ¿O el flechazo del que habñaba Sherubay sí que puede suceder? Pero eres un escultor y ella es una mecánica de grúa... ¿Pero acaso son muchas las chicas en Kazajstán que son capaces de hacer un trabajo así? Un dzhiguit verdadero puede ser orgulloso de una novia así pues ella es muy valiente y fuerte, y del instituto se graduará por lo mismo”.

Pensando así llegué a la entrada de la construcción y Ayauzhán me esperaba al despedirse de Altinay.

De veras parecíamos una pareja bastante pintoresca – yo con mi traje y ella con su ropa de construcción.

Al llegar a la entrada de su residencia comunal, ella me dijo que le esperara para que se pudiera cambiar.

Ella subió a su habitación y yo me senté a un banco frente a la residencia. Una chica de cara redonda que estaba mirando antes sin interés alrededor de pronto se animó y gritó las chicas

- ¡Chicas, miren qué dzhiguit! – Y ahora mismo vi muchas cabecitas en las ventanas como si por un orden, parlando entre sí:

- ¡De veras, chicas!

- ¡Jiji, qué dzhiguit!

- ¿Es curioso, a quién ha llegado a visitar?

Es lo que pude oír. Para no meter la pata estaba sentado con espalda recta tratando de mostrar que no notaba su atención. Por fin me empezó a doler la espalda de tantos esguerzos y postura innatural.

- ¿Has tenido? Nuestras chicas todas son ácidas, especialmente Altinay , -dijo Ayauzhán.

Ayauzhán llevaba un vestido y unos zapatos. Era la novia buenísima. ¿Por qué no casarme con ella? Los pasadores miraban a la pareja linda que éramos. Es una mujer que yo necesito. Es fácil y alegre con ella. No es como Ulbosín. Aprovecharé una ocasión buena y le diré “Ayauzhán, ¡cásate conmigo! ¡Sé mi mujer! ¡Viviremos muy bien a la ajegría de todo el mundo!”

Al discutir de nuestros gustos, llegamos a la conclusión común de que sería bueno ir juntos al cine pues mostraban la nueva película “Aúl cantando”.

Nos quedaban unos cien metros hasta el cinoteatro cuando nos encontramos cara a cara con... Ulbosín.

Sí, sí, era la misma preciosa Ulbosín. Aquellas cejas y sonrisa sin común. Solo mejillas delgadas y una palidez la diferenciaban de la Ulbosín de antes. Ayauzhán, claro, esneguida reconoció a la mujer que había sido reflejada en la estatua y quitó su brazo del mío.

Yo, a decir la verdad, me quedé boquabierto y no sabía qué decir. Me alegraba que Ulbosín estuviera sana y salva pero su aparecer podría perjudicar mi relación con Ayauzhán.

La primera volvió en sí Ulbosín.

- Buenos días,- dijo amistosamente a Ayauzhán,- no te he visto hace mucho, Zhantás,- añadió radiante.

- Pues íbamos al cine...- la avisé con el aspecto más tonto.

- Entonces os acompañaré un poco,- dijo preguntando a mi amiga.- Zantás ay yo somos amigos viejos,- explicó a Ayauzhán,- creo que se ha alegrado de verme.

- ¡Sí, claro, Ulbosín! - exclamé yo, - desapareciste tan inesperadamente de la ciudad, y después ninguna carta...

- Creo que iré más rápido y haré la cola hacia la caja.- propuso Ayauzhán afablemente.

Se fue rápido y Ulbosín y yo andábamos hombro al hombro.

- Buena chica, - dijo Ulbosín,- creo que es por ella no te aburrías mucho sin mis cartas,- pronunció mirando pensativa en pos de Ayauzhán.

- No digas así, pensaba en ti muy a menudo, objeté yo, pero sentí algo falso en mi voz...

- No hace falta mentir, - dijo Ulbosín,- al menos por respetar uno al otro.

- Perdón, Ulbosín, yo de veras me he olvidado de tí. Te has hecho lejana para mí – dije sincero y sentí un arrepentimiento.- Yo soy un canalla.

- Yo no te reprocho,- me interrumpió suavemente Ulbosín. – No tienes culpa de que no hayas podido hacer lo que yo esperaba. Pero has hecho todo lo que has podido tú.

- Pero olvidemos el pasado ,- dijo ella y me dió un alivio.

- ¿Has vuelto para siempre?

- Yo diría que estoy para unos días. Es que empecé a echar de menos los lugares queridos.

En su voz se notaba una extrañeza, como si hablara desde la ventana cerrada. Parecía que había llegado para despedirse de algo más significativo que yo.

- Ulbosín, - dije trtatando de entretenerla,- debes mirar a mi trabajo, a la escultura para la que posabas.

- Claro, yo voy allegar a tu estudio, pasado mañana. Pero pro méteme que no vas a ofenderle a Sherubay , - dijo lbosín. No sois rivales. Para ti yo fui sol una afición, y para él, el emor verdadero. Prométeme que seréis amigos, Zhantás.

- Te lo prometo, Ulbosín, todo será como tú quieres. ¿Pero quisieras mirar la película con nosotros?

Gracias al Dios, nos habíamos acercado a las cajas del cinoteatro. Al ver a Ayauzhán que nos daba señales, Ulbosín me dijo riñéndome:

-Se un caballero, haz tú mismo la cola mientras yo entretenga a tu chica.

Haciendo la cola yo miraba con impaciancia a Ulbosín y Ayauzhán que estaban hablando de algo, más bien, hablaba Ulbosín, y Ayauzhán asentía escuchándola.

- Te deseo lo mejor,- me dijo Ulbosín, y a tí también, Ayauzhán.

- Que tengas suerte, - decimos Ayauzhán y yo simultáneamente.

La vimos alejarse y yo me pense: “Bueno... éramos los bailantes que no acertaban al tacto ni al ritmo... Comno diría Aysedora Duncán, éramos amantes inoportunos.” Pero cuando ella se alejaba yo entendí que le era difícil ocultar su inquietud, y yo me regañaba por mi jactancia.

- Qué mujer más buena,- dijo Ayauzhán repitiendo las palabras de Ulbosín sis sospecharlo. Ahora entiendo por qué la has escogido para tu escultura.

“Zhantás, pero no has preguntado adónde va ahora Ulbosí, - me reproché,- pero ya no importa eso. La que está contigo en la tierra es mucho mejor que la que vuela en el cielo”.

Después de la película paseábamos largo tiempo por las calles, abrazados, y no s besábamos en cada esquina.

- ¿Recuerdas nuestro primer beso, Ayauzhán? – la preguntaba yo, borracho de las emociones.

- ¡Pero éramos niños todavía! - contradecía Ayauzhán.

- Tú piensas así. Y yo te besaba como un hombre. Ayauzhán me besabaen la mejilla como si dándome lo debido.

- Sin Ulbosín no te permitiría besarme. Ella me dijo lo bueno que eres. Sabes, desde aquel tiempo yo soñaba contigo. Yo rezaba sólo que la vida no te rompiera, que tú te quedaras el mismo. Le agradezco a Ulbosín, ella ha guardado a mi Zhantás para mí.

“Gracias, Ulbosín” – me pensé.

- Ayauzhán, vamos a casarnos, - dije aresurándome, como temiendo a cambiar mi opinión.

- ¿Pero cómo es? ¿Tan pronto? – preguntó sorprendida Ayauzhán.

- ¡Sí, Ayauzhán tan pronto, vamos ahora al ayuntamiento, despertaremos al guardia y le pediremos llamar al personal!

- ¿Y si no tan pronto? – dijo Ayauzhán sonriendo. – Si vengas una tarde, solemne y pálido de la inquetud, y me preguntarás tratando de parecer tranquilo: “Ayauzhán, le amo, sea mi esposa!” Te tenderé la mano y tú la besarás, y todo será alegre y claro como en las películas.

- Si tú quieres así, será así – respondí decepcionado...

Ulbosín no llegó pasado mañana, ni el otro día. Pero yo no pensaba en aquello, apasionado con las relaciones con Ayauzhán.

Nos veíamos cada tarde. Una vez, sentados en un banco del parque, yo traté de besar su mejilla, pero ella frunció el ceño y volvió el rostro diciendo:

- Yo no quiero así...

- Vale, esperaré hasta la boda – dije fristrado.

- ¿Y cuando es la boda?

- Pues... si tú insistes... – respondió como si vacilando Ayauzhán, pero sus ojos brilllaban astuciosamente.

- ¡Ayauzhán! – grité yo alarmando tosdo el parque.

Sin dar lagras, al día siguiente fuimos al registro civil a radicar la solicitud.

- El registró tendrá lugar en dos semanas, a las cuiatro de la tarde, - dijo en voz pacífica la administradora.

- ¿Por qué en dos semanas? ¡Es mucho tiempo! – fui indignado pero había oído de leyes así.

- Verifique sus sentimientos en ese término.

- ¿Y si todo salga a la luz al día quince? – pregunté con ironía.

- Es un término científicamnente aprobado – cortó sin emociones la administradora.

Estaba discutiendo con ella como presintiendo algo, y de veras, siguieron después los acontecimientos que apartaron el evento solemne para un período largo.

Un día antes Ayauzhán y yo arreglábamos mi apartamento para celebrar la boda, Basargul y su marido apestoso nos ayudaban. Yo era bondadoso y feliz y por eso le perdonaba todo a Abilkás y estaba generoso con él.

- Ya ves, Zhantás, tu apartamento es como si creado para las bodas. El año pasado celebramos la nuestrfa aqui, y ahora, la tuya.

Yo estaba ayudando a llevar el montón de vajilla cuando alguien tocó a la pùerta.

A la puerta se fue Basargul, y nosotros oímos su exclamación:

- Shere-eké, ¿Qué le pasa?

En la habitación entró Sherubay. Estaba muy pálido.

- Hoy ha muerto Ulbosín – pronunció Sherubay en una expiración.

- ¿Pero cómo es que ha muerto? – pregunté sin entender nada.

Todos nos reunimos alrededor de él, la perplejidad le hizo levantarse aun a Abilkás.

- Ha entregado el alma. Se ha tomado una dósis mortal de luminal.

Yo nunca podría imaginar que la desgracia la pudiera llevar hasta tan lejos. Nunca me podría imaginar a Ulbosín como una suicida. Sherubay lo leyó en mi cara y me dijo:

- Tenía cáncer. El resultado de aquella operación. La cosa estaba muy mal. Decidió liberarse de los sufrimientos. Como el doctor yo desalabaría un hecho así, pero como persona... Quién sabe, puede que tenga razón. Para nosotros, Zhantás, ella ha dejado una carta.

Sacó un sobre cuidadosamente del bolsillo y me lo tendió.

- ¡Madre de Dios, qué desgracia! – exclamó Basargul, sólo ahora entendió el sentido de lo sucedido.

- Dicen que mañana es su boda, Zhantás, felicidades. – dijo Sherubay mirando a las mesas.

- Pues... – balbuceé yo justificándome.

- ¡No, no, lo cambiaremos por algún otro día! – exclamó caliente Ayauzhán.

- No hace falta hacerlo,- dijo Sherubay,- A Ulbosín nno la encantaría saber que su muerte ha molestado a su boda.

- Sherubay-agá tiene razón,-dijo Abilkás,- no se puede devolverla, y la vida sigue , - notó Abilkás como un filósofo.

- No, dije,- celebraremos la boda después.

Me castigaba en mis pensamientos por lo que trataba tan mal a Ulbosín. Ella era como un sol para mí. Y ahora todo como si hubiera oscurecido alrededor. Y a pesar de que nos habíamos separado antes de su ida, me parecía que nuestro último encuentro apresuró su muerte. Me pareción que ella había vuelto para buscar consuelo conmigo, pero al encontrar a su querido dzhiguit con otra chica, no pudo sobrevivirlo.

Ayauzhán entendió mi estado y dijo antes de irse.

- Piensa en Ulbosín. Y que te dé amargura. Será bueno si te dé amargura.

Al quedarme sólo, abrí la carta de Ulbosín.

“Queridos Sherubay y Zhantás.

La persona llega a ese mundo y se va en algún tiempo. La vida se aprecia no por los años vividos sino por la alegría que ha tenido que vivir la persona. Yo puedo decirles que he vivido una vida muy buena. Claro que es muy triste dejar ese mundo teniendo veinte y cnco años. Y es duro despedirme de él. Hay gente que sueñan con la gloria. Ellos miden sus hechos con pasos grandes. Unos tratan de dejar su huella en ciencia, otros, en el arte y literatura. Ambos sois de esas categorías. ¿Quién soy yo? La naturaleza no me ha dado grandes logros, el mundo con todas sus alegrías rodaba cerca de mi pequeño corazón. Y ahora lo estoy abandonando. Porque de otro modo los últimos días de mi vida serían muy duros. Gracias a la vida por los veinte y cinco años regalados a mí. Yo no le hago cuplable a nadie en mi muerte. No se puede herir a la gente iendo a la paz infinita.

Por eso me despido del mundo no llorando sino alegrndome...”

Al enterramiento fueron invitados sólo los que ya habían sentido el dolor de perder a la persona cercana. Ellas se van poco a poco, igual que mi abuela Kara Kempir, aunque todavía no podemos acordarmos de que la hayamos perdido y de que todo deba ser así como es.

La cara pálida de Ulbosín estaba tranquila, como si tranquilizándonos a nosotros, tratando de decirnos: “No es nada, amigos, ya veis, todo se ha acabado, estoy bien”.

Ulbosín siempre me había parecido muy sóla, pero a su enterramiento se había reunido mucha gente. Encontraba allí una gente que me sorprendía que estuviera alli. Por ejemplo, ¿qué de común podría tener una profesora benemérita del país con una simple modelo que era Ulbosín? Resulta que Ulbosín dirigía un curso del alboroque artificial en el Palacio de Cultura.

Sherubay y yo nos habíamos esfumado entre la gente reunida, él tenía una cara como de piedra. Ayauzhán estaba lejos de mí, había llegado con Altinay que se portaba bastante asustada.

Ulbosín estaba en el ataúd de madera ribeteado con un tejido. Yo la miraba y no podía creer que sus labios pálidos un día me besaban con tanta ansiedad, y sus ojos marrones me miraban con tanta impaciencia y pasión. ¿Acado de veras junto con ella se irán los recuerdos de nuestras caricias mutuas?

Yo apartaba los ojos de Ayauzhán y miraba a Ulbosín. De veras tenían algo de conección. Es como la concción entre lña vida y la muerte. Ayauzhán representaba la vida. Me pensé: “Zhantás, no tienes verguenza, piensas en Ayauzán y de vuestra felicidad cerca del ataúd de Ulbosín.Mira a Ayauzhán, ¡cuánto tacto tiene!

En la calle había un calor insoportable que predecía un verano seco. El sol no había subido todavía en todo el día como si toda la ciudad estuviera hundida en el luto por Ulbosín.

Una parte de huéspedes se sentó en el autobús con el ataúdde Ulbosín, y yo fui con el resto pues hasta el cementerio eran unos siete minutos. A mi lado junto con Altinay iba mi Ayauzhán. Yo sentía una culpa ante Ulbosín por mi cuerpo sano y fuerte. Una parte de mí quería asegurarse de que yo no era culpable.

El cementerio estaba al borde del Sur de la ciudad. Cuando llegué, el ataúd ya estaba cerca de la ahoyadura recién hecha. La directora del taller donde tgrabajaba Ulbosín estaba hablando de Ulbosí despidiéndose de ella. Ella decía de qué buena y honesta persona era Ulbosín.

Después salió un empleado del cementerio y empezó a clavetear la cobertura del ataúd. Hacía un ruído fuerte y cada golpe se enclavaba en nuestras cabezas, los reunidos se encorbaban sin querer por aquel granizo de golpes.

Sherubay, que hasta aquel momento parecía fuerte, no aguantó la última prueba:

- ¡Adiós, mi Ulbosín! – gritó llorando, tratando de ponerse de rodillas, pero los que estaban cerca, lo apoyaron...

Fue la primera vez que yo ví a un hombre anciano llorando. Sus labios temblaban y él quería decir algo más, nosotros esperábamos a que él se tranquilizara, que llorara toda su angustia. Me sentí incómodo de que yo le había causado más dolor una vez antes.

Cuando por fin Sherubay volvió en sí, el ataúd bajaron a la ahoyadura y echaron la tierra. La gente empezó a irse poco a poco.

No sé cómo me había quedado al lado de Sherubay. Estábamos callados e íbamos cerca.

- Ya está, no hay más nuestra Ulbosín, qué inesperado ha sucedido todo eso... – empece yo. – Cáncer – y la persona está muerta. Y nosotros no sabíamos nada...

- Yo sabía , - dijo Sherubay. – Cuando preguntaba por ella a mis colegas, me decían que tenía cáncer y que no había vuelta hacia atrás, pero no le dije todo. Creí que Usted era culpable en todo. Pero ahora entiendo que soy yo quien ha resultado el verdugo involuntario.

- Sherequé – empecé yo, pero él como si no me oyera.

- Antes Usted no me gustaba solo, como no gustan personas con suerte que siempre ganan. Ahora le odio. Le odio por todo lo que ha pasado, porque soy yo quien ahora deberá sufrir, y no Usted.

El dió vuelta y se dirigió al otro lado del camino. Yo no sabía las únicas palabras que se dicen en tales momentos, y de veras en mi posición era algo inestable. Lo miré y me fui.

En la esquina me esperaba Ayauzhán. La Altinay ya había desaparecido hasta mi llegada.

Ayauzhán me había comprendido y tocó mi mano, dejéndome notar su apoyo.

Y al atardecer la vida había entrado ya en la vía regular. Acompañé a Ayauzhán a la residencia comunal e iba ya bajo cualquier pretexto extender la despedida, pero de pronto ella me invitó a levantarme a su habitación.

Y aquí por primera vez estuve an la habitación de Ayauzhán. En general en la habitación a ella le pertenecía solamente un rincón, — excepto a Ayauzhán vivían aquí tres chicas más. Ahora no estaan en casa, pero en vez de las chicas encontramos a dos dzhiguits.

Uno de ellos, sentado a la mesa, miraba una revista, el segundo estaba inclinado sobre su hombro. Cuando entramos, el sentado pronunció:

— Hola, Ayauzhán.

Y el segundo la saludó afablemente y movió los labios, saludando.

— Zhantás, conoce a nuestros chicos: Asilján y Karipzhán.

Intercambiamos apretones de manos fuertes, y luego los dzhiguits de nuevo se echaron a mirar en la revista "Polonia", y me he ido en el rincón de Ayauzhán y miraba de allá a los chicos con la curiosidad. Eran conocidos de Ayauzhán, estaban sin ceremonias en su habitación, y esto, claro, me intrigaba.

El que se llamaba Karipzhán, estaba sentado a la mesa, — se distinguía por su altura, los hombros anchos y la mirada que atravesaba de debajo de las cejas pobladas. Su cabello duro espeso salía por el cepillo. Todo en él decía de la fuerza de voluntad grande. En todo caso, Abul-Faradi mismo contaba que los de cabello fuertes son elásticos el indicio de la firmeza. Y le creo, porque, digamos, el león y el jabalí también tienen lana dura, no como el cordero o el liebre.

Asylhán tiene cabello suave rizado, y su carácter, por lo visto, era suave. Cuando nos conocíamos, su redonda cara se haía sonrojado de la confusión. De tales personas de Ibn-Sina decía que entre ellos hay con frecuencia unos tipos con un corazón bueno y puro.

— ¿Qué tal va todo, chicos? — preguntó Ayauzhán, rebuscando su mesita.

— No sé, — dijo Karipzhán, sin apartarse de la revista.

— ¿Por qué no sabes cómo van tus asuntos? — se asombró Ayauzhán.

— No está para esto, Ayauzhán, — informó el Asilján más locuaz. — es el fin del mes. Aquí no se nota cuándo comes, cuándo duermes.

- Es realmente así, Asylhán, — suspiró Ayauzhán y me explicó: - los materiales de construcción traen al momento menos oportuno, aquí resoplamos a finales del mes. Recuperamos el plan.

Después dijo:

— Aquí tienes la silla. Voy a la cocina a Altinay. Inventaremos algo para la cena.

Estaba sentado en un lado, los chicos se habían olvidado demí, apasionados por la revista.

— Como Altinay. Cada pie es una roca, — con la risa pronunció Karipzhán, examinando la fotografía de la mujer de traje de baño.

— Lo han aprendido en Europa Occidental - ir de un aspecto así.

— Dicen que tienen aún competiciones especiales. Salen chicas de un aspecto así, y después sigue una votación general y en secreto escogen a la más guapa, — dijo Karipzhán, envidiando o condenando, no lo entendí.

En aquel momento en la habitación entró Altinay. Con una falda y blusa se veía más agradable. Resultó que tenía talle fino y pechos altos. Los kazajos llaman los picos de las montañas “pechos de virgen”, por lo visto, teniendo en cuenta los pechos de Altinay.

Ella misma sabía de la riqueza que le había dado la naturaleza y llevaba blusa que subrayaba sus formas bien. Al adivinar de lo que estaban hablando los hombres ella hechó un vistazo y frunció el ceño:

- Vaya, de qué sólo están hablando los hombres... Se puede pensar que no hay otros temas,- dijo ella refuffuñando.,- ¡sólo pensáis en qué formas tienen las chicas!

- ¡Pues, la naturaleza te ha dado todo lo necesario, Altinay, puedes estar tranquila! – se rió Karipzhán, y Asilján se enrojeció de la timidez.

- ¿Y qué entonces hago ahora? ¿Debo pasear sólo por la noche? ¿Cómo puede la chica ocultar lo que le ha dado la naturaleza?

- Tienes razón, no se puede esconder al camello bajo el puente,- se acordó Karipzhán.

- ¿Dime mejor cómo está el plan con nuestra idea? – preguntó Altinay.

Asilján suspiró con alivio y dijo:

- No te enfurezcas con Karipzhñan. En cuanto al partcóm, te lo diré todo.

Como supe el otro día de Ayauzhán, ellos iban a instalar una estrella encima de la construcción para que si cumplieran con el plan, le estrella brillara cada noche. Y si no , entonces que les diera verguenza a los perezosos y borrachones de los empleados ante la gente que espera a que pronto pudiera entrar ya en sus apartamentos nuevos.

Entró Ayauzhán con la sartén en la que chisporroteaba una tortilla sabrosa.

- ¿Karipzhán, Asilján, de veras, por qué no podemos pensar en la segunda esrella? - preguntó Ayauzhán.

- Gana la primera antes...

- ¡Y ganarenmos, no tengas dudas! – dijo Altinay apareciendo con la tetera, tenía un aspecto de guerrera, estaba dispuesta a luchar.

Mientras tomábamos el té, la disputa entre ellos no se calmaba. Ayauzhán introducía su palabra y al mismo tiempo me echaba más té en mi taza. A veces me sonreía como diciendo “mira que amigos tan apasionados tengo, no los juesgues demasiado”.

Sonaban términos y nimbres desconocidos, por eso me hundí en mis pensamientos, diciéndoma “Zhantás, eres una persona de mucha suerte. Primero has tenido a Ulbosín, ahora su puesto ha ocupado Ayauzhán, la chica guapa y muy buena... ¿Y `pr qué no? Cada persona tiene derecho a su felicidad.”

No, no soy un abejarrón que recoge el polvo dulce de las flores bellas. Pero ¿cómo debo llamar mis sentimientos hacia Ulbosín?

Un escritor oriental escribió que el amor regala a la gente tres alegrías; la primera, el alegría del momento. Es como un relámpago que enciega y desaparece pronto. La segunda alegría es el akegría más grande, el amor verdadero que adorna la vida de la persona. Y después, como dice el poeta,

Ellos tratan el amor con cuidado,

Logran a lo precioso a cada momento

Y los sentimientos, la piedra maravillosa de la felicidad

No les deja a los enamorados ni para un segundo.

Es una pena que estas líneas no hayan sido inventadas por mí...

¿Así, si los razonamientos del escritor antes citado tomar por la base teorética, cómo es posible interpretar mi sentimiento a Ulbosín? Lo más quizás, es propio de la llamarada deslumbradora. Después del sentimiento se ha quedado una chispa, y aquella se apagó poco tiempo después.

Pero es posible decirme aquí:

“¿Zhantás, y cómo llamar tus sentimientos a Ayauzhán? ¿Quizás, esto tanbién es solamente un relámpago brillante, y? ¿Un tal nada que ha brillado?”

Miré de nuevo a la cara de Ayauzhán. No, no, me poseía un sentimiento profundo. Y la aprobación es lo que con ella todo es fácil y simple, y yo mí mismo estoy en el estado parecido a la inspiración. A veces se hace emborrachado así por la canción su creador. Y Ayauzhán me responde con la misma moneda. Levanta a mí los ojos del herido maral, y su mirada es elocuente, en ella puedo ver la llamada larga y tierna. Su amor es un tal precipicio que atrae, cuya profundidad a nadie es dejado medir; una tal cima, cuya altura a nadie es dejado alcanzar.

Es lo que decidí, mirando ahora a Ayauzhán. Y Ulbosín... Confieso que me hace falta ella. Esto me se ha quedado claro, tan pronto como se fue para siempre de nosotros. Pensaba en ella, pensaba sin fuerzad dejar los pensamientos. Tenía a Ayauzhán, pero me faltaba mucho Ulbosín. ¡Qué cosas hay en el mundo!

A la mesa mientras tanto la gente se calmó, no lo había notado y me estremecí cuando Karipzhán llamó mi nombre.

— ¿Zhantás-ajá, quiere Ustad escuchar la última historia sobre Ayauzhán? Ella misma no la no contará. ¿Y, Zhantás-ajá?

— Sí, sí, claro. Con mucho gusto, — he dicho al desconcertarme tanto que llamé la risa general. Ayauzhán movió la cabeza:

— ¿Karipzhán, para qué es esto? ¿Y bien, ha pasado y qué?

— Déjenme contar, — imploró Altinay. — lo ví con sus propios ojos.

— Así que sea, cederé la palabra a Altinay, — dijo decidido Karipzhán.

— Así, llegamos, entonces a la reunión al club. Teníamos una reunión solemne, nos entregaban la bandera, — explicó con benevolencia especialmente para mí. — llegamos, entonces. Y bien, llegamos tarde, claro. Era necesario cambiarnos, etc. Es inconveniente en los pantalones, comprendéis. Así, entramos, y en el foyer ya no había nadie. Oímos solamente, detrás de las puertas a alguien palmoteando ya. Nos colamos de puntillas, y de repente Ayauzhán se queda yerta, exactamente como un caballo salvaje. “¿Quién es esto?” — pregunta, indicando a la fotografía grande. “Parece que eres tú. Es muy parecida”, — hablo. “No sabía aquí que hay todavía una chica con la que somos parecidas como dos gotas de agua”, — se asombra Ayauzhán.“Y en mi opinión, esto eres tú, — digo. — no puede ser una semejanza así. Esto es simplemente increíble. Aquí hay la firma, — digo, — “el orgullo de nuestra construcción, la mecánica de la grúa joven, Ayauzhán Donentaeva”. Ya ves, está escrito en blanco y negro”, — digo. Se enrojeció aquí nuestra Ayauzhán, como amapola. Se acercó al stand de los índices y quitó el retrato sujetado por los botones. "¿Adónde ponerlo? — Pregunta. ¿Se puede romper, qué piensas, Altinay?" Eh, — digo, — esto no se puede hacer de ningún modo. Alguien es responsable por el stand y después recibirá sin motivo alguno la amonestación"."Sí, arrancar no se puede de veras, haré daño a los compañeros”, — consiente Ayauzhán. ¿Y sabéis, cómo actuó Ayauzhán? Llevó el retrato queal administrador el club y lo puso en la mesa. La verdad es que en el gabinete nadie estaba en aquel momento. ¡Por su suerte!, ¡Zhantás, si pudiera Usted ver la cara de Ayauzhán cuando está muy enfadada!

Así por la alusión en mi dirección acabó el relato la Altinay vengativa. Pero los relevos inmediatamente eranfueron cogidos por Karipzhán.

— Todo es cierto, — confirmó Karipzhán. — Después llegaron los severos guardias, a atraerla a la respuesta. “La compañera Donentaeva, Usted ha actuado mal. Le han hecho un honor, y Usted ha pagado por esto con una infracción del orden público”, — le dijo el mismo jefe del destacamento con la venda nuevecita roja. Ahora escuchen lo que le respondió Ayauzhán.

— Me voy a enfurecer, Karipzhán, — declaró Ayauzhán que se había enrojecido, — ahora mismo me enfureceré realmente,

Era turbada por lo que a mí me contaban de todo aquello, miraba al bajar los ojos, sin decidir encontrarse con la mirada conmigo.

— No te enfurecerás, Ayauzhán. Porque eres una persona justa. Y aunque te conocemos poco, opinamos que eres así, — notó Karipzhán.

- Es verdad. Eres justa, — confirmó Asilján.

— ¿En qué nos habíamos parado? — preguntó Karipzhán. — me he acordado... Y así respondió Ayauzhán al versado leje de los destacamentos: “Ahora va a acabar la parte solemne, y de las puertas saldrán nuestros compañeros viejos, ¿y cómo los miraré en los ojos, el compañero jefe?, — dijo Ayauzhán. — trabajan aquí hace mucho, desde que apareció la ciudad, y trabajan bien. Y lo que los haya adelantado a unas partes del por ciento solamente, es quizás porque todavía soy una novata y trato de hacerlo todo con un celo especial”. “Mire que sea eso por última vez”, — advertió el jefe. ¿Que más podía decir?

— Eres una mujer extravagante, sin embargo, Ayauzhán. Nadie le diría nada malo, — declaró Altinay. — Pero dijo: “¿Con qué son Usteden peores que yo? Ustedes tratan de construir la casa buena para la gente. Y tú, y Karipzhán, y hasta Asilján”.

— No me calumnies, — se inflamó Ayauzhán. - “Y hasta Asilján”.

- Claro que no dijiste. Eso lo he inventado yo misma porque Asilján que mucho tiempo que está enamorado de mí. – bromeó Altyna, y todos se echaropn a reír.

Yo me pensé: “tú querías, Ulbosín, que después de tu muerte en cada casa fuera una vida sana, por eso mi tristeza por ti es clara. Y yo prometo amar a Ayauzhán siempre.”

De veras en aquellos minutos yo amaba a Ayauzhán más que todo en ese muindo y estaba ispuesto a cualquier cosa para ella.

Yo miraba a Ayauzhán gozando, y recordando como en la juventud soñaba con crear la escultura de la preciosa Kiz-Zhibek. Entonces Ulbosín me era muy parecida a Kiz-Zhibek. Pero pasó el tiempo y Ulbosín con su pasion inmensa y su sensualidad es lo contrario a la suave y tierna Kiz-Zhibek. Solo ahora entendí que su pasión exagerada era el esfuerzo de calmar su hambre para los últimos días de la vida, esa mujer se despedía de la vida.

Ahora mirando a la perciosa Ayauzhán yo entendí que por fin había encontrado a la mía Kiz-Zhibek. Eran como gemelas con ella. Y bajo su firmeza y caracter obstinente se esondía una pasion fuerte.

VIII

Dntro de un día yo fui al Registro Civil a cambiar el día de la boda. La administradora me miró sonriendo y me dijo que las leyes no habían sido creadas en vano, y que si nuevas circunstancias no ns molestaran que llegáramos en dos semanas más.

Se podía referirse a la muerte de Ulbosín, pero no sé por qué me parecía a sin tacto por algunos días superfluos de la felicidad alarmar a su sombra, yo cedé a la fortaleza de la administradora.

Por primera vez en la vida yo compré el calendario, por la mañana contaba los días que se quedaban y por la tarde informaba a Ayauzhán:

— ¡Se quedan tan pocos días! ¡Cuidado, Ayauzhán! — hablaba burlonamente.

— ¡Ah, no puede ser! — se asustaba fingiéndose Ayauzhán.

Aquel día también fue así. Nos encontramos cerca de la librería. Hice una cara terrible y rugí:

— ¡Ajá, Ayauzhán! ¡Se te quedó solamente cinco días, una infeliz!

— ¡Qué despacio se tira el tiempo! — suspiró Ayauzhán, retrocediendo de la tradición.

Me tomó por el brazo, y nos dirigimos despacio por la calle principal.

Esta tarde era especialmente sofocante.

— Habrá por fin una lluvia. ¡Y qué lluvia! ¡Un aguacero! — dijo el anciano que estaba a la vitrina de la zapatería, cuando pasábamos de largo.

— Y, espéralo. Vaporiza la segunda semana. La sequía es la sequía, — ha respondido su interlocutor.

La ciudad cansada del bochorno ya hace mucho esperaba la lluvia, pero aquello no nos importaba. Las voces se nos oían como las de algúñn otro mundo. Cada uno de nosotros se despedía de la vida anterior, delante de nosotros esperaba la incertidumbre seductora y hermosa. Nos agitaba, inquietados, íbamos, sin desmontar las calles, y dejamos pasar la obertura que precedía la lluvia sólida.

No notamos como ha soplado el viento y, al arranca por el horizonte la nube oscura densa, por un movimiento potente la echó sobre la ciudad, y se nos despertamos cuando a nuestros pies al asfalto gris han caído las primeras gotas grandes.

Ha golpeado el trueno, como si deseando domiciliar en en el mundo una voz joven potente. Él golpeaba más y más, y el mundo conmovido empezó a temblar. Alguien potente, invisible para nosotros, trataba la primera fuerza, tratando de revolver por el fondo y el cielo y la tierra.

¡Es un Hazret Gali! ¿Recuerdas, Zhantás? — preguntó Ayauzhán con entusiasmo.

¡Quién no recordara! Cuando éramos pequeños, los ancianos más antiguos del aúl nos aseguraban del que el cielo retumba y se estremece porque Hazret Gali legendario persigue a los malos demonios sobre el caballo alado que se llama Duldul.

Ahora el cielo retumbaba bajo los cascos de la arga-amapola mítica, como el techo gigantesco de la hoja de lata. Y luego sobre nuestras cabezas se derrumbaron los chorros de agua. Y yo grité con las palabras del poeta:

¡Que tiemblen la tierra y el cielo, frunciendo las cejas!

¡Que un alto abedul se derribe por el trueno!

Pero el bramido de trueno aturdía mi voz, y mismo no oía lo qué gritaba. Ayauzhán me preguntaba algo a través de la pared densa fuerte del agua. El agua nos inundaba las bocas. Resoplábamos, como si nadando.

La calle se había quedado vacía, a la gente se barrieron en las puertas y las entradas. Y nos quedamos unossolos y retozábamos bajo el aguacero, como si nos hubiéramos vuelto a la infancia.

Después del trueno siguiente las paredes de la lluvia se fueron en marcha por la calle, al principio despacio, después más y más rápido, movidas por el viento.

La pared del agua empujaba y doblaba abedules jóvenes que no se habían fortalecido todavía. Flexibles abedules luchaban, barriendo el asfalto por las hojas mojadas.

Los nuevos flujos del aguacero frío enfriaron nuestro ardor, cuando ya el cielo nos estaba echando desde arriba el granizo punzante, se quityó nuestra alegría en absoluto. Cogidos de la mano, nos hechamos a correr por la calle, y él y trataba de derribarnos.

Comenzó un huracán verdadero. Él, parecido a un maníaco enfurecido, aullaba como un lobo, tiraba las flechas encandecidas, echaba las chispas funestas. Su respiración que lo quitaba todo alrededor, parecía penetrar en los rincones retirados, y no había salvamento de él. Por eso corríamos más y más lejos por las calles. Las casas, como castillos, se habían cerrado ante un enemigo numeroso y salvaje.

— Espera un poco. Pronto esto pasará, todo será bien, — decía, ahogando por el huracán.

De repente Ayauzhán se paró como de algún obstáculo invisible para mí.

— ¡Ayauzhán! ¿Qué te pasa?! — Grité asustado. Me respondió algo, entendí solamente:

— ¡La grúa!. ¡La grúa!.

Se precipitó atrás, a modo del liebre saltando por las charcas profundas. En un abrir y cerrar de ojos desapareció en el caos bramante.

“¿Yapyrmay, qué tiene que ver con la grúa? ¿Qué le ha llegado a la cabeza?” — pensaba, tirándome detrás de ella.

Mis pies se retiraron en el líquido, me caí e inmediatamente me levanté, embadurnando sobre la ropa la arcilla pegajosa, pensando: “¿Qué diablos es esto, Ayauzhán?”

Se me apuñaló en un lado por lo enérgico que me heché a correr.

Pero mis esfuerzos se parecían a lo más quizás a la carrera en sitio, porque las rachas del viento que se había enfurecido me empujaban hacia atrás.

— ¡Ayauzhán! — gritaba yo silencioso y me agitaba por las calles, mojado de parte a parte.

Al fin en la bruma pasó el vestido claro de Ayauzhán. Tenía prisa realmente hacia el lado de construcción.

“¿Para que le ha sido necesaria la grúa en el momentop así?!” — pensé yo, continuando enfadarme con Ayauzhán, pero añadí sin embargo el curso."

Pero pararla no consiguió. Cuando entré corriendo en la puerta, Ayauzhán se encaramaba por la escalera de hierro hacia arriba. El viento trataba de arrojarla así y asá de la escalera, y ella se pegaba desesperadamente a la armadura de la grúa. Soy casi físicamente sentía cómo se deslizaban bajo sus manos las vergas mojadas de la escalera.

¡Ay-ay-ay, y bien, ¿quién podría pensar que Ayauzhán es una chica tan tonta?!

- ¡Ayauzhán! ¡Vuelve ahora mismo! — le grité, zapateando.

- No la pararás. Por lo visto es una chica de combate, quiere llevar de allí la grúa, eso es — pronunció alguien sobre mi oreja.

El asunto era asombroso: acababa de parecer Ayauzhán y yo estábamos sólos en toda la ciudad, pero al hacer ella aquella travesura, como si por debajo de la tierra crecieron los primeros pazguatos.

- Tal vez, la grúa puede caer. A la escuela, — me dijeron.

Sólo ahora mi conciencia abarcó todo el cuadro del objetivo - yo ví la grúa desde la cima hasta la base —se estremecía impotentemente bajo la presión del viento, preparada a ceder bajo la presión del huracán y derrumbarse por todo el peso al techo de la escuela. Y el edificio indefenso, sin sospechar nada, lucía con los fuegos eléctricos. Detrás de los cristales pasaban las cabezas redondas de los niños que se habían quedado en la escuela después de las clases.

— ¿En la escuela lo saben? — preguntaron con alarma entre los espectadores involuntarios.

— Se han hechado a correr allá. Que lleguen a tiempo solo. Mientras recojan a todos los niños, la grúa se puede caer.

— ¡Yapyrmay, que valiente, — dijeron al lado de nuevo. - Sólo que no acabe mal todo esp para ella!

— ¡Ayauzhán, espera! ¡Ahora! — grité y me heché hacia la escalera, pero me han retenido por la manga.

— ¿Adónde va Usted, Zhantás? Usted no es el conductor de la grúa, molestará solamente, — me dijo un hombre desconocido de edad avanzada. — por desgracia, todos nosotros ahora no estamos en las fuerzas de ayudar. Por si acaso, llamaré la asistencia médica. Por si acaso... — y él se derritió entre los chorros de agua.

— Ayauzhán... Ayauzhán, — bisbisaba yo, torpe, sólo sintiendo, como los dedos me temblaban de emoción.

Ayauzhán revolcó felizmente el último escalón y zambullió en la cabina. Después de la pausa penosa rechinaron las ruedas y la grúa rodó despacio por los carriles de la escuela.

— Todo está en orden, Ayauzhán, todo está en orden. Baja más bien hacia abajo, — susurraba febrilmente.

Pero a Ayauzhán era poco aquello. La grúa se quedó inmóvil, y después su flecha hizo la vuelta, como el pie de un compás gigantesco.

— ¡Vaya, que valiente! — exclamó alguien con la admiración y con el susto al mismo tiempo.

Llegó el hombre ansiano. Me costó reconocer en él al tío Petya.

— ¡Hija, y y bien, baja más pronto! ¡Diablo con ella, con la grúa! - gritó él, desencajando los ojos.

Pero la flecha continuaba el movimiento cauteloso, describiendo el arco suave. El metro, un metro más, y como si hubiera pasado la zona más peligrosa.

Y el viento además se ha aplacado, reconociendo la derrota.

- ¡El cable! ¡Lleva el cable! — gritó el maestro de obras aparecido de no sé dónde, entre ellos pasaron Asilján y Karipzhán.

Pero la calma se encontraba ilusiva. El huracán se tomó aliento y se derrumbó con la potencia triplicada. En las orejas ha irrumpido el rechinamiento de las hojas, y el material de techo y luego ...algo me hizo caer. Cayendo, yo ví como se cae a un lado el cuerpo torpe de la grúa, y cerré los ojos.

"¿De veras todo ha acabado tan ridículo? Restaba cinco días sólo, — pensé con el horror objeté: ¿o cuatro días?”

El ruido, con que había sido retumbado la grúa, cayó en cierto modo de mi percepción. Al levantarme, con la esperanza secreta de ver una vez más aquel lugar donde se elevaba antes la grúa, esperando ver la torre en la posición anterior, con la preciosa conductora arriba. Pero los carriles se veían insólitamente desnudos. Y salían al lado las ruedas que se habían echado hacia atrás ridículamente. Y aparte, a la distancia, que alzaba antes la cabina sobre la tierra, se reunía la gente.

- ¡Déjenme pasar, déjenme pasar! — decía yo, abriéndome el paso. Por lo visto, en aquel momento todo estaba escrito en mi cara, y la gente me daba el camino. Pasé al centro del círculo donde gestionaban las figuras en las batas blancas. Ante ellos, demasiado tranquila, estaba mi Ayauzhán. Pero su cara era blanca y con pestañas bajadas... Como si se hubiera fatigado y durmiera.

- ¡Qué ridículo es todo eso, qué ridículo ”, — me repetí una vez más.

- ¡Está viva, está viva, ojalá sobreviva solamente, — me informó una voz.

“Qué tonto es todo eso”, — repetí ya en tercera vez.

— Es bueno que haya saltado en el último momento, — decían detrás de mi espalda.

— Es viva pero sí se quedará mutilada para toda la vida.

“Es tonto, — repetí en la cuarta vez. — y bien, qué tonto”.

El médico hizo una inyección, y por su señal los enfermeros levantaron las andas con Ayauzhán, la arrastraron al coche. Y fui detrás de ellos yquise subir con los enfermeros en el coche.

— No se puede, señor, no se puede, — advertió uno de ellos y trató de cerrar bruscamente la portezuela. Pero yo, sin entender nada, trepaba torpemente en el coche.

— Cójenlo, — intercedió alguien de la muchedumbre.

— Está bien, pero no que no moleste, — dijo el enfermero.

En general, cómo hasta el hospital de la ciudad, no recuerdo. Miraba todo el tiempo a la cara Ayauzhán, esperando que todo lo que había sucedido fuera una broma inoportuna. Y que ahora Ayauzhán abriera los ojos y sonriera amablemente:

“¿Cómo hemos bromeado, Zhantás?”

La esperanza no me abandonaba hasta las puertas dela sala de operaciones. Seguía las andas y repetía al enfermero:

— ¿Todo esto son futesas, verdad? Y bien, diga que no ha pasado nada terrible.

— Y bien, sin duda, todo será en orden, — respondía el enfermero con el vigor falso, sin embargo en aquel momento para mí aquello era bastante.

Pero cuando la puerta de operaciones me separaron de Ayauzhán, comprendí que era la realidad horrorosa, se apoderó de mí el enojo que sacaba hasta el fondo del alma. Como si me hubieran hinchado de la manera más horrible.

Ayauzhán, claro, no tenía ninguna cupla. Lo que había hecho ella era inevitable. En su lugar así haría cada persona honrada. Por eso yo buscaba al tercero, al culpable en todo.

— Estén mientras, estén, — dijo con compasión la enfermera habitable, poniéndome la silla.

— ¿Pero ya que alguien debería fijar la maldita grúa por los cables? Ya que no sabes qué puede suceder en un minuto. ¿Y alguien debe pensar en esto? ¿Esto debía llegar a la mollera de alguien idiota? — dije a la enfermera.

— Y bien, claro, claro, — consentió la enfermera para tranquilizarme.

— ¿A santo de qué esto debe reflejarse en nosotros con Ayauzhán? Ha sido un descuido de alguien criminal, y nosotros con Ayauzhán tenemos que sufrir, — dije, al alegrarme de la persona que había comprendido mi estado.

— Está aquí, está. Todo se arreglará, —pronunció la enfermera, y aquí la llamaron a la cámara.

“Y bien, encontraré a esta persona, le mostraré, — amenacé al pasillo vacío por el puño, y se me hizo un poco más fácil. ¿Cómo está allí ella, Ayauzhán?”

No podía imaginarme a Ayauzhán impotente e infeliz, — hasta en los tiempos remotos, cuando le caía con frecuencia de la madrastra, ella se quedaba obstinente, guardando la independencia.

Mis reflexiones fueron interrumpidas por los pasos apresurados. Por el pasillo iluminado, por las bombillas deslucidas, sin desprender apenas a la carrera y tendiendo de paso la bata desobediente, se apresuraba Sherubay. Me miró con una curiosidad extraña y se escondió detrás de la puerta de la sala de operaciones.

Pero yo esperé. Al principio de las puertas del hospital salieron un par de médicos, conocidos por mí, y se dirigieron al centro de la ciudad, discutiendo algo animádamente. Podía decir solamente una cosa:

— Apenas hemos encontrado a Sherubay... “Estoy enfermo, — dijo, — me siento mal, que sustituya alguien...”

Detrás de ellos había Abilkás y el maestro de obras el tío Petya. Abilkás Abilkás saludóy comenzó a caminar a lo largo del cercado de hospital. El tío Petya lo seguió, continuando agitar las manos.

Luego la puerta del hospital se cerró. Las ventanas hace mucho se habían apagado ya una por una — la luz ardía solamente en las habitaciones de las hermanas de guardia, — y el que esperaba, no salía todavía del hospital. En mi posición era la falta esencial. La parte opuesta del edificio, donde estaba la sala de operaciones, se perdía de vista completamente. Y no podía dejar aunque para un minuto el puesto de observación y escaparme en el patio del hospital, a mirar por lo menos una vez a las ventanas de la sala de operaciones, porque la persona necesaria podía irse en este momento.

En una de las cámaras se encendió de repente luz y yo adiviné que habían traído allá a Ayauzhán. Y después de mediahoras la puerta del hospital se abrió y salió hermana de operaciones. Un poco después, a la calle salió Sherubay. Al levantar el cuello de la capa, se fue despacio por la calle.

Abandoné el amparo y fui en la misma dirección. Así íbamos algún tiempo en la oscuridad — él por una parte de la calle, yo, por otra. Exactamente en paralelo, por que estaba predestinado cruzarnos solamente en algún sitio en el infinito. El extranjero aceptaría todo esto por el episodio de la novela policíaca. Pero sabía que Sherubay en algún sitio pasara seguramente a mi parte de la calle.

La silueta vacilante de Sherubay nadaba despacio a lo largo los edificios que aclarecían flojamente. El y los edificios desaparecían en la oscuridad, y entonces oía solamente el chancleteo de sus suelas. Al fin Sherubay dobló de la acera y se dirigió directamente a mí. Me paré en espera.

— Buenas tardes, — dije, aunque la tarde de hoy no era posible llamar buena hasta con las intensiones más grandes.

Pero debía comenzar de algo y dije que había que hablar por la tarde al encuentro.

— Ah, es Usted, — dijo Sherubay, pisando la acera. Fuimos callando al lado. Trataba de escoger las palabras.

- ¿Qué tiene? - preguntó

— Es que me ha pasado una desgracia...- comencé,

Pero Sherubay me interrumpió rudamente:

— Ella tiene la desgracia... ¿Usted qué tiene que ver?. ¿O quiere Usted a esta chica también?

— Dentro de unos días teníamos que casarnos.

— ¿Qué quiere Usted de mí?

- Le quería pedir... entiendo, nuestras relaciones no eran fáciles...

- ¿Para qué ushabla Usted del pasado?. Comprende perfectamente que es la cosa del médico. Excluye antipatía personal.

— Gracias, doctor, — dije con el alivio.

— ¿Acaso es posible llamar el heroísmo la habilidad del cobarde de esconderse al enemigo? ¿O la humanidad que me habla? —preguntó Sherubay, sonriendo amargo, pero dejé pasar todo esto por las orejas. Ahora me interesaba solamente lo principal.

— Diga, doctor, ella... ¿va a vivir?

— Le hemos salvado la vida, parece, — dijo Sherubay, hablando con reticencia.

Pero me interesaba lo principal: la vida de mi Ayauzhán. Volverá de nuevo a mí, eso era lo más importante. Y esta noticia quería ahora de Sherubay.

— Shereké... solamente podía ser pronunciado por mí.

— A dormir, a dormir. A través de una semana podrá visitar a Donentaeva. Le permitiré, —refunfuñó Sherubay y, sin haberse despedido, se fue a casa.

Aquí pensaba nunca que que él me dijo en el día de los funerales de Ulbosín, me le acercaré primero. Pero, por lo visto, así es convenido el mundo que a la persona no pasar sin a la persona. Y mí no pasar sin Sherubay.

Él me odiaba como antes, pero ahora esto no me parecía lo esencial. “No es nada, no es nada, — me decía, — Ayauzhán está viva, y pronto todo se arreglará de nuevo”.

Todavía acercándome a las puertas, he oído, como en mi apartamento llama inquieto el teléfono. Me consiguió descolgar el auricular. Llamaba por teléfono ininterrumpidamente Basargul. En todo momento sollozando, ha informado que la ha llamado Abilkás. Se ha reunido inmediatamente en el hospital, pero Abilkás dijo que estar ahora en el vestíbulo del hospital no vale la pena, soltarán a Ayauzhán solamente mañana, y esto depende de su disposición, y aquí ahora se extenúa hasta la tarde.

Como podía, tranquilicé a la hermana, y fui a dormir, pero toda la noche me perseguían las pesadillas. Veía la grúa que cae y nosotros estamos en la cabina junto con Ayauzhán. He caído de la cabina y he volado no a la tierra, como era necesario suponer, y el diablo sabe adonde, quizás, en el cosmos. Ayauzhán, extendida en la tierra, me llamaba, tendiendo las manos... Me desperté y, habiendo saltado de la cama, pasaba por la habitación, como un león plantado por la rejilla. Más exactamente, el león se agitaba dentro de mí, arañaba por las uñas mi corazón. Lo convencía, tratando tranquilizar. Pero las dudas me roían. No podía tranquilizarme, solamente habiendo persuadido los peroles que Ayauzhán estaba viva.

Poco tiempo después ha empezado a brillar el amanecer, la exactamente hoja otoñal, que comienza ponerse amarilla. Eran alegrados el sol que se levanta, por ello escupir mis sentimientos despeinados. Calentaba el sol.

Me he lavado y, de alguna manera, apresuradamente habiendo desayunado las croquetas de ayer, corrí por la calle antes del amanecer.

En el hospital me han dejado entrar sin obstáculos, al ver que he llegado por los asuntos de servicio. Por el pasillo me colaba detrás de la hermana que lleva la medicina de la mañana. Cuando la hermana abandonaba la cámara y se ha escondido en siguiente, miraba en puerta, buscando a Ayauzhán.

- ¡Zhantás Bekov! Y bien, usted es como un niño, me ha reprochado la voz de una vieja. — ya que no se puede, es temprano todavía, el médico no permite, — dijo.

— Sólo quiero verla. Comprenda, de aquel tiempo no la veía, — he implorado, tratando de penetrarla hasta la profundidad del corazón.

— Oh, tendré problemas. Bueno, vamos, le mostraré en puerta. Pero se irá Usted enseguida. — ha entreabierto la puerta de la cámara angular.

- Allí está ella, toda blanquecita. Cerca de la ventana.

Ayauzhán, encadenada en el yeso, estaba como en la escafandra para los vuelos espaciales. Solamente la persona encuadrada por las vendas y que guardaba las huellas de los tormentos, restaba abierto. ¡Dormía, como puede dormir la persona viva! El resto — el yeso, y las vendas — era ahora secundario.

— ¡Ayauzhán! — he llamado en voz baja.

— ¡Está Usted loco! — se ha irritado la vieja y ha cerrado bruscamente la puerta. ¡Vaya ahora de aquí! ¡Vaya!

Salí corriendo del hospital. Quería gritar a toda la ciudad: “¿oís?! ¡Ayauzhán está viva! ¡La ví con mis propios ojos!”

Llegué al taller y desenvolví en primer lugar el periódico de la ciudad. De la primera página me miraba Ayauzhán. Quizásmente, esto era el mismo retrato que Ayauzhán que había quitado del stand del club. Bajo el retrato en la correspondencia amplia era escrito de la hazaña de Ayauzhán. El trabajador del periódico narraba así, como si lo hubiera visto todo con sus propios ojos. Él describía briosamente los sentimientos de Ayauzhán que han abarcado a ella, cuando se levantaba a la parte superior de la grúa. Sabía, en que pensaba mi Ayauzhán en este momento. Solo temía por los niños y temía todavía que no puede llegar a la cabina. Puede, como la mujer verdadera, todavía se preocupaba un poco por un nuevo vestido blanco.

Al principio he reído del corresponsal, ha pensado después que es bueno sin embargo que él ha escrito así. Que la gente todavía se admiran mucho más de mi Ayauzhán. Ella realmente es una chica extraordinaria. Y estos minutos no sé, cómo se enorgullecía Ayauzhán y hablaba a él: “Zhantás, es tu novia, ella se hará pronto tu mujer”. Era difícil encontrar en nuestra ciudad a un dzhiguit que tuviera a una chica tan admirable.

“Hay que comprar más periódicos”, - ha ido velozmente en mi cabeza, y aquí me han llamado a teléfono. He salido en el pasillo y ha tomado el tubo.

— ¿A Alla, Zhantás? ¡¡La operación a nosotros ha pasado con éxito! — ha gritado Abilkás, algo a menudo durante los últimos tiempos juntándose a los logros de otros. — aunque era el caso muy difícil. Ahora es posible confesar, creíamos no muy en el éxito. Y hasta llamaban con Sherubay a su amigo a Moscú. ¿Al académico Petrov, comprendes?

En resumen, todo hablaba sobre lo que la desgracia pasaba, y ahora convenía el trabajo increíble esperarme el primer encuentro con Ayauzhán. Yo simplemente no sabía, cómo rellenar los días de la espera. La vez por dos para un día le traía las transmisiones, y después visitaba a los conocidos, matando el tiempo.

Pero en este momento a mí se ha doblado la invitación de la comisión de exposición, y he llevado a Almat la escultura de Ulbosín, habiendo castigado Basargul como es debido preocuparse sobre enfermo en mi ausencia.

De milagro la noticia sobre la hazaña de mi novia ha llegado ya a la Unión de los pintores, me preguntaban sobre la salud de Ayauzhán, respondiendo de ella con la admiración, y a mí era agradable por Ayauzhán. Por lo que la gloria sobre ella se difunde por toda la república. Y un de los secretarios de la dirección y me dijo:

— Si pase algo, escríbanos una carta, le ayudamos.

Habiendo vuelto en Mystau, he lanzado las cosas a casa y fui corriendo en el hospital con la caja de los bombones sabrosos. La fama ha abierto a él el camino en la tienda del curso de servicio. Aquí él ha conseguido un par de las cajas. Una a mujer querida, segundo especialmente para Ayauzhán.

— Entrégale de mí. Que come los bombones y recobra la salud más pronto. Compadezco mucho que no es conocido con tal chica valiente. Y di, — ha declarado mi compañero de curso famoso, habiendo negado a dinero rotundamente.

En el hospital me esperaba la sorpresa agradable. El asunto pasaba en la segunda mitad del día, y he pasado directamente al médico de guardia, preparando para la lucha, porque hoy tenía que, en todos los sentidos, ver Ayauzhán. Pero el médico de guardia ha sonreído maliciosamente, habiendo adivinado por qué a mí el tal tipo decidido, y dijo:

— ¿Que esto, Zhantás Bekovich? Ayauzhán le espera no esperará. Pregunta cada día. Y y bien, a ella inmediatamente, aquí a usted la orden del médico de guardia.

De las explicaciones no fue necesario, he comenzado a apresurarse en la cámara angular, sin olfatear los pies.

En la cámara era blanca-es blanca. Y Ayauzhán estaba, exactamente barrida por la nieve. ¿Solamente los ojos tristes se ponen negro por dos puntos “Ayauzhán, donde tu risa plateada?. ¡Y y bien, Ayauzhán, muestra el carácter!. ¡Eres parecida a la flor blanquecita, arrancado se pon pardo, tal inmóvil y silencioso!.” — aquí que quería gritar del umbral. Pero estaba parado en el umbral y miraba Ayauzhán. Sus ojos han brillado — me han llamado.

— Hola, mi Ayauzhán, — dijo alguien de mi cuerpo por la voz que no se dobla, y, trasladando los pies que se han hecho rígido, me he acercado a la cama Ayauzhán. — Y bien, aquí y nos hemos encontrado de nuevo sobre la cita. Han escogido La verdad es que el lugar conveniente completamente. Pero nada, día-otro, y rodaremos donde sea en cine, - he bromeado para levantar a su espíritu.

Y esto me consiguió un poco. Ayauzhán ha respondido con la sonrisa y dijo:

— ¿Y bien que estás? Se sienta al lado. Se siente como en casa.

Esto podía quitar al humor de los ahorcados, si no contábamos el yeso, y la cámara de hospital temporal en nuestra vida. Y he explicado Ayauzhán:

— Saldrás pronto del hospital. Y todo esto será lejanos pasado. Hasta se reirás, acordando en el yeso. A como que que era la matrioshka.

— Si no me he levantado a la grúa a tiempo... se ha puesto a justificarse ni de aquel ni de este.

— Has obrado exactamente. ¡Ti el bravo! Ayauzhán. Es todos hablan. Te hablo. Sobre tu acto solamente escriben en los periódicos. Y las chicas y responden en las lecciones:

“Querría parecerme a Ayauzhán Donentaeva”, — he mentido al fin con la conciencia pura.

En primer lugar, era convencido que es ahora en Kazajistán, realmente, muchas chicas, que sueñan ser parecidas a Ayauzhán. Es necesario solamente bajar en la próxima escuela, y allí se persuadirás obligatoriamente en esto. Y en segundo lugar, quería animarla. Seguramente y debe hacerse lo más rápidamente posible Ayauzhán anterior. Me faltaba así esto.

Y he comenzado a bromear completamente, y echaba por las anécdotas. Los otros enfermos en la cámara solamente, quizás, oían:

— He aquí todavía la anécdota sobre el asno... ¿Y, no sabes? Ahora te contaré...

La sonrisa no bajaba de los labios de Ayauzhán, contenía apenas la risa, porque reírse a ella todavía era enfermo.

Ha llegado después la hermana de guardia y dijo:

— Han visitado, y bastará. Mañana tenéis todavía un día. Y es ahora con enfermo quiere charlar una nueva visitante.

— Un momento. Acabaré solamente un chascarro, — he pedido a la doctora.

Pero tuvo que venir todavía no una vez, mientras no me haya sacado de la cámara.

— Hasta mañana, Ayauzhán, — he dicho, estrechando su que se ha debilitado la mano.

— Hasta mañana, Zhantás, — ha susurrado, respondiendo con el apretón de manos apenas visible.

En el pasillo me he encontrado con Basargul. Era en la bata blanca y llevaba la bolsa con las manzanas tempranas.

— ¡Y, aquí quien nuestra separadora! — me he fingido cruel.

— El pobrecillo Ayauzhán, — ha suspirado Basargul y ha pasado por los ojos por la palma.

— ¡Que hablas! — he sido indignado ya realmente. — y se ha quedado nuestro Ayauzhán anterior. ¡Ti mira solamente, como se ríe! Como si no había nada. ¡Verás aquí, ella será rápido con nosotros!

— Ah, si así, — ha suspirado de nuevo obstinado Basargul y ha pasado en la cámara.

Harás bueno con las mujeres, si en la mayoría éls en verdad las creaciones débiles. No lo que mi Ayauzhán.

Desde hoy y ha sido movido. Desde buena mañana trabajaba en el taller sobre los encargos, y en la segunda mitad del día iba a la cita y Ayauzhán, y, mientras no me echemos al anochecer, construíamos nuestros planes para el futuro, hablaban sobre aquel, sobre este. Es final, como podía, distraía Ayauzhán. Su cuerpo se liberaba poco a poco del yeso, y esto una vez más confirmaba que nuestras esperanzas hermosas son próximas a la realización.

Se liberaba poco a poco del yeso, y esto una vez más confirmaba que nuestras esperanzas hermosas son próximas a la realización.

A veces en nuestros entretenimientos modestos tomaba parte Basargul o los compañeros de Ayauzhán de la brigada. Con último he trabado amistad, y solamente entre mí y Altinay se quedaba todavía la pared invisible. La persona terca, me ha tomado rabia desde los primeros minutos, y no en las fuerzas superar su hostilidad. Se acercaba así y asá, regalaba los bombones, tomando en consideración sus relaciones con Ayauzhán. Pero nada podía hacer con ella.

Y ha pasado casi todo el verano.

Una vez, tanto como siempre, bromeaba, estando cerca de la cama Ayauzhán, pero esta vez a mí de nada resultaba. Los ojos de mi novia eran tristes, aunque de la piel trepaba, gracejaba a la derecha y a la izquierda.

— ¿Qué te pasa, Ayauzhán? ¿Puede que te has resfriado? — He preguntado, sin haber dado a la hipocondría de Ayauzhán del significado especial.

— Zhantás, — dijo Ayauzhán con el esfuerzo, — no debemos más de encontrarnos. No vengas a verme, olvida.

Sabía que Ayauzhán no de los que quiere los efectos teatrales, y se ha alarmado por eso.

— ¿Qué dices? — He preguntado estupefacto. Me ha mirado, sufriendo.

— ¿Recuerdas, hablabas que quieres la primavera? — Ha susurrado Ayauzhán.

— Y bien, es final, — he pronunciado, poco a poco recobrando. — hablaba todavía que la primavera da a luz el amor. Esto, claro, es original ni mucho menos. Pero no puedes hacer nada, esto así.

Pero a la persona cada año llega una nueva primavera.

— Bastante, Ayauzhán. A mí una primavera que se ha apretado. Esto, — has objetado yo es caliente.

— Gracias, Zhantás, — ha proferido agitado. — te creo. ¿Pero que harás, si cerca de esta primavera ha pasado es hora el florecimiento? Entonces tu primavera se encuentra fría y crudo otoñalmente. No, no quiero verte infeliz, Zhantás. Entonces seré completamente infeliz...

— ¿Pero que esto significa, al fin? ¿Puedes explicar humanamente? — Me he irritado, perdiendo la paciencia, y esto ha llamado la sonrisa sobre los labios de Ayauzhán.

— A mí algo con la columna vertebral. No podré... caminar, — ha pronunciado de repente, habiendo enrojecido modestamente.

— ¿Quien te dijo este absurdo? — He gritado, definitivamente saliendo y saltando dentro de la silla.

— El profesor Sherubay, — ha musitado Ayauzhán culpable. — es decir él no dijo que completamente...

— Voy a ir voy a comprender, — he dicho es terrible y ha saltado de la cámara, dispersando de paso los relámpagos.

He golpeado en puerta de su gabinete y, sin haber esperado, cuando me responderán, ha entrado.

Sherubay algo escribía a la mesa. Habiéndome visto, él se ha arrugado, como del dolor de dientes.

— ¿A ella mucho tiempo estar todavía? ¡Respondan! — he preguntado, en seguida tomando al toro por los cuernos.

— Quien tenéis en vista de - ha preguntado Sherubay con aire descontento.

— ¡Ayauzhán Donentaevu, de quien todavía, y sabéis perfectamente!

— ¿M-sí, — ha musitado Sherubay. ¿que usted le tenéis relación?

— ¡Ayauzhán es mi novia!

— Si es así, — ha pronunciado Sherubay es impasible. — pica usted el novio... A Donentaevoy ha sufrido la columna vertebral. Y estar a ella tiene que mucho tiempo. Puede, toda la vida. El daño, es necesario confesar, serio.

— Y bien, lo miraremos todavía. ¿Aquí solamente para que le habéis dicho? Mejor no decirle.

No pienso. Ella la fuerte persona. Y después no podemos mucho tiempo encubrir tales cosas de los pacientes. Demasiado mucho tiempo la curamos y sin éxito esencial, ella no el niño y entiende que tales casos trágicos no pasan sin las consecuencias serias.

— Mire, doctor. Déjela ir. A mí a ella será mejor.

— Sin duda, — ha consentido Sherubay. — las condiciones del hospital oprimen, y en el control constante de médicos ella no tiene necesidad... Pero sólo no presentáis toda la responsabilidad del paso.

— ¡Sobre que el habla! — he dicho habiendo echado. Sherubay se ha levantado de la mesa y, habiendo puesto las manos por la espalda, ha dado una vuelta por la habitación.

— ¿Y bien, puesto que? ¿Cuando se puede tomarla? ¿Si no es posible hoy? — He preguntado Sherubay.

Él se paseaba por la habitación con la monotonía del péndulo. Personalmente Abul-Faradi afirma que dentro de tales personas hasta cierto punto contiene el león cruel. ¿Si tiene razón Abul-Faradi, con interés? Por la costumbre vieja he comenzado a decir cosas filosóficas sin ganas y ha presentado que pasaría, sobre parece en Sherubae el león presente con agudo, son puntuales los puñales, las uñas... Aquí él abre perezosamente los ojos...

Pero Sherubay en este momento se ha parado ante mí. Él como si es asombrado con la paciencia larga. Esto en lugar de poner simplemente en la calle odioso a él a la persona.

— ¿Pensáis, allí, donde usted, es obligatoria la felicidad? ¿De que lo habéis tomado?— Ha preguntado él con la curiosidad del investigador.

— Me quiere, Ayauzhán, — ha respondido mí perplejamente.

— Esto la verdad, me hablaban... ¿El médico de cabecera y Basargul, — ha musitado De sherubay. ¿usted queréis sus? — Ha preguntado él es incrédulo.

— ¡¡Diós mío!! — he exclamado. ¡— será verdad que estaría ante usted! ¡Sí a mí sin ella las vidas no existen!

Mi respuesta ingenua ha dominado Sherubay, he decidido usarlo y ha preguntado en la tercera vez:

— ¿Y bien, puesto que? ¿Puedo tomar Ayauzhán?

— La vida es una cosa más cara de que a veces pensamos, — ha refunfuñado Sherubay. — el fruto demasiado rojo poco tiempo y modorrarse. ¿Si comprendéis que asumís la responsabilidad por el destino de otra persona? ¿Si le bastará para pasar la vida cerca de la cama ajena? ¿Y si a usted no basta las fuerzas, comprendéis que entonces espera esta chica? ¿Si no más vale dejarla ahora?

— ¡No! ¡En ningún caso! — he gritado. ¡— moriré sin Ayauzhán!

Y creía en este momento que mi corazón dejará de batirse minuto este, tan pronto como perderé Ayauzhán. Y además en el fondo del alma contaba que Sherubay dice que en realidad la posición de mi novia no desesperadamente, como él habla.

— ¿Qué sé yo? — Ha suspirado Sherubay. — a usted, a la gente del arte, el sentimiento eclipsan a menudo la razón. Y le parece realmente que así y es. Y después las emociones pasan, se van...

— Me conoce mal, —objeté herido, al darme cuenta de que él volvía a viejo.

— Da el dios, — se ha sonreído oblicuamente Sherubay. — En general, Donentaeva se echará un rato todavía dos semanas, y después tomen. Pero tomen en consideración, noventa nueve de cientos en su posición y se queda en la cama.

“Miraremos, miraremos, — he dicho a este a un de cientos y habrá mi Ayauzhán. Así debe ser, y no de otro modo”.

— Le agradezco, el doctor, — dijo mí con alegría.

Él no ha respondido, se ha dirigido a la mesa. Pero, además, mí esto no ha alabeado. He salido en el pasillo muy contento de él. Y la conducta de Ayauzhán ahora se veía en otra luz.

“Zhantás, todo está claro, — he dicho a él. — Tal chica, Como Ayauzhán, no podía portarse de otra manera. Porque ella la persona generosa. Porque ella es mi novia.

IX

El verano ha acabado el plazo, y era cambiado en otoño claro temprano. Los árboles, quemados por el bochorno veraniegos, y el cielo se han reanimado, la verdura como si ha limpiado el polvo. Los tintes han devuelto él los tonos brillantes. Pero notaba todo esto como si con el rabillo del ojo, corriendo dos semanas que se han quedado por la ciudad. A la aparición de Ayauzhán debe comprar la masa de las cosas necesarias, y a mí no bastaba ni las manos, ni los pies.

Nuestros amigos aceptaban la participación activa en todas las preparaciones. La parte considerable de las preocupaciones era tomada sobre sí por Basargul. Aun los Karipzhán, expertos en las vidas prácticos, y Asilján y aquel se metían con los consejos. Y solamente Altinay gruñía como antes. La noticia sobre lo que Ayauzhán va a vivir a mí, le ha llamado la indignación especial.

En cierto modo, habiendo llegado a la residencia comunal detrás de cosas algunas de Ayauzhán, he oído accidentalmente, como Altinay lava mis huesos. Tuve que bajar de cuclillas para sacar la maleta de la novia de debajo de su cama, y Altinay que ha entrado al principio no me ha notado.

— Este Zhantás ha trastornado la cabeza completamente a mi amiga pobre. Nuestro Ayauzhán infeliz para él solamente el juguete, — ha declarado ella a las chicas.

— Pero a tal se decidirá no cada dzhiguit para casarse con la chica mutilada. Y debes reconocerlo,

-Altinay, — le ha objetado una de las chicas, mirándome tímidamente.

“Es la verdad, — he pensado, estando ante la cama de cuclillas. — Por supuesto, sin modestia falsa, no cada chico se atreverá a tal asunto”.

Pero Altinay como si un malo abejorro en la boca ha caído. Refunfuña y refunfuña.

— A quien habláis. También a mí el héroe, su Zhantás. Veréis Aquí, lo importunará atarearse en y dejará, — ha informado, habiendo puesto las manos en los lados potentes.

Escuchar como era indecente, y me he enderezado en el crecimiento completo. Altinay se ha enrojecido es espeso y, algo habiendo musitado bajo la nariz, ha saltado por la puerta.

— Ud no se ofendan con Altinay. La buena chica y quiere mucho su Ayauzhán. Solamente ha imaginado que todo sabe más mejor, — ha tomado la defensa de ella la chica que protegía recientemente yo.

Y adivinaba que Altinay la buena chica. Porque quería arreglar con ella el contacto.

“Está bien, Zhantás. Pronto verá, por que ti en realidad, y todo se cambiará”, — me he tranquilizado el»

Y ha comenzado aquí el día mucho tiempo esperado. Habiendo rodado en el hospital en el taxi, he encontrado a las puertas del hospital de los amigos inseparables para Karipzhána y Asilján. ¿— Y donde está Altinay? — He preguntado, de la ventana del coche

— Teme. Ahora no se te acercará ni al cañonazo. Después de un caso, —-así que vive tranquilamente, Zhantás.

— ¿Os habéis vuelto locos? ¿Sabéis, cómo se amargará Ayauzhán? — Me he asustado de verás. — y, por supuesto. ¡Jefe, lleva a la residencia comunal de construcción! — he gritado al chófer.

— Por favor, — dijo el chófer, habiendo encogido de hombros. He entrado volando en la habitación a Altinay, cuando depilaba infructuosamente por las pinzas las cejas anchísimas,

— ¡Ah! — ha dado un chillido Altinay y ha dejado caer las pinzas.

— ¡Eers guapa y así! Ha encontrado la ocupación, no tiene nada que decir. Allí tu mejor amiga da de alta del hospital. Y te ocupas el diablo sabe de qué. Y y bien, han ido - he gritado a ella y, habiendo agarrado por la mano el Altinay que se ha desconcertado, ha arrastrado por él de la habitación, el pasillo y la escalera y al coche.

En general, encontrábamos Ayauzhán por la orden completa. No había Basargul, pero ella en este momento hacía sus cosas en mi apartamento, preparando la comida de fiesta.

Ayauzhán han llevado a nosotros sobre las andas, como la princesa. Acompañaba su escolta muy pomposa — se ha reunido todo el personal del hospital a la cabeza de Abilkás. Abilkás y brillaba, como su persona han aceitado con motivo de la fiesta. Los médicos y las hermanas radiaban. Y las enfermeras de edad avanzada, completamente, secaban los ojos por las mangas de las batas. Hasta el taxista intrigado por la agitación, y y entró al vestíbulo del hospital, soy mecánico ha buscado por los ojos de Sherubay y no lo ha encontrado. Además, no me importa, porque la persona más feliz hoy en la tierra — mí, Zhantás.

— Y y bien, Ayauzhán, más de prisa en el coche, — he dicho y se ha cogido era por las andas.

— ¿Las cabezas qué, cómo la cargaremos en el taxi? — Se ha oído la voz tranquila del conductor del taxi.

— ¡Señor! — ha pronunciado Abilkás es soberbio, aunque el taxista era mayor ello aproximadamente los años a cinco.

- ¿señor, de veras cree Usted que en nuestro establecimiento no hay preocupación suficiente de los enfermos?

— Abilkás Daribásovich, — ha pronunciado la doctora con reproche.

En la calle, realmente, había un microbús hermoso con las cruces rojas. Cerca de su portezuela trasera estaban de servicio dos batyrs en las batas blancas, preparado por el primer signo coger las andas de mi Ayauzhán y echar a correr aunque al fin del mundo. En resumen, el hospital acompañaba Ayauzhán, a exactamente hija querida casaba.

Abilkás, sin haberse tenido, ha pronunciado un corto adiós. Los enfermeros han echado con destreza emocionada por la felicidad de Ayauzhán en el coche. Me he sentado cerca sobre el banco, los otros miembros de nuestra orden han entrado con trabajo en el taxi, Abilkás ha quitado la bata, se ha sentado al "Volga" de servicio, y nuestro cortejo solemne se ha puesto a nadar por la ciudad.

Delante, exactamente indicando la vía, iba Abilkás, detrás de él en el medio de nuestra pequeña autoprocesión se ha introducido el taxi con los amigos, que cantan en la garganta todos, para Ayauzhán, y cerrábamos la columna los culpables de esta fiesta. Las transeúntes agarraban el paso y, al abrir las bocas, curioseaban a nuestra cabalgata abigarrada, extrañamente recogida.

Tenía la mano de Ayauzhán en la mano, y mi boca se extendía en la sonrisa sin querer. Y ningunas fuerzas no podían reducirlo en la raya igual seria. Hasta ahora no sospechaba, por cuanto la boca mi es grande, hasta saca hasta las orejas. Mirándome, sonreía mi Ayauzhán.

— ¿En algún sitio le veía? — Ha reflexionado un de los enfermeros. ¿— A algún lugar llevaba quizás una vez? ¿No en el hospital casualmente?

Pero todo esto ahora era lejano, en algún sitio en pasado, y este viaje se distinguía de aquella tanto que no quería responder el enfermero. Y él y trastornaba a él la cabeza hasta el final del trayecto.

Cuando Ayauzhán aportaban en la casa, ella de repente se encaprichó de nuevo.

— ¿Puede, son mejor en la residencia comunal, Zhantás? ¿Todavía no tarde? — Ha susurrado Ayauzhán.

Tonto, acaso no comprendía que me es necesaria como el aire, y además, hasta habiendo cambiado de opinión, ahora no podría retroceder en presencia de la gente de la primera decisión.

— ¿No barrían el absurdo, — ha ajustado su Altinay y ha ajustado a los enfermeros: ¿- Que os hacíais? ¡Y y bien, más alegremente!

Ayauzhán han aportado en el apartamento, y ha comenzado el alboroto jovial. Ayauzhán escogía el lugar para la cama, y, el hombre, con la algarabía llevábamos su lecho futuro por todo el apartamento.

— Ayauzhán, mira solamente en ventana. ¡Ves, mismo tu grúa! — ha comenzado a piar Altinay.

— ¡Oh, sin embargo, Altinay! Chicos, lleváis la cama aquí... ¡No, allá! ¡Más vale Allí! — gritaba de las andas Ayauzhán, y de nuevo ha comenzado la agitación con la cama.

— ¡Mi grúa es más alto! — como si el niño, se ha alegrado de Ayauzhán, cuando la han echado, al fin, a la cama. No se desgajaba de la ventana.

— ¿Quien trabaja en mi lugar? — Ha preguntado celosamente.

— No se preocupes, muy buena chica, — dijo Altinay, habiendo mostrado el pulgar. — Bubesh se llama... Pero sobre esto después, sobre el trabajo. ¿Está bien?

— El bravo, Ayauzhán. El deber de servicio ante todo, — se ha manifestado oficialmente Abilkás.

— Sí simplemente así, — me he turbado Ayauzhán.

“¿Con interés, — he pensado, — cuando él habla por la lengua regular humana?”

— ¡La atención! — ha parecido oír la voz de Basargul. Ha aparecido de la cocina con la botella del champán. Karipzhán y Asilján a modo de los pajes llevaban detrás de ella los vasos y la colación.

— ¿Los hombres, quien abrirá el champán? — preguntó Basargul.

— Y bien, claro, — hasta me he asombrado de Abilkás.

Él ha manifestado la agilidad inesperada, y el tapón bajo el chillido femenino ha disparado contra el techo. Luego con por la exactitud de Abilkás ha llenado los vasos.

— Hay una proposición de tomar por la felicidad de Ayauzhán Donentaeva y Zhantás Bekov, — ha declarado Abilkás, levantaba el vaso.

— ¡Hurra! — han vociferado Karipzhán con Asilján, y hemos vaciado, Ayauzhán y aquella se ha permitido los pequeños sorbo.

— La unión con querido es mismo que la apertura de las puertas en el paraíso, — era dicha por Basargul, cuando los vasos han sidos llenados de nuevo. ¿— Que nos dirás de tu Ayauzhán, koke?

Confesar, a mí ahora todo se embrollaba en la cabeza. En la lengua no era ni una palabra preparada. Por lo visto hablan no en vano que los ojos ciegos lloran también, y he expresado sin embargo todo que pesaba en el alma.

— ¡Los amigos! Queridos amigos, — he comenzado, habiendo levantado el vaso. En mi opinión, se puede comparar la vida con el diario brillante. Y cada uno lo rellena que ha sobrevivido. El poeta - por los versos, el compositor — las canciones. El pintor sobre la alegría y la pena que lo agitaban, cuenta por los tintes. Con Ayauzhán desde el día de hoy abrimos las nuevas páginas del diario...

— Es hermosamente dicho, — ha aprobado Abilkás.

He abierto había de nuevo una boca, pero se ha oído aquí el telefonazo largo, y el Asilján, que ha salido a las puertas, ha vuelto con el tropel ruidoso de los chicos y las chicas. A juzgar por la gente de algunos de ellos que a mí se encontraba en la residencia comunal de construcción, esto eran a los compañeros de Ayauzhán.

Las chicas han echado a Ayauzhán, chirriando, y ha comenzado la barahúnda. Basargul se ha ido a la cocina por adicional — Que pueblo no organizado, — ha notado Abilkás, con aire descontento arrugando.

Al fin Karipzhán con Asilján en calidad de los antiguos habitantes consiguió poner el orden.

— ¡Más silenciosamente, los chicos! — ha gritado Karipzhán. ¡— la Palabra tiene el novio! ¡Dejen terminar, al fin y al cabo!

Los nuevos invitados se han aplacado confusos.

— ¡Así, los amigos! — he dicho con la elevación, Pero aquí era interrumpido todavía por un telefonazo. El Asilján, que se ha ido a las puertas, esta vez ha vuelto con mi vecina de Zulfiyá. De la mano de Zulfiyá se tenía con fuerza y miraba al hijo Erkezhán, y detrás de él se tiraba todavía dos los niños, cada uno es pequeño es pequeña menos.

— Buenos días buenos días — ha cantado Zulfiyá. - Estos niños no dan descansando: “Muestra sí muestra a una nueva tía”, — hablan. Bueno con estos niños obstinados harás.

— Los niños son los niños, — ha notado Abilkás, porque no podía mucho tiempo quedarse en la sombra.

— Aquí, aquí. ¡Esto es justo! — ha cogido Zulfiyá y se ha inclinado sobre los detmi.-niños, esto y es la misma tía que ha caído dla grúa. ¿La ayudaréis?

— ¡Seremos! — es discorde han respondido los niños.

— Gracias chiquitines, — eran dichas por Ayauzhán emocionado. Con qué os puedo agradecer?. A no ser por los bombones.

— Vayan, vayan a la tía. Le agasajará con los bombones, —ha empujado Zulfiyá a los niños que se han intimidado. - Y bien, pisen, no ser las hayas, — y se ha acercado a la mesa, los invitados a ella inmediatamente han acercado el vaso con el champán.

— Habláis, Zhantás. No habéis acabado el brindis, — ha recordado Karipzhán.

- ¡Los amigos! — he pronunciado derribado con tolku.-en general, pronto... En general, será puesto aquí Ayauzhán en pie, y rodaremos grandioso por aquella. En general, el festín a toda la ciudad.

—, más pronto, no apetece esperar así, — ha suspirado Ayauzhán, habiendo puesto la palma en la cabeza de pelos hirsutos de Erkezhána.

— Ayauzhán, como no te da vergüenza, — le susurraron las amigas.

— De nada, la tía, nosotros es rápido con usted jugaremos en el escondite, — Es temeroso ha prometido Erkezhán.

— En el escondite es posible y ahora. Se soy cortado Aquí por la manta, y prueba encontrar, — se ha echado a reír Ayauzhán.

— Pobre, pobre, — ha movido la cabeza Zulfiyá, habiendo secado stakan. si ella y se quedará, el pobrecillo. Si decir fácilmente, ha caído de la grúa... La grúa... En nuestro aúl una chica ha caído de la ambladura, y sólo. Y esto ha encorvado para toda la vida. ¿A quien ahora es necesario tal, y?

Me ha mirado y ha movido la cabeza de nuevo, como si lastimando: “Y ti también el pobre, pobre”.

En la habitación se ha establecido el silencio torpe. He pensado en el enojo: “¡Apay, ah, qué mujer más tonta eres! ¿Qué diablos te han traído por nuestra cena feliz?”

— Apay, a usted ha hervido la leche, — se ha entrometido Altinay.

— ¿La leche? — Se ha asombrado de Zulfiyá. ¿— Acaso he puesto la leche? Ah, entonces he hechado a correr. ¡Los niños, los niños, por mí! — ha recogido a sus hijos y, empujándolos ante él, ha abandonado nuestro apartamento.

Podéis presentar, con que deleite labraba la puerta ante esta persona habladora.

— Miraré de alguna manera todavía, — es significativo ha prometido Zulfiyá ya de la plazoleta.

Su partida ha llamado el suspiro general del alivio. Los invitados han arrojado exactamente la carga de la espalda, se han movido, han comenzado a vocear alto. Ha hecho espuma De nuevo el champán.

Zulfiyáse ha ido, y todo el resto del día no era abandonado por la sensación extraña. Como si cerca de la oreja se enreda el mosquito agudo y pica, pica, e impide hablar y pensar. Lo llevo, llevo, y él pica con insistencia. Saldrá solamente y vuelve de nuevo.

“Zhantás, olvida lo que graznaba aquí hermoso zhenguey, — convencía sebya.-que tomarás de la mujer no inteligente... Pero a ti hasta ahora todo se formaba más lo mejor posible."

La predicción triste de Zulfiyá se ha reunido sobre mi horizonte, como si la nubecilla negra. El cielo puro, claro, y sale en el ojo, del borde, como si la porquería.

X

Al otro día me he despertado tarde. Ha abierto Apenas los ojos, como inmediatamente me hinchó el pensamiento: “¡lirón, duermes, y Ayauzhán en este momento espera tu ayuda!”

Los resortes en la otomana se han apretado y me han echado el won. Me he vestido rápidamente y ha mirado en la habitación, donde había una cama de Ayauzhán. Ayauzhán estaba con los ojos abiertos, algo cuchicheaba a él bajo la nariz. Habiendo oído que me he despertado, ha vuelto la cabeza en mi parte y es radiante ha sonreído.

— Perdóname, Ayauzhán, — ha implorado mí entrando, — me he dormido, y, puede ser, algo te es necesario. Me llamas llamas, y Zhantás duerme, como el último cerdo.

— Buenos días, Zhantás. Mí mientras ni de que no tengo necesidad. Estoy a él y canturreo la cancioneta, — dijo Ayauzhán.

Gestionaba ya, cuidando Ayauzhán. Tenía vergüenza y condenaba:

— Oh, soy tan torpe, Zhantás. Tienes derecho, me da vergüenza ante ti.

— Las futesas. Cuando serás sano, te explotar con todas las fuerzas, — respondía animosamente.

Y me gustaba cuidar mucho Ayauzhán. Mí hasta ahora todavía ni por quien no se preocupaba, y ahora las preocupaciones me han apasionado a la novedad. Además todo esto no podía durar mucho tiempo. Solamente antes de la curación de Ayauzhán. Y estaba seguro de su curación rápida.

Después del desayuno he abastecido Ayauzhán de los libros y ha hechado a correr en el REGISTRO civil.

— Y esta vez usted unos. Está claro, han cambiado de opinión de nuevo, se ha sonreído sarcásticamente siempre mismo la empleada del registro civil.

— Si Magomet no va con todo a la montaña, y bien, en aucuno, la montaña, habiéndose dominado, debe sin embargo a Magometu. Le Tiene que tomar el ejemplo de la montaña, — he informado, parando su golpe, y en calidad del golpe de respuesta ha puesto a ella todo que con nosotros ha pasado.

— ¿Así, entonces esto usted? Sobre usted habla toda la ciudad, — dijo la empleada, mirándome con la admiración. — Confesar, le contaba muy el hombre liviano. Sabéis, en mi opinión, la gente del arte, como regla, el pueblo ligero, Pero, ver, la excepción.

Hemos convenido con ella, así como como — en general, cuando los trabajadores del REGISTRO civil llegarán a nosotros a la casa, y he hechado a correr en la Casa de la cultura.

Me gustaban las ocupaciones en el estudio, era muy interesante atarearse en, con los talentos primerizos. Tal alegría, cuando la persona crece a ti ante los ojos. Pero mientras se tendrá que aplazar las ocupaciones, por lo menos al principio. Que ni habla, sino también exigen el tiempo.

Con el director también hemos arreglado todo rápidamente, y cuando he ido a correr después, el director me ha tomado por el botón y dijo:

— ¿Zhantás, nosotros el peso aquí, — ha descrito por la mano la ronda, en que se encontraban el operador de cine, que asiste a todo, Y y él mismo, lichno.¿-para que todo esto te es necesario? — La penetración era preguntada por el director.

— ¿Que tienes en cuenta? — No he comprendido realmente, t

— Todo aquí, — ha repetido direktor.-vives, hablan, vives sin registro con la mujer. Irán después las conversaciones. ¿Para que esto a ti?

— ¡Sí el mismo Ayauzhán Donentaeva! — ha exclamado el operador de cine con reproche.

— ¿Acaso? ¿Esto ella? — Ha preguntado el director. - entonces haces correctamente. Ella el héroe, sí. Pero firmar con el mutilado...

— ¡Has llegado tarde ya con los consejos! — he gritado, sin enfadar, porque tenía un humor excelente, y ha echado a correr después por la ruta...

Los mismos días he comenzado el trabajo sobre la composición “la Chica en las uñas al tigre”. Esta idea me era traída por el poema de Isy Bayzakova. Recordáis: la bella Kuralay impotente, como una cisne sobre de espejo del agua de los lagos... Zholbras, implacable, como el destino cruel... ¡La Desprotección y la potencia cruel!. ¡La bondad y el odio!. ¡La lucha de la vida con la muerte!. Quería crear el símbolo filosófico de la lucha vetusta. Y la aspiración mi se hacía aún más firme después de que la desgracia nos alcanzó a mi y a Ayauzhán.

Pero que esto era por el trabajo, si los pensamientos mis en este momento giraban cerca de Ayauzhán. Después de la hora de los tormentos torpes arrojaba el trozo del neumático en general quien que está sobre la máquina, y, habiendo suspirado, hablaba a la modelo jovencita algo en tal género:

— ¿Gayni, casualmente hoy no veías en cualquier tienda la nata?

— Veía la nata, parece, en la calle Auezova. ¿Sabéis tal pequeño "Ultramarinos"? Y el cordero bueno en la tienda cerca del comité ejecutivo, — añadía Gayni perspicaz.

Y me movía rápidamente en redondo: la calle Auezova — el callejón de Dzhambula — el mercado — el comité ejecutivo...

En Almat ha acabado la exposición, y por mi Ulbosín han conferido el premio estimulante. Y bien, pica así, el jurado me ha invitado al cierre solemne, habiendo enviado la carta especial.

He leído la carta y ha pensado que que decidirá Ayauzhán mismo. Al fin y al cabo, nada pasará, si por la mujer en mi ausencia corta cuida Basargul. Estaba seguro de la hermana, no le renunciará al hermanito querido, tal carácter a la hermana. No me llamaba las dudas y la decisión de Ayauzhán. Pero el trámite es el trámite, y he entrado con la carta en la habitación de la mujer.

— Mira solamente, como este Bubesh lleva la carga. ¿Acaso es tan posible arrancar? Es necesario suavemente, como la cuna infantil, - dijo Ayauzhán con el enojo. — y nadie no le dirá claramente. Verás aquí, hoy a éls se apagará la estrella. Y bien, esperen, que aunque alguien se me dejará ver. Entonces les mostraré.

He prometido llamar Bubesh y rendirla cuentas junto con Ayauzhán, y luego ha tendido la carta. La mujer ha recorrido por los ojos según el texto y dijo con convicción, devolviendo la carta:

— ¡Inmediatamente ve! ¿Que pueden ser dudas? ¡Soy tan contenta por ti, no presentas!

— ¿Y cómo ti sin mí? — Me he obstinado para la limpieza de la conciencia.

— Si que, ayuda Basargul. Y después, casi cada tarde llega a Altinay, sabes perfectamente. Ve alli, no trastornes a él la cabeza.

— Está bien, iré, así sea, — he dicho. — pero llegaré atrás por la flecha.

— Puedes simplemente — en avión o en tren, — ha sonreído completamente en maternal Ayauzhán; ella, debe ser, ha cascado mi juego ingenuo.

Basargul ha consentido con la alegría, durante los últimos tiempos se ha atado aún más fuerte a Ayauzhán. Y aunque Abilkás ha refunfuñado algo, oponiendo, ha recogido las cosas necesarias, y la he llevado a nuestro apartamento.

— Aunque descansaremos con tu mujer de los hombres, — dijo la hermana burlonamente.

Al otro día fácilmente y marchaba con soltura por la calle principal. Almat, por cierto tiempo habiendo quitado de la cabeza las preocupaciones de casa. Mi mirada se deslizaba descuidadamente por las transeúntes y se ha detenido de repente sobre la mujer que iba delante de mí. Por supuesto, el ojo, por lo visto, no es tonto; la mujer tiene figura excelente con las líneas suaves de los hombros, las manos y las caderas. En el vestido de color me parece una pez brillante decorativa, que se desliza en el acuario.

Con todo no esto ha atraído mi atención. A las mujeres hermosas es en el mundo mucho, y en cada uno mirar de hito en hito simplemente no tiene nada que ver. Pero la mujer que va delante de yo, ha despertado en mi subconsciencia la sensación del encuentro con algo por lejano y muy conocido. Como si en tiempos pasados sabía cada línea de este cuerpo hermoso. Lo sabía, como pueden saber solamente el escultor o el médicos que estudiaban ello a fondo. Exactamente así como en la subconsciencia del cantante hay unas palabras separadas y los trozos de la melodía cantada por ello hace mucho tiempo, en los tiempos inmemoriales.

Intrigado por sensación tal, he aumentado el paso. Poco tiempo después casi ante mi nariz ha comenzado a saltar perezosamente el nudo pesado de sus cabellos pintados es oscuros-rojos, luego había un óvalo de la cara suave. La persona se abría poco a poco, como la luna que cambia las fases. La mujer me ha mirado y ha reducido de repente el paso.

— ¡Yapyrmau, Umit! — he exclamado sorprendido.

¿-Zhantás? — De no mi se ha asombrado.

Sí, sí, esto era a mi primera modelo de Umit. Del semiadolescente-semichica torpe se hacía la mujer madura que florece. Pero el cuerpo la ha conservado esto íntimo, especial que le era inherente solamente a uno y, por lo visto, a su tiempo era no tal el alumno malo, si ha sabido leerlo en Umit, sólo que pertenece.

— ¿Por que destinos? — He preguntado alegrando.

— ¿Y ti por que? — Ha preguntado a su vez y se ha iluminado por la sonrisa. — en seguida te he conocido. ¡Como te has hecho un hombre desde entonces, solamente pensar!

Ella se atrevía, me examinaba claramente, y ha comprendido, cómo se ha cambiado Umit. Aquella chica, hasta las lágrimas que tenía vergüenza arrojar el vestido ante el pintor, se ha ido en pasado. Ahora se sabe que el cuerpo humano — el don generoso. La madurez la ha enseñado a apreciar el deleite, alegrarse a él. “¿Que en esto asombroso, — he dicho a él, — una vez debía crecer, y mismo me hacía otros, no es verdad?”

— ¿Donde ti ahora, Umit?

- Zdes. Vivo en Almat. ¡Trabajo en la oficina de proyectos, Oh, cuántas aguas ha pasado! Es una pena, tengo prisa... Además, pasa de visita. Entonces hablaremos por los codos. A mí es que contarte, y es mucho.

He anotado su dirección, y nos hemos despedido hasta tarde. Y la tarde, después de la fiesta a propósito de los cierres de la exposición, se escapó de los colegas he encontrado la casa de Umit.

La puerta a mí era abierta por Umit mismo.

— Más atrevidamente, más atrevidamente. Una, — me he echado a reír ella, habiendo notado mi mirada atenta.

— Significa, habrá un marido celoso y matará al pobre Zhantása, — he respondido con la agudeza trivial, pasando en la habitación.

— El marido se ha quedado en Moscú. Más exactamente, el ex marido. Y he salido a la mamá, — ha informado Umit, sentando a la otomana.

— ¿Que ha pasado? En mi opinión, no así mucho tiempo ha pasado después de su boda, — he dicho, dejando caer en el sillón. — tal amor, y sobre ti.

— Y me parecía. Y no han vivido juntos y el año. Se han ido. ¿Sabes por que? — Ha sonreído tristemente Umitl.

De donde a mí saber la causa, por eso he criado solamente por las manos.

— Él ha conocido que era la modelo.

— ¡Como así! ¿Y escondías de él?

— Me era inconveniente. Y he dicho que coso a nuestras chicas, y aquel me pagan poco a poco... ¿Zhantás, pero ya que la verdad, en lo que he hecho, no hay nada malo? ¿Di, es la verdad? — Ha preguntado Umit agitada.

— Y bien, claro, no. Tranquilízate, Umit. Personalmente para mí has hecho un buen trabajo. Gracias a ti me hacía el escultor, Umit... Puede, no era necesario engañarlo... ¡Con todo, si él no te ha comprendido, entonces no quería mucho! — he declarado categóricamente.

— Quien esto sabe — ha suspirado Umit. — A veces y más me parece así... Pero quien sabe.

Aquí ha sacudido la carga de los recuerdos.

- ¡Diós mío!, a mí el invitado está, y agasajarlo no hay nada para, — se ha alarmado Umit. — confesar, no creía que llegarás. El Conocimiento pasado... La Mamá ha salido a la hermana, y en casa aunque por la bola haz rodar. A él no preparo una... ¿A no ser por el té?

— Se puede el té, — he dicho, sintiendo es torpe porque de mí no esperaban, en general, y he llegado.

— Sí no existe, te soy contenta. Ti hasta no sabes, cómo la Rada. Simplemente no creía realmente que llegarás. ¿Y bien, quien mí para ti tal? — Se ha asustado Umit, habiendo leído mis pensamientos.

De los minutos a través de cinco en la misma habitación tomábamos el té odorífero. He acercado la mesita de revista y la silla a la otomana, y Umit ha puesto a la mesita de la taza y las galletas.

— Y para yo significas algo. Al fin y al cabo esto por ti nos hemos desbandado con el marido. Indirectamente, pero eres participante de esto, — dijo, como si continuando la conversación.

En su voz se cortaban joviales notas. Era en la falda corta que desnudaba alto sus pies. Las rodillas de Umit me atraían sin ganas, exactamente dos imanes. Sentía mi mirada, pero no daba el tipo. A no ser por ha echado el pie por el pie, como si burlandose.

He mirado su persona que se ha tranquilizado y se ha acordado que en esta mujer era enamorado una vez. En aquel tiempo parecía a queridos y próximos. Y ahora está aquí completamente ajeno, que sabe disponer del don magnífico. Y que esto contar: ¿por la aspiración inconsciente de la mujer a someter a los hombres — el instinto que ha pasado en propiedad en la herencia de las bisabuelas, o el cálculo de la libertina?

— Tarde o temprano nos hemos ido igualmente, — ha informado Umit. — Él áptero. Dormir uno y comer para él se considera principal. Y esperaba de nuestra vida de otro. En general lo veía y hasta la boda...

— ¿Pero quien entonces te empujaba?

— Y la inexperiencia. Lo que llamamos el amor, ha proferido Umit con prenebrezheniem.-y si poco rompemos en la juventud de la leña, sin sospechar, en que la sal de la vida. Y, Resulta que en otro. Y bien, por lo menos para encontrar a tal hombre, como ti...

Esto era halagüeñamente para mí, por supuesto. Con todo me ha disgustado su tono.

—... Y en general, en la vida alegre. Sin pena y las preocupaciones, — ha acabado a la ligera Umit -

A mí se hacía frío de su cinismo descubierto. Pero quería creer a las orejas. ¡El dios ti mi, donde no llevan solamente aquellas vías, sobre que hablan que son inescrutables! Y todo eso oigo de Umit, que era pura chica de ojos claros. O me prueba, se interesa, y alguien había Zhantás. No quería creer que la piedra preciosa por nombre de Umit se ha cubierto malo, el ataque.

— ¿Se ha cambiado Umit? — Ha preguntado, de repente habiendo entristecido. — claro, bromeo. Así. Ha parloteado cualquiera. Hay un amor presente, solamente quequien como resultará. Soy culpable. No quería mucho Muslima, se ha metido en la cabeza solamente: “quiero, quiero”. Me gustabas también, a propósito. Y quien sabe, cómo todo se ha vuelto, si me has cuidado.;

Esto era para yo la revelación. Pero ahora no tenía el significado. Tenía Ulbosín, y hay ahora Ayauzhán.

— “Es hora, es hora a Ayauzhán, puede, también llegaré a tiempo al tren de hoy”, — ha ido velozmente en mi cabeza.

Hemos charlado tranquilamente un poco, y he comenzado a despedirme y ya en el umbral, realmente, ha detenido maquinalmente caliente mano de Umit en mi mano. Y la mano no tenía prisa a la voluntad, por lo visto, en mi mano no necesitaba por gusto. Hasta ha movido el dedito una vez, dando a comprender — aquí le gusta., claro, me he dado cuenta que ha hecho el tiro perdido, pero era inconveniente así tomar en cierto modo sí rechazarla, ni en que no culpable la mano.

— ¿Zhantás, serás en Almat, pasa, está bien? Y esto llega simplemente, — ha susurrado Umit, sin quitar la mano.

— Llegaré obligatoriamente, — he prometido, comprendiendo que es la mentira cortés, y ha abierto los dedos.

Bajaba por la escalera, y Umit estaba parado en el umbral todavía y agitaba la mano. “¡Chur, chur, — he dicho a él, — tienes Ayauzhán! La Mejor mujer en el mundo-mujer de Zhantás Békov”.

XI

— Zhantás, ver, a mí de nada saldrá. Y estaré acostado hasta el fin de la vida. Y sufres por mí, — dijo Ayauzhán, sin mírarme, cuando le daba la medicina.

Se tyomó de mala gana los polvos y añadió:

— Miro aquí en ventana, y la estrella sobre la construcción arde y se apaga. Y como si fuera la mía la culpa de que se apague.

— Y bien, no cuelgues la nariz. ¡Qué dices, amor! — traté de animarla.

Pero la seguridad de antes de la resolucioón feliz me había abandonado ya. Pasaban semanas, meses, llegaban los médicos del hospital, nos visitado aún Sherubay mismo, las enfermeras pinchaban a la mujer por las jeringas, sin haber dejado en su cuerpo mártir ni un trozo vivo, Ayauzhán absorbía kilos y los litros de medicinas, pero la cosa no se cambiaba.

“¿Y si el amor se vuelva por otra parte? ¿No por la alegría, sino por la pena?” — me pensé con inquietud.

Todavía por la literatura clásica me sabía que el amor, en general, tal pieza, cuando la alegría y la pena competen uno con otro, quien cogerá la felicidad en la red, Uno quiere estenuarlo seguramente, segundo hace todo que florezca, se ha desatado por la flor milagrosa. Y todo se decidirá del que a quien revolcará. Pero no daba a esto el significado especial, contando que la literatura es uno, y no le es posible de ningún modo sin tragedia, y la vida — otro. Además no me era creído que tal puede ser y conmigo. Con otros es bueno todavía pero que tal convenga conmigo esto es increíble.

Parecía así todavía hace poco. Además, y contaba ahora en la estrella. Pero los acontecimientos no tenían prisa, se empantanaban, y no creía en lo que a mí bastará las firmezas, aunque como podía, se animaba.

— ¡Más arriba cabeza, querida! — he exclamado y, habiendo chasqueado los labios en la mejillita a la mujer, se ha alejado a su cama.

A causa de mí se hacía una pena Ayauzhán y.

Y todo a yo no se encolaba últimamente. Quería distraerme por el trabajo, pero lejos de eso. La arcilla ha dejado de obedecer a mis manos. Y una vez, habiendo mirado la modelo de Gayni, me he asombrado, ha pensado:

“Zhantás, ti, es evidente, ha perdido la chaveta de la mente, habiendo decidido, como si entre perezoso y por tontita Gayni y Kuralay dotado a los sentimientos delgados, artísticos, hay algo de común. Admira la: en lugar de ocupar el lugar, dormita en la silla en el rincón, espera la palabra especial”.

Tuvo que bajo el pretexto no convincente declarar Gayni la dimisión.

— Comprendes, ayer han bajado la instrucción esculpir Kuralay de una arcilla más clara. Para la arcilla clara no te acercas de ningún modo, porque moreno, Gayni, — mentí

— Y bien, no es tan moreno, — dijo Gayni y se gue al encojerse de hombros

Ahora tuve que cogerme por todo primero, pero otra naturaleza conveniente sobre la seña no había. En los corazones he recogido de la máquina todo el neumático y los eché al baño de zinc.

— Que se moje, — he declarado al neumático, — mientras tu amo no invente algo sensato.

“Dicen que cada uno es el dueño de su propio destino. Sí y muy a menudo lo mismo decía a otros. ¿Pero de dónde entonces se coge la desgracia? — pensaba, marchando a casa.-resulta que, la persona se construye las intrigas. En el futuro la persona será el amo del destino, es más claro que el día, por ahora él es débil todavía contra cualquier cosa. Lo de Ayauzhán, depende todo solamente de ella, hace mucho terminaría con las enfermedades. Pero las circunstancias son más fuertes ahora que ella... Las circunstancias, las malas fuerzas... Y a causa de mí es una pena, mi Ayauzhán”.

Y la mujer, a su vez, me compadecía. Últimamente empezaba a notarlo por sus ojos. Adivinaba que la fe en nuestra felicidad se va de mí, y a causa de ella se hacía una pena. Tanto que ahora trataba de llegar a mis servicios lo menos posible. Sufrirá de la sed, pero no pedirá el agua, porque se veía culpable.

Ahora nuestro amor se parecía a la piedad mutua.

He pasado en la tienda de mantequilla, y las mujeres que hacían cola al mostrador, me han fijado los ojos de una vez. Me valía la pena, habiéndome dirigido a la caja, volverles la espalda, como en el turno han comenzado a susurrar las voces:

— ¿El mismo?

— Aquel, aquel, vecinos. ¡El mártir!.

— Se ha casado con una mutilada...

— Dicen, no se mueve nada. Ya está.

— Ha destrozado su vida...

— Miren, tal joven...

Han insistido que tome la compra sin turno.

— Gracias, — he sonreído y, tratando de no encontrarme con sus miradas, salí corriendo de la tienda.

“¿Y qué si tienen razón? Y si somos condenados para toda la vida”, — me pensé con miedo.

Cerca de nuestra casa, midiendo exactamente la anchura de la acera andaba Altinay.

— Quiero hablar contigo, —declaró por con una voz de hierro.

— ¿Pero por qué estabas aquí? Vamos a nuestra casa, —propuse, presintiendo algo desagradable.

— No es posible. Quiero a solas... Sabes que, llevaremos a Ayauzhán a nuestra residencia, — ha soltado sin pensar inesperadamente.

— Ella es mi mujer, y de repente... - he pronunciado completamente perplejo.

— Te es difícil. Las preocupaciones continuas. Y somos cuatro en la habitación, — trataba de ab.landar mi impresión.

A confesar, proponía no mala salida de la situación. La visitaría allí su cada día. Y después, cuando fuese sana, viviríamos felizmente juntos.

Pero en la preocupación de Altinay se ocultaba algo más hostil. Era dada por los ojos fríos, punzantes.

— ¡En ningún caso! Olvidaremos esta conversación y que más no oiga nada parecido, — he dicho firme.

— Quería así de mejor.— ha refunfuñado, mirando bajo los pies.

— ¡Nosotros dos somos felices! ¡ Ayauzhán y yo! Y yo especialmente. — ella incrédulamente me ha fijado los ojos. — Iremos a nuestra casa. Nos espera Ayauzhán.

— Iré a buscar el jabón de lavar y volveré. Limpiaré su casa un poco, — dijo, todavía dudando de mis palabras, Altinay.

Habiendo entrado en el apartamento, he oído el grito penetrante del niño vecino Erkezhán:

— ¡La tía Ayauzhán, prueben encontrar ahora! Erkezhán estaba bajo la mesa y se reía, terriblemente contento.

— Estás en el armario, — dijo fingiendo Ayauzhán, estando sobre la espalda.

— ¡No ha adivinado! - se ha alegrado el mocito.

— Y bien, entonces detrás del espejo.

Erkezhán ha rodado de la risa.

— ¡No ha encontrado! ¡No ha encontrado! ¡Ajá, no ha encontrado! — ha gritado él, palmoteando.

¿Yapirmay, adónde se ha metido este niño astuto? — Dijo Ayauzhán, fingiendo extremadamente maravillado.

Me he echado a reír sin ganas, aunque mi humor había sido estropeado completamente por la conversación con Altinay. Habiendo oído mi risa, Ayauzhán volvió la cabeza. A los ojos se le han inflamado las chispas e inmediatamente se han apagado. Y Erkezhán, habiéndose dado cuenta que el juego para hoy está acabado, ha salido de debajo de la mesa.

— Que tengas sueño tranquilo, Ayauzhán-apay, — dijo él y se ha dirigido a la puerta.

— Y tú, Erkezhán...

He acompañado al chico a la puerta y he vuelto en la habitación.

—Sueño tranquilo... Bueno y, parece, es un deseo irrealizable, — ha suspirado Ayauzhán.

— Claro, si pierdes el ánimo... Querida, es necesario creer en nosotros y en la medicina, — he dicho con penetración.

— Estoy luchando, — ha musitado Ayauzhán y, habiendo fruncido las cejas, añadió: - se Sienta conmigo. Hablaremos.

“¿Y si ellos tenían razón?” — he pensado con aire descontento, pero me senté al borde de la cama.

— ¿Sobre qué? Mí pesa la atención.

— Sobre los acontecimientos en África... Sobre la persona de nieve... Y si quiero hablar sobre los colores, sobre el amor... no ha acabado, exactamente las lágrimas se le han quedado en la garganta.

— Perdona... No quería ofender, — he dicho con sentido de culpa, Ayauzhán ha exprimido la sonrisa.

— Pero quería hablar realmente - Como lo llaman en tales casos: “sobre el amor”, - dijo ella, justificándose.

He hecho todo para esconder la sorpresa. Pero, por lo visto, hácermelo en gran medida no lo consiguió.

— Es quizás que sea ridículo, realmente. De repente habla sobre el amor, — ha sonreído silenciosamente Ayauzhán, - pero que le vas a hacer conmigo mulitada, cuando estemos viejos. Pienso todo el tiempo en ti.

— ¡Estaré contigo, Ayauzhán! ¡Te querré hasta la muerte!

Algo en yo ha cambiado la entonación, y mi propia voz me ha aparecido ajena.

— En algún sitio leía, que el sentimiento sincero evita las palabras altisonantes, — ha proferido la mujer pensativamente.

Aquí me he puesto a asegurarla con todas las fuerzas de los más altos sentimientos.

— No te tenía en cuenta. Se ha acordado simplemente a la palabra, — ha sonreído Ayauzhán. — Y te creo... De otro modo me casaría contigo. Pero ahora no tenemos suerte.

— Espera, te repondrás pronto. Los médicos encontrarán una nueva medicina. Marcha rápido el progreso, — he asegurado.

— Gracias, querido. ¿Y si esto es para siempre? ¿Si nos bastarán las fuerzas?

— ¿Las fuerzas? Bastarán, — he dicho, puede que no con tanta seguridad como quería.

— Gracias, querido, — ha repetido. — sé, eres una persona grande, con buen corazón. Pero pasa el tiempo, se apaga el volcán. Y la persona es solamente de la carne y huesos, y su corazón, como como la llama de la vela en comparación con el volcán. Sopla es más según las posibilidades, y apagará... Y ahora llévame en la residencia comunal, — ha acabado es firme.

— Toma la medicina y duerme, — he dicho rudamente.

— ¡Pero ya que eres infeliz! ¡Eres infeliz! — ha objetado.

— No, soy feliz, — he dicho obstinadamente.

— Eres infeliz. Veo.

— No pensaré. No ves nada.

“Zhantás, si insiste así... Tu conciencia será pura. Dirás que eras obligado...” - se ha entrometido el segundo Zhantás. Pero el primer Zhantás nunca era un canalla.

—Tranquilízate y duerme, — he acabado, poniendo el punto.

Ayauzhán ha vuelto la cara a la pared. Alrededor de nosotros se ha establecido un silencio absoluto. Pero ya a través del instante detrás de la pared ha palmoteado la puerta, y la vecina Zulfiyá se puso a cantar:

— El alma, como un pájaro, lleva en la vía, y el corazón late en el pecho fatigado...

Su voz era jugoso y fuerte. Sin embargo la naturaleza ha privado a Zulfiyá del rumor musical. Pero la vecina, por lo visto, no lo daba a esto ningún significado especial. Habiendo terminado con el primer cuplé, se ha puesto al estribillo:

— ¡Y-a-a, ha vuelto de nuevo, A-a-a, a mí el amor!

Zulfiyá cantaba así, tentaba exactamente al hombre, invisible a nosotros. Casi en cada línea recordaba la palabra "el amor", pronunciándolo con el gusto especial. Y si en el tiempo regular es la palabra a mí funcionaba como si la llave, que produce ahogo al vasto espacio puro y claro, ahora llamaba la irritación sorda intolerable. Porque peno aquí, y a otra persona, es alegre vea Ud. Claro, habiendo notado que esta conversación me es desagradable, Zulfiyá se ha dado prisa de él irse, dijo:

— Y a la vodka, la colación... El arenque, los pepinos.

— Está bien, una copa por el alcaraván, — he consentido, pero sé por qué, por lo visto, quería dispersarse.

— Así hace mucho, — ha aprobado el ama. — los pepinillos están agudos, y crujen.

Ha preparado es instantáneo la mesa, ha puesto la colación y se ha sentado enfrente.

— Su salud, — y he volcado la copa.

— Si vives, toma de la vida todo lo que es posible, — con tal sentencia ha acompañado Zulfiyá mi primera copa. — el dzhiguit joven debe vivir fácilmente y alegremente, — continuaba vaticinar el ama.

— Cómo puede ser fácil y alegre, si la mujer está enferma, — no me he sostenido.

— El que está enfermo, que esté enfermo. No tienes cilpa, — ha movido la cabeza Zulfiyá.

— Esto ya no es el amor. El amor verdadero no es así.

— ¿Y quien sabe, que es el amor verdadero? — ha preguntado Zulfiyá sonriendo. — cantan así: “Si quieres pasear, pasea con la coetánea, no es peor querida que la querida tuya”, — ha tendido de una cancioneta alegre.

Sus ojos se han velado, era parecida al liebre, que espera el salvamento del águila.

Me parece que en mi lugar está completamente otra persona. Y Zhantás Békov como si no fuese desde el día de la creación de la tierra. Y todo esto solamente me había parecido: y el estudio despreocupado en Moscú, la caricia y la muerte de Ulbosín, y la refriega con Sherubay. ¿Que hace ahora mi adversario pasado? Por lo menos él ha irrumpido ahora mismo aquí y como en los buenos tiempos viejos, ha vertido la porción siguiente de veneno. No, era la única persona que podría recoger mi alma. Esto era a la abuela Kara Kempir. Entraría, corcovada y entornando los ojos enfermos, ha puesto en el sincipucio la palma dura y dijo:

— Querido mío...

Pero se ha ido hace mucho tiempo la abuela Kara Kempir...

“¿Sí que he criado la filosofía? — Me he preguntado y he decidido tomar una, dos, da igual”.

La segunda copa ha seguido la tercera. No sin razón el aguardiente mismo se expresa así: “Por lo menos por una copa indica el camino, y después iré”.

— ¿Puede, una tintura de la corteza de limón? Yo, a propósito, siempre la guardo, — se ha jactado Zulfiyá.

Y, a pesar de mis objeciones débiles, ha pasado a través de toda la habitación al bufé. Zulfiyá se mostraba, jugaba con las caderas pomposas. No sé — o de las copas tomadas, o así y era en realidad, en resumen, la figura me ha aparecido digna de atención. No muy esbelta, lo más quizás, yo estaba rechoncho con fuerza acoplada, en ella se sentía la fuerza atrayente femenina, que quizásmente, atraía a Zulfiyá a los hombres.

— Para mí es bastante, — he informado, corriendo la copa y la garrafa con el aguardiente infundido.

— Bebe, bebe. Tal dzhiguit... Tú debes alegrarte de la vida... ha pronunciado, habiendo pasado en "tú". Como si repetía mis pensamientos, con todo en sus palabras había algo con que no podía consentir.

— Hablaremos mejor sobre ti. ¿Dónde está tu marido?. ¿Trabajas? — he dicho desfiantemente.

— ¿Y bien, qué hay interesante en mí en comparación contigo? Una dependienta regular, y ya está, — ha objetado ella, coqueteando, y ha tratado de verterme las tinturas.

“¿Qué tiene esa mujer? — Me he preguntado, — En mi opinión, algo tan puerco. Siento y no puedo expresar exactamente. En todo caso, recuerda, Zhantás: el caballo bueno no bebe de la fuente sucia”, — y he corrido categóricamente la copa.

— ¿Es usted escultor bueno? — ha preguntado Zulfiyá inesperadamente.

— Es difícil juzgar, — me intimidé ante tal rectitud.

— ¿Que dicen otros?

— Diferentes cosas dicen... Que no soy malo.

— ¿Quieres que me desvista?

- Zulfiyá, no soy un libertino, sino un escultor, — dije sentencioso.

— Pero oí que miras a la mujer desnuda y haces la escultura, y después la ponen en el museo. Quiero también que me pongan al museo, — ha explicado ingenuamente.

— Zulfiyá, es algo completamente otro. Es lo que priva de la tranquilidad. Y cuando es difícil llevar ya en él, se coges por la arcilla.

Pero no ha comprendido nada.

— Y bien, no sabes como soy. Vas a ver aquí, — y ha estirado a los botones en el vestido.

No soporto a las mujeres desvergonzadas y por eso he saltado fuera, habiendo dejado caer la silla con el estrépito ensordecedor, he gritado de prisa:

— No es necesario, Zulfiyá, no vale la pena. ¡Y después tienes aquí a los niños!

— Ve. Ve a Ayauzhán tuya. Ponla en museo. – susurró ella con enfado.

Desde entonces Zulfiyá comenzó a vengar a menudo. En primer lugar ha prohibido a Erkezhán jugar con mi mujer. Y por las tardes cantaba las cancionetas de amor, burlándose de Ayauzhán.

Sin embargo Zulfiyá perturbó en mí algo desesperado.

Y me acordaba en primer lugar la invitación de la bella Umit.

Para justificar el interés que se ha regenerado en Umit, encontraría como las causas convenientes.

“Zhantás, — se dirigía Zhantás-segundo al doble, — todo se explica simplemente. Umit en cierto sentido es tu sueño lejano, que no se ha realizado. Y que a te ha tirado, no hay nada reprensible. La llamada de la juventud, por decirlo así. Y a usted con ella las relaciones especiales. Ha confesado que a ti era no indiferente. Ya ves, todo es simple. ¿Y si para tu conciencia de esto no basta, di que quieres mirar todavía a Umit, y acaso no es parecida a Kuralay? ¿Y ya que ella es realmente Kuralay, no piensas así?”

Y Zhantás el primero ha comenzado a inclinarse también a lo que en Umit hay algo de común con Kuralay.

Al fin, habiendo entendido con la conciencia, he dicho a Ayauzhán:

- Ayauzhán, mi Ulbosín hasta ahora está en Almat. ¿Si no me es hora de ir y tomarla a casa? Con ella, claro, no pasará nada, pero es más tranquilo sin embargo, si tu escultura esté en tu taller.

Y estaba agitado realmente por el destino de la escultura, así que usaba el pretexto completamente legal. Pero pedir a la mujer especialmente no hizo falta.

— Debías hace mucho hacerlo. No es posible ser tal irresponsable, Zhantás. Pero, gracias a Dios, te has dado cuenta ahora. Ve, no alargues, - continuaba. — por mí cuidará Altinay. Ella desde el día de ayer está de vacaciones, y tiene mucho tiempo. No se preocupes, Altinay hará todo lo necesario.

M he echado a correr a la estación a toda prisa. Ya solamente el pensamiento que por lo menos para dos días consigue descansar de los frascos, las medicinas y otras preocupaciones, me llevaba sobre las alas.

Pero en el coche la conciencia ha empezado a terquear algo, empezaba a raspar con las uñas mi corazón. Como podía, empezaba a tranquilizarla “es una pura traición, — ha comenzado a refunfuñar ella. No hay nada más vil que traicionar a la persona enferma. Está por la capa y te cree y sobrevive todavía. ¿Te miraría aquí Asygat, cuya mujer ha caído enferma o has olvidado esta historia?”

“Y, de lo mismo contaba Sherubay. ¿Pero Qué tiene que ver conmigo? Todavía no he traicionado a nadie. Nunca, — he objetado firme. — y quiero también a mi mujer, lo sabes. Puede, no como Asygat, pero la quiero”.

“¿Resulta que se puede querer a la mujer y no resistir las tentaciones? ¿Así debo comprenderlo? ¿Resulta que Zulfiyá tiene razón?”

“¿Por qué ingalas a Zulfiyá? Esa mujer mala...”

“Correcto, — ha aprobado la conciencia. — la persona seria se distingue por la constancia. Sus pensamientos son como como la nieve de la cima”.

“Los kazajos dicen; — ha interrumpido, — los kazajos dicen:“ No se respeta el lago sin pez, la tierra sin hierbas, la chica, que no tiene honor, y el dzhiguit, que no tiene fuerza de voluntad ”... Aquí, por ejemplo, Asygat...”

“¿Sí que te has atado con Asygat? ¿De veras piensas que voy a traicionar a Ayauzhán?”

“¿Pero qué te lleva entonces a Almat? ¿Puede que hayas olvidado algo allí?”

“Voy a tomar la escultura y traer a casa”.

“La verdad es que no hay que correr. Al trabajo acabado siempre perdías el interés”.

“Pero no a este. No a la imagen de Ulbosín”.

“Sí, ella para ti es un camino especial, este trabajo. Con todo sabes que en un mes nada cambiará y nada le pasará... ¿Así que te tira sin embargo a Almat?”

— Umit, para mí esto es tan importante...

— Has llegado en vano, Zhantás, — dijo Umit y ha apretado los labios.

Para mí esto resultó por la sorpresa. ¿Puede Umit ha movido el juego secreto?

— ¿Pero por qué, Umit? Antes me posabas. La verdad es que esto era hace mucho. ¿Pero que se ha cambiado desde entonces? Nosotros los Umit anteriores y Zhantás.

— Se ha cambiado todo. Y nosotros en primer lugar. De veras no notas esto. ¿Cómo nos hacíamos otros? — Se ha asombrado de Umit. — Entonces éramos los niños. Y los niños no tienen vergüenza la desnudez. Ahora mí la mujer. ¿Y si es fácil a la mujer encontrarse como vino al mundo ante el hombre ajeno? ¿Exactamente Eva en el paraíso? Además, aquella no sabía simplemente que tal la ropa, y por eso a ella es perdonable. ¿La mujer primitiva que de ella tomarás? — Ha acabado Umit con la sonrisa; la sonrisa semejante aparece habitualmente sobre los labios a las mujeres bien educadas, que se han atrevido contar la anécdota delicada en la compañía.

— ¡Umit! ¿Eres tú? ¡— he exclamado sorprendido! ¡Ahora tú juzgas, como tu ex marido!

— Entonces había otro tiempo, otra Umit, otro Zhantás, — repitió obstinadamente.

— ¡Umit, soy un escultor! ¿De veras repetirme aquellas verdades que sabía aquella Umit joven?

Umit se ha callado. Las líneas de su cara se hacían más bruscamente, reflejando la decisión inflexible no someterse a la lógica.

Pero me he atrevido probar, de mí ha golpeado el flujo de elocuencia. Tal vez, Umit persistente se encontraba a la primera persona, que era tan franco es dedicado en mis ideas a propósito de Kuralay. Ayauzhán y aquella sabía solamente algo y a grandes rasgos. Pero encender Umit por la idea a mí no consiguió. El corazón de Umit restaba indiferente hacia aquellas visiones poéticas, que dibujaba ante su mirada tranquila y cortés.

Entonces he comenzado a hablar confusamente sobre lo que tal en realidad la vergüenza femenina, y sobre otras perogrulladas.

— ¿Piensas, la esposa de Rembrandt no tenía vergüenza? Ah, como enrojecía. Pero su marido escribía a Danaya, le posaba sin vacilar. De ese modo se hacía por la copartícipe del gran arte. ¿Ella el coautor de Rembrandt, comprendes? — Me acaloraba, es rápido gesticulando.

— A ella era más fácil, la mujer occidental, — respondía Umit y luego repetía: — la Mujer, que no ha sabido conservar la vergüenza ante otra, pierde el respeto y a él.

— Dilo a otra kazaja, y yo hace mucho consolé el ardor. Antes de desnudarse ante el ojo extraño, la mujer kazaja debe pasar el círculo mágico perfilado por las costumbres orientales antiguas. ¡Pero Umit!. ¡Umit, hace mucho que se ha escapado por sus límites!.

La figurina de Umit era cubierta ajustadamente por el vestido viejecito de que se ha desteñido, una vez el satén azul. Se ha acostumbrado tanto al cuerpo del ama que ahora repetía exactamente su relieve.

En resumen, ante mí esta vez estaba Umit de aquel tiempo lejano, cuando escondíamos la vista uno de otro, comenzando la sesión.

— Quizás, todo esto es tonto, dijo bajando. - Por alguna razón ahora me da vergüenza desnudarme. De otro modo diría: “Haz lo que quieres conmigo. Dibuja, quema. Eres mi señor, tú posees mi vergüenza”. Pero no podré decirlo.

Todo salía en cierto modo ridículo. He musitado algo sobre Adán y Eva, y es ridículo avergonzarse en el vigésimo siglo del pintor.

— Así sea... ¿Si tú no podrás sin mi ayuda, — ha consentido inesperadamente Umit, mirando abajo.¿-cuando quieres comenzar? ¿ Hoy mismo?

— No hay que correr, — me he irritado, sin creer en el éxito. — escogerás el tiempo para las vacaciones y llega a mí en Mystau. Te pararás en nuestra casa o en el hotel. En resumen, donde será agradable. ¿De acuerdo?

— De acuerdo, — dijo dócilmente Umit.

— ¡Umit!

— ¿Sí?

— Y además, no vale la pena aplazar, — he dicho - ¿Para qué tenemos que perder el precioso tiempo? Comprendes, tengo que ocuparme ahora mismo de esta escultura y entregarme por completo al trabajo. ¿Qué piensas, Umit? ¿Podríamos ya hoy hacer algunos esbozos?

— Por qué no, — dijo Umit y, al tomar de la silla la bata, ha salido de la habitación.

He trepado en la cartera, canturreando, alegrándome, sólo el dios sabe que victoria he ganado, y ha sacado el álbum y los lápices. Y aquí mis movimientos se han disminuido por alguna razón, fueron inseguro, y me he preguntado:

“¿Zhantás, y en general imaginas precisamente que ella es Kuralay? ¿Gayni te ha decepcionado, pero estás seguro que Umit es lo que necesitas? ¿Si no apresuras, el amigo, el acontecimiento? ¿Puede, todavía sin cumplidos no eres preparado para este trabajo?”

He puesto el álbum y el lápiz ante él en la mesa y, cuando se había vuelto Umit, he propuesto:

— ¿¡Y bien, al diablo el trabajo, hace un díatan maravilloso! Bajamos al cine o vagaremos por el parque. Tenéis aquí un parque bueno. ¿Qué piensas, Umit? En mi opinión, hay que hacer así.

— ¿Y qué piensas tú? — Ha preguntado Umit, agarrando la bata en el pecho.

—Hablando sinceramente, me he embrollado algo. Y claramente no sé qué hacer.

— Sabes mejor, — ha pronunciado Umit habiendo puesto de buen talento.

Ha abierto el armario y, habiendo escogido el vestido conveniente, se ha alejado de nuevo de la habitación. Me sentí mejor, como si hubiera hecho a tientas la elección importante. Aí es quizás la pueba en el cruce de los caminos.

Umit ha entrado volando brillante, como una mariposa. Me he levantado y recogí la cartera.

— Deja. No lleves tanto peso, — dijo Umit.

— Gracias, es ligero, casi vacío.

“Altinay vencerá de alguna manera. Mañana volveré y comprobaré seguramente. En primer lugar, cuando volveré”, — he dicho, convenciéndome.

— Por qué él no llega a mí hasta ahora, Zhantás, y bien, mírame: ¿acaso no soy digna de que él me haya encontrado? Mis cabellos son más negros que la noche...

— Ahora éls son rojos, los has pintado por la alheña. ¿Dime, para qué? Como se puede reconocerlo, si no coinciden las señas, — he notado, es sin tacto, quizásmente, pero lo ha dejado pasar delante de las orejas.

- Zhantás, veías una vez: mi cuerpo luce, como el del cisne. Y todo esto le daría con el arrebatamiento... Ves aquí, essoy borracha en verdad, — y Umit se ha echado a reír por la bebida espiritosa.

“Directamente del camino me echaré a correr a casa y comprobaré, cómo está allí mi Ayauzhán, — he dicho a mí mismo. - Directamente del tren. Llevaré solamente a Ulbosín en los talleres... ¿Yqué si no encontraté a Ayauzhán?.¿Adonde puede irse de ella? ¡A ninguna parte! No se meterá... De Altinay todo es posible de esperar. Ella es tan bruja, si le viene a la cabeza... Y Ayauzhán entablaba tal conversación...”

Era desconcertado poco por tal vuelta, pero después ha manoteado mentalmente: y bien, y el dios con ellos. A mí es más fácil solamente.

Pero en mi alma se ha levantado ya una pequeña bulla. Me costaba presentar el lecho Ayauzhán sin ella, como mi estómago ha volado hacia arriba. ¡Tal una vez me ha pasado, cuando volaba en avión de Moscú y el avión ha caído en aéreo! El hoyo. En resumen, la vida lavando me ha aparecido ahora devastado. Como si de ella todos han llevado.

¿-Umit, cómo piensas?

Y en la agitación he contado a Umit la historia de las relaciones con Ayauzhán. En aquella parte del relato, donde nuestro cortejo inolvidable llevaba Ayauzhán a mí al apartamento, Umit me ha interrumpido, habiendo exclamado:

—¡Resultas una persona admirable! No sospechaba. ¡Ayauzhán es tan feliz! ¡Qué s la salud si le pertenece una persona así!

- Espera, Umit. No es todo todavía, — objetéyo con el enojo y he contado de las dudas actuales.

Umit ha arrugado la frente, llamando en ayuda todas las posibilidades pensadoras.

— No sé que decirte. A la mujer todo puede pasar. Has engendrado la incertidumbre del corazón de Ayauzhán. Cerca de ti le es más difícil, quizás — ha declarado Umit después de reflexiones intensas.

Hemos encargado aún más porciones de helado. Tratando tranquilizarme, he probado de hablar de todo, y Umit ayudaba concienzudamente, pero la conversación nos salía poco natural. Nosotros hemos vagado callando por las avenidas del parque y simplemente por las calles de la ciudad, y los dos estábamos contentos, cuando anocheció y la ciudad se ha despoblado poco a poco.

— No te invito a pernoctar, porque para ti es la vergüenza tanto como para mí, — ha informado Umit, cuando nos hemos acercado a su casa. — comprendo que entre nosotros no había nada malo. Pero así somos más puros ante Ayauzhán.

— Sí, Umit, es bueno que nos despidamos así. Nos despedimos perfectamente, — he respondido completamente sincero.

- Pero nos despedimos para algún tiempo. ¿Has olvidado de Kuralay? — Se ha asombrado Umit.

— Nos despedimos para siempre, Umit, Y en cuanto a Kuralay... Parece, no he comprendido Kuralay hasta el fin. ¡Aquí es la verdad!

— Y bien, si es así... Que vuestro amor con Ayauzhán luzca eternamente, como la estrella de la mañana, como la Venus, — ha deseado Umit como una mujer verdadera oriental.

— Si... he dicho al suspirar.

— Aquí es una lección a los hombres... Está bien, oensaré mucho en ti, — se ha echado a reír sin ganas Umit.

— Yo de ti. Y que al que esperas te encuentre. ¡Lo más rápido posible!

Habiendo medido los pies la distancia entre los hoteles rellenados, he dormido en la Casa del koljosiano, si era posible llamar el sueño el estado, cuando te revuelves en la cama, es impaciente llevando la noche. Y se tira, se tira, y la mañana, parece, y no comenzará nunca, y ti tratar de acomodarte, cambiando los lados que se cansan rápidamente, y prestas oído sin ganas en el ronquidode varias voce . La gente, desconocidas a ti, es sosegado roncan, cada uno lleva concienzudamente la partida en esta orquesta casual.

En mi cabeza, agotada por el insomnio, surgían cuadros de las desgracias que se han derrumbado sobre Ayauzhán. Ansiaba la mañana, como el salvamento, pero la noche que se ha apretado me torturaba con el esmero del sadista. Ante el amanecer me consiguió derrumbarme con todo en el desvanecimiento corto. Sino también en el duermevela veía al cartero con bigotes. Él ha traído el telegrama, en que era escrito: “Estoy ya en Vladivostok, Ayauzhán”.

Extenuado completamente lo que se ha enfurecido por las imaginaciones, por la mañana comí apresuradamente los bocadillos de ayer del bufé local y me heché a correr en la dirección de la Unión. En el patio tranquilamente, felinamente rugía "el Volga" viejecito, el chófer mediodurmiente, golpeaba con los pies los balones. Él, por lo visto, se maldecía ya por lo que ayer se encontraba acomodadizo y, habiéndome lamentado, ha consentido un tal vuelo temprano.

— Buenos días, — he pronunciado con una voz dulcísima.

En la respuesta él ha rezongado algo y, mostrando todo el tipo la protesta callada, ha ayudado echar al asiento trasero mi Ulbosín de mármol. Después de esto hemos sacado rodando por la ciudad y hemos empolvado por la carretera desierta.

— Está claro, — ha mascullado el chófer.

— Por la calle... Directamente, por favor, — le he pedido, al darme cuenta de que a un interlocutor más de poca valía a mí no encontrar.

El chófer ha saludado y ha tocado el coche del lugar.

“Y bien, aquí ha comenzado en mi vida algo nuevo, grande”, — he pensado, beatamente echando atrás al respaldo del asiento.

El día pasado me abrió la realidad de Ayauzhán. Resulta, estoy listo a sufrir cualesquiera de tormentos, sólo para que al lado hubiera Ayauzhán.

Resulta que el alma que no ha conocido los tormentos, no en las fuerzas estimar en gran medida la felicidad presente. Solamente el sufrimiento me ha ayudado a comprender nuestro mutuo, lo que significa en mi vida Ayauzhán. «Zhantás, el amor son las perlas, detrás de ella se tiran también en la vorágine”, dijo Zhantás el primero al Zhantás el segundo como ejemplo. Dijo segundo. Es se saben todo "." Justo, — dijo primero, esto sabe cada uno, pero se excluye de las reglas. Según su opinión, se refiere a otros ”.

— Escucha, — dijo el chófer, — íbamos directamente, como has dicho, pero delante ya está la estepa. ¿Qué haremos después?

— Tuerce a la derecha, — he pedido.

— Escucha, — dijo el chófer un poco después, — hemos recorrido ya toda la ciudad. Y de cabo a cabo. Así no se puede, camarado Békov. Diga mejor, donde necesita ir, y yo encontraré.

Miré alrededor y me dí cuenta de que nos encontramos en dos pasos de la casa de Sherubay.

— Por favor, a la izquierda. Ahora a aquella entrada, Aquí, gracias.

He salido del Coche, he sacado a Ulbosín de mármol, en la arpillera, y la ha llevado en la entrada. El chófer intrigado me ha seguido y se ha parado en la plazoleta inferior.

— Pulse el telefonazo. Mis manos están ocupadas, — pedí al chófer.

Pulsó el botón por el dedo oscuro del aceite y me ha mirado con pregunta.

— Basta, — he dicho, y el chófer ha bajado el dedo. La puerta fue abierta por la mujer en el pañuelo y el delantal. Era la sirvienta de Sherubay.

- ¿ Está Shereké en casa?

— Se ha ido, — es preciso, ha dado parte en militar respondió la mujer.

— Entonces pásenle un regalo, — he dicho y he tenido la intención de incluir la escultura en el apartamento. Pero estaba lejos de eso. La sirvienta se hacía sobre mi vía.

— No es posible. Llegará aquí el amo... Quien sabe que a usted, — era declarada por la mujer.

La sirvienta ha dirigido la mirada a mi conductor, después me ha mirado de nuevo, exactamente igualándonos. Y mi conductor no ha sostenido la comprobación, él le ha aparecido más sospechoso, que.

— Está bien, ponga en la antecámara, — dijo, al mirar al chófer con desconfianza - ¿qué debo decir al dueño? — ha preguntado, cuando he convenido cuidadosamente la escultura en la butaca vieja llevada en la antecámara, y se ha despedido callando de Ulbosín.

— Diga que la han traído como en regalo... Él comprenderá el resto.

Cuando hemos salido a la calle, he tendido la palma al chófer.

— Gracias a usted por todo. Ahora salgan a casa, Y llegaré a pie. Está cerca.

— ¿No se puede, — ha objetado el chófer, asignando mi mano y me invitó al coche.

— Como puede ver, ningunos acontecimientos. Simplemente la persona ha vuelto a casa, — he dicho, saliendo del coche cerca de la entrada.

— Pero me he persuadido, — ha rezongado el chófer descontento. Su cara somnolienta se ha derramado inesperadamente en una bondadosa sonrisa.

El deseo de ver lo más rápidamente posible a Ayauzhán me ha alzado por la escalera. Sí y ahora parecía a él imponderable porque los tormentos han acabado. La elección fue hecha, y se me hacía fácil. Y hasta que de juguetes había el peso mis pasiones anteriores. Cambiaban uno otro. El alma ardiente importunaba rápidamente una sombra, se iba en otra, es ilusivo que parece más frío. Después hacia él atraía tercero... Sería condenado Zhantás a correr en redondo, como un caballo de circo.

Habiendo vuelto, he dejado ir a casa Altinay, no se ha recobrado hasta ahora, y se ha ido conmovida. Y nos hemos quedado a solas con Ayauzhán, y he empezado a ajetrear de nuevo alrededor de la mujes, es evidente, se ha cambiado, ha aceptado un nuevo sentido — de la enfermera a Ayauzhán me he convertido en su defensor.

Al comprender que desde hoy puede sentirse protegida por mí, Ayauzhán se ha reconocido pequeña e impotente y me regalaba las miradas de agradecimiento, cuando daba algo o por lo menos batía simplemente la almohada. Y a mí me parecía que me habían fortalecido mis manos y el torso. Y en el pecho borbotaban las reservas inagotables de la energía. Quería moverme, funcionar para la mujer querida.

— ¡Te salvaré! — aseguraba a la mujer es caliente, y en este momento creía en mis fuerzas, con la esperanza me sonreía...

— El administrador de la sanidad pública Daribasov escucha, — ha cantado Abilkás, gozando cada palabra pronunciada.

Abilkás y ha recibido realmente el crecimiento de puesto. ¡Pero qué está diciendo al auricular!

— Es usted, — era tendida por Abilkás decepcionantemente; por lo visto, él contaba en el telefonazo a una persona más importante.

Sin embargo tiene talento en esta materia. Sobre mis ojos él ha hecho la vía vertiginosa del adulador hábil hasta soberbio los burócratas, es virtuoso reencarnando sobre cada escalón.

Abilkás ha dado la disposición a propósito de unos colchones y ha puesto el tubo.

— Sin mí no pueden decidir hasta tal futesa. Aquel uno dicta, otro, — ha informado él.

Él trabajaba el grado, sin compadecer el sudor. Sus colegas afirman que no le renunciarás la laboriosidad y las capacidades. Daba con tal de que él es a la gente sin agitación, sin apartar próximo por los codos, y la gente rendirían homenaje a Abilkásu. Aquí que quería poner ante él, y aquel tiempo, cuando lo haré, no por las paradas.

— ¿Cómo Bazargul? — He preguntado, calculando, como si comenzar a más importante.

¿-Bazargul?. A Bazargul todo está en orden.

Por la cara de Abilkása de nuevo desñizó una nube de confusiones. Él se ha ladeado a mí con la sospecha. Me he dado cuenta instantáneamente que entre él y mi hermana había sucedido algo y lo quería esconder de mí. En otro tiempo no soportaría y ha metido la nariz en sus secretos familiares, pero ahora a mí no está para esto.

— Felicito con la nueva designación, — he dicho, observando cortesía oriental.

— Quien sabe adonde seremos puestos por la gente... ha proferido Abilkás, infructuosamente tratando bajar los ojos.

Se ha portado como un tímido, han ido a su pueblo a barrer la calle. ¡Pero diablo con él! Ahora, en todo caso.

— ¿En cuanto a esto te has atildado? — No me sostuve, arriesgando estropear la visita.

-¡Para mí hoy en general es un día grande, — ha declarado Abilkás, sin dificultad habiendo tragado mi horquilla, y cuidado! tratando no arrugar la chaqueta, se ha sentado en la butaca sólida.

— ¿La operación acertada? ¿El caso excepcional? — He preguntado

— Salvar a la gente es nuestra obligación cotidiana, — dijo él aleccionando. — tengo alegría personal. ¡Se casa mi hermano!

No se puede decir nada, es realmente una fiesta y, quizásmente, Abilkás es no sentado por el alma, si se alegra al matrimonio del hermano.

— Soy contento por ti y especialmente por tu hermano, — he dicho con toda sinceridad.

— Gracias... ¿Que estás? Se siente como en casa. Se sienta... Aquí, por lo menos aquí, — y él por la inclinación de cabeza ha indicado a la silla que estaba de servicio de las maneras ante el escritorio.

Me he sentado a la silla y se ha encontrado como si en el papel de su subordinado o el solicitante extraño.

— Comprendes, mi hermanito no llevaba mucho tiempo. Ha acabado hace mucho tiempo el instituto. Tiene la enseñanza superior y la novia conveniente no hay. Es un soltero. Busca, busca, y la novia no hay, comprendes? — ha preguntado Abilkás, tocando los dedos la mesa de la excitación.

— Comprendo. ¿Pero ahora todo se ha formado? Por lo visto, la mujer es conveniente, si él es tan caprichoso y buscaba tanto tiempo. ¿Quizásmente, es muy bella?

- No sé esto. No la he visto. ¿Pero que esto tiene la importancia? La curva, oblicuo. Principal, la mujer conveniente. La mujer más necesaria. ¿Lo que es necesario para la persona, - ha explicado Abilkás y ha levantado palets. ¿Su mujer es una hija de un rico, comprendes?

- ¿La hija? – pregunté torpe.

- ¡La hija del ministro! - ha proclamado Abilkás. - Y las bellas deja a los poetas, - ha acabado él contento de la broma.

- ¿Significa que ha cogido al camello? ¿Ahora el pedazo del suegro caerá ti? - He musitado, sin haber llegado a tiempo, como debe enfadarse de la sorpresa.

- El pedazo, no el pedazo, y en Mystau a mí, confesar, apretadamente, aquí me enseñaré un poco con los nuevos asuntos y me arrollaré en Almat. Hablaré... ha informado él simplemente.

- ¿Cómo has metido la pata con el matrimonio? En mi opinión con mi hermana ti, diremos directamente, ha abaratado. Ha errado el golpe, - he puesto una anderilla con la llamada.

Pero él ha suspirado solamente y dijo:

- Bueno, no cada ministro tiene una hija. Y no cada hija ministerial es libre. Así que tales novias en cada uno no se aprovisionarás. Y en cuanto a Bazargul - esto es otra cosa, la esfera de los sentimientos... Además, y para Bazargul saldré el título del pintor público. La mujer - el pintor público. ¿Confesar, suena tampoco mal, y?

- Quiero Bazargyl. Ella la mujer buena y, además de todo, el pintor no malo teatral. Pero hasta público a ella es lejano todavía. No hay a ella tal talento, Abilkás. Y perfectamente lo sabes.

— ¡Aquí de nada saldrá, Abilkás! - he declarado, tratando de burlarme de él.

- Sabrás, y la nieve se encenderá, - ha objetado él es imperturbable. - no se obstinaba con tal de que Bazargul mismo. Explica, te escuchará.

¡Ah, aquí ello que! Y bien, Bazargul, el bravo. ¡Bravo, hermana! Un buen corazón, honesto, comprendes que el honor es más barato que la moneda falsa. ¡Y este canalla trata de rehacer a mi hermana a su imagen y semejanza! ¡Y bien, y el ganado él!"

Abilkás era no el tonto, y él ha adivinado mis pensamientos.

- Crees, quizás, que la persona sucia, el animal, no capaz de estimar las alegrías verdaderas de la vida. ¿El coche racional, el arribista y todo eso? - Dijo él, sonriendo con aire de burla. - eres libre pensar, cualquier cosa. ¡Rueda en la salud! Por desgracia, no en las fuerzas prohibirte. Pero lo que soy no primitivo, expresarlo nadie impedirá. A cada uno la filosofía cotidiana. Y con soy no solitario... Habláis: ¡"el amor"! Y para mí consiste en el apoyo mutuo. El marido y la mujer ponen uno a otro los hombros... Y, al fin y al cabo, Bazargul me ayudará atravesar al objetivo pensado. ¡Como así, Zhantás querido!

Le he creído: Abilkás pasará lejos, sin desdeñar los medios, y a mí por nada ayudar a la hermanita, si no casca Abilkása querido.

"Todo es estropeado, no vale la pena desgarrar ya ni en que no las orejas culpables por cada tontería cínica. Bastante de mí. No quiero construir nuestra felicidad por las manos sucias de Abilkása", - he declarado a él categóricamente.

- Bueno, Abilkás. Cuando la persona va hacia la meta, le desean el éxito. Parece, es tan aceptado a la gente., a la pena, no puedo hacer esto. No permitirá la conciencia.

- ¿Es tan rectilíneo para que? - Se ha sonreído oblicuamente

Abilkás de la butaca profunda, como de la madriguera. - nosotros no ajeno - la gente íntimas.

- Soy tal es. Malo o bueno, todo afuera. ¿Basargul, a propósito, en casa?

Él ha callado y ha rezongado de mala gana:

— Está.

¡Como así, la hermanita en el cuarto contiguo! Y pensaba, se ha ido, de otro modo por qué no aparecerle, habiendo oído la voz del hermanito querido. Y, sin embargo, ha preferido quedarse detrás de la pared, aunque los hermanitos la voz rodaba por su apartamento, como el trueno. Y mi aparición no era a aquel la causa para estar en la habitación, sin sacar la nariz. Me quería como antes, no dudaba de esto y podía dar la cabeza a la amputación que esto así. Sale... Además, no es difícil comprobar...

He entrado en la habitación Bazargul.

¿Se puede? ¿No ha impedido casualmente?

— ¡Koke! — ha exclamado, y su persona se ha iluminado por la ternura.

No me he equivocado — la alegría sincera de la hermana servía a la prueba más auténtica. Sí paternal a ella cambiar los sentimientos al único hermano, aunque, como ahora adivino, él ni mucho menos el mejor regalo.

— No oía, cuando has llegado, koke, — mentió Bazargul y se ha enrojecido en seguida, ha bajado los ojos.

¿Esa alma pura no sabe mentir? Me he echado a reír sin ganas, y ha comprendido que su engaño ingenuo es revelado.

— He trabajado aquí completamente. Pronto el estreno, — ha pronunciado ella, temiendo levantar los ojos, y se ha enrojecido todavía mucho más.

Por la otomana y por el suelo eran exactamente expuestos los bosquejos considerable con todo insuficientemente argumentos de peso. Podían, claro, ocupar por la regleta de blanco del ojo y la razón de la persona, pero sólo no sus orejas.

— ¡Koke, qué bien es que hayas llegado! Y y bien, ayuda a la hermana incapaz por el consejo. Al fin y al cabo ti a nosotros ahora el nominado algo parecido a. Y a mí de nada se encola, por la cuenta cabal, — dijo Bazargul. ¡— Ah, no puedo hacer nada con esos kipchaks!

Sobre las hojas del papel de vatman eran echadas las variantes de las decoraciones y los trajes para el espectáculo "Koblandy-batyr" futuro. El autor todavía se atormentaba pánicamente en busca de la decisión más justa.

— Y quieres cargar la escena de kipchaks por la vida cotidiana. Eres lista a sacar al espectáculo el museo de etnografía territorial entero. Es una escena, y no el banco de las antigüedades. Aquí se embrollarás a la fuerza en este caos, no sutilmente que tus héroes se han ahogado en la masa de las cosas, — he dicho, habiendo visto los bosquejos.

— Ver, esto me va muy ancho, precisamente de eso se trata, — ha sonreído flojamente Bazargul.

— ¡Y bien-y bien, no te desanimes! Fallarás de otro modo a los compañeros., ¡quizásmente, hace mucho ensayan, y será gastado cuanto el tiempo y las esperanzas! ¿Si ensayar fácilmente después del trabajo?

— Koke, tienes razón, — ha suspirado Bazargul. — no tengo el derecho de fallarles.

— ¡Aquí y perfectamente! Ha parecido oír. Al fin el habla del pintor presente.

Quería de broma añadir "público", pero a tiempo se ha mordido la lengua ligera.

— De nosotros han charlado aquí con Abilkás. A propósito, hablaban sobre ti, — he notado como si casualmente, y ha mirado es fijo la hermana.

Esto era mi globo sonda. Pero Bazargul ha manifestado inesperadamente la firmeza, impropia de ella.

— Somos nosotros todavía con Abilkás el marido y la mujer, — responda evasivamente.

Detrás de esto se ocultaba la proposición de no meterse en sus asuntos familiares. Basargul tenía intención de desanudar el pelotón con sus propias fuerzas.

— ¿Ha llegado ayer? Por la mañana era y quería pasar por la tarde, pero... ¿Cómo es la disposición de Ayauzhán? — Ha preguntado.

— Se tiene con todas las fuerzas. Pero a veces a ella bajan las manos. ¡Basargul, debo ayudarla! ¡Seguramente! ¡Ya que hay en la tierra tal medio, que debe ayudar Ayauzhán! ¿Basargul, cómo piensas? ¡No Puede ser, que no sea! ¡No puede ser!

— ¡Debe ser! — ha confirmado Bazargul.

— ¿Todavía aquí? — Ha parecido oír la voz de Abilkása.

Estábamos por la espalda a las puertas y ahora no sabían, si hace mucho había Abilkás, ahora mismo o salía aquí hace mucho y oía cada nuestra palabra.

— Gracias a Dios que no te has ido, — continuaba Abilkás, — ti ha venido a tratar un asunto, quizás, puede, pedir algo. Y hemos hablado de más aquí, y has olvidado. He pensado sólo ahora en esto y se ha dado cuenta, como ves.

— Gracias, Abilkás, pero he pasado simplemente así. Pienso, cómo viven despreocupadamente, mis parientes queridos, — he dicho es firme.

— ¿Qué tal está nuestro Ayauzhán hermoso? — No se calmaba Abilkás.

— Gracias, nada a él. Se ríe, canta.

-Zhantás y ha llegado solamente a visitar realmente, — dijo es frío Bazargul.

Abilkás ha masticado propios labios y dijo, habiendo saludado en mi parte:

— Jacques no está para ahora las máscaras. El hospital se ha quedado sin escultor. Te cogerías por este asunto, Bazargul. ¿Y es honorable, y es monetario, y?

Él, por lo visto, quería descargar la atmósfera pesada y bromeaba, bromeaba, como nunca, desgraciadamente. Por cuanto recuerdo, esto era su broma pesada. Y Bazargul no ha condescendida hasta la respuesta.

“¿Aquí que, resulta, Bazargul?! — He pensado con la sorpresa. — di alguien, y nada no he creído que a mi hermana el fuerte carácter. ¡Ay sí Bazargul!

Resulta que ella no tal mujer, que se puede fácilmente poner a la traílla. ¿Y en quien ella por el carácter? ¿En la abuela Kara Kempir, en la mamá, en el padre?”

Pero recordaba a los padres es vago y por eso ha puesto a cuenta las propiedades que se han abierto de nuevo de la hermana de la abuela Kara Kempir. Y ha puesto a cuenta todavía esto del vigésimo siglo. Él ha roto mucho las tradiciones ridículas. Hablan no en vano los kazajos: “no verás todo que te es dado, en la tumba no entrarás”, — he decidido en conclusión y ha comenzado a despedirse.

— ¿Puede, por el tazón del té? — Ha propuesto Abilkás adulando. — extenderemos nuevo dastarján. Una respetada persona a mí ha traído de Almat nuevo dastarján. Oye, la mujer, muestra nuevo dastarján a hermanito querido.

— Gracias, tengo prisa.

— Koke es no tiene tiempo, — dijo Bazargul. — Él tiene prisa a casa.

Pero Abilkás continuaba es menudo ajetrearse, acompañándome hasta el umbral. Sus espantapájaros mi independencia, lo que ni sobre que no pido y no doy, por consiguiente, el significado de su protección.

La visita desgraciada no ha enfriado mi decisión. Si a mí han invitado a llevar en cambio en la salud de la mujer de Mystau así, como él es, por la línea del horizonte, sin pensar, he arremangado las mangas.

Para el espectador extraño no sería mas diversión. Con todo mí, habiendo dominado el amor propio infernal, ha escupido en la palma, se asdría la esquina del edificio extremo y gemía con esfuerzo hasta el fin de la vida. Pero ya que tales proposiciones no obraba, caminaba lentamente por la calle y trabajaba con furia los cerebros, encontrando las nuevas variantes. Habiendo mezclado la información que hay que consiste de los trozos de los acontecimientos, las sílabas aisladas y las cifras simplemente separadas, mi conciencia ha encendido en el tanteador la única palabra: "She-ru-bay".

“Y bien, cjarp, solo él, el gran Sherubay, — he pensado, habiendo encendido, e inmediatamente como si ha vertido agua por el agua fría. ¿— pero si me ha perdonado él?. Que es aún peor: ¿si se de cuenta él de que he metido la escultura en calidad del soborno, si al otro día se meteré con la petición? ¿Prueba explica aquí, acaso él creerá? No puedes hacer nada, a Sherubayu a mí mientras es encargada la vía”.

Solamente he acabado este corto monólogo, como, es fácil sobre la misa, había Sherubay, ha arrancado, como si el diablo detras de la esquina.

—, ¡Zhantás! — ha exclamado él, atajando el camino. — soy conmovido su regalo, pero se lo debe devolver. Como no es una pena, pero no tengo el derecho de tenerlo., me veo, la persona contenciosa, y usted olviden que oían entonces. Simplemente de la pena no sabía que hacía.

— ¡En ningún caso! — me he alarmado. — queríais de verdad Ulbosín, y su derecho a la memoria de Ulbosín es mucho más alto de mi. Es una pena que así lo he comprendido tarde. Si usted sabían, cómo a mí es torpe ante usted por pasado.

— Gracias usted, Zhantás, — dijo él agitado. ¡— Gracias! Pero no tengo, realmente, el derecho de privarle de propia creación. Para mí es la imagen de Ulbosín, y para usted el fruto de las búsquedas y el trabajo largo. Ud la persona del arte, es su trabajo. No, no, no discutan. Y así le soy muy reconocido a un buen sentimiento y no quiero abusar su relación, Zhantás.

Shereké, tendré una copia del yeso. Y esto me basta. Y en cuanto al mármol, Ulbosín a usted será más firmemente. A ella será bueno a usted, como si vivo. ¡Y si a esto ha ido, no para vertemos del bronce, o cortamos de la piedra, la palabra de honor!

— Y bien, si en verdad tenéis todavía una copia de yeso, — ha proferido Sherubay, todavía sin atrever esperar.

— Mismo una de las etapas del trabajo, Shereké. ¿Shereké, cómo no sabéis esto? Cada escultor, habiendo acabado el trabajo de la arcilla, al principio la vierte en el yeso y solamente traduce después en la piedra o el metal.

— No sabía esto, realmente. En tiempos pasados a mí, Zhantás, interesarse por tales finezas, todo del robot y el trabajo, — dijo Sherubay y se ha echado a reír felizmente. Él me ha tomado bajo la mano, y hemos ido, sin tener prisa exactamente los amigos viejos. A esto le he contado es franco sobre todo. No, esto no era aquella petición de la ayuda, de que quería salir a él originariamente. Dijo al compañero viejo sobre la decisión dividir el destino de Ayauzhán.

— Os encontrabais a la persona del valor, Zhantás. Como el médico con usted seré franco: su mujer tiene basta posibilidades de levantarse de la cama. Nuestros procedimientos son más rápidos pasaban a la tentativa de inculcar a la enferma unas esperanzas, - dijo Sherubay, moviendo la cabeza.

— ¡Habéis dicho casi! — he gritado, lo ha apretado pyKv habiendo cogido en slove.-significa; ¿hay unas posibilidades? ¿- es necesario tratar exactamente sin embargo? ¿Es necesario?!

Nos hemos parado, atrayendo la atención no las cosechas de h por el exceso del ritmo de las transeúntes.

— Justo, Zhantás, es necesario tratar, hasta por falta de la fe en el éxito. La persona contenciosa y soy vengativo, quizás. ¿A mí la profesión especial, comprendéis, Zhantás? Salvar a la gente. Y como el médico mí ha hecho todo, en que era capaz, —dijo Sherubay suavemente.

— Perdonen, — he mascullado stydyas.-Ya era lejano para de ofenderle. En algún sitio es interior le creía

— No éramos tal pensamiento, — ha sonreído sin ganas Sherubay, — quería solamente que sepa, que le espera el destino. Por la palabra se han dado cuenta, en que se condenáis.

Confesar, después de esto por mi espalda han hechado a correr a la desbandada las hormiguitas. Pero alguien además de mi voluntad, a, con toda probabilidad, Zhantás-primero contra la voluntad de Zhantása-segundo, ha comenzado a hablar con penetración:

— ¡Las perspectivas, por supuesto, son buenas! Pero, la franqueza por la franqueza, Sherubay-agá... Si digo que es feliz igualmente, esto será, es quizás, demasiado, y no me creeréis, sí y no creeré. ¡La pose, y solamente! Más justo, será así: no compadezco que ha querido tras Ayauzhán. Como llamarlo, no presento. Pero repete todo primero, escogería el mismo destino. Realmente, Sherubay-agá.

— Le creo, — dijo Sherubay y me ha invitado a seguir por el gesto después.

Al descontento de los pazguatos, nos hemos puesto en marcha del lugar.

— Todo el asunto en aquel, Zhantás que nadie sabe exactamente que tal felicidad, — ha pronunciado pensativamente Sherubay. ¿— Recordáis la historia de Asygat y Karakoz?

— Si no cambia la memoria: Asigat es al que ha salido en leprosorio a Karakoz leproso. ¿¿no es así??

— Sí, ha obrado así Asygat, — ha saludado Sherubay satisfecho. — Es recordado, habéis desconfiado de esta historia... Es decir me han creído. Pero han contado su excepcional. Digno solamente los héroes, si que. Pero, como puede ver, su caso por algo es parecido a la hazaña de Asygat. Parece, así y habéis llamado la conducta de Asygat.

— Él ha hecho una hazaña. No sin razón él ha muerto.

— ¿Acaso es cada vez acaba por la tragedia?

— ¡Igualmente! ¿Y bien, piensen, por que mí el héroe? Asigat es un titán. ¿Y yo quién soy? Soy un ordinario, — he objetado tímidmente.

— Correcto: un ordinario, — ha consentido demasiado fácilmente Sherubay. — Y Asygat, presenten, no el héroe. También ordinario. Simplemente él era feliz y se ha quedado es feliz, a pesar del final triste... En aquel y todo el asunto. Nadie sabe claramente que tal felicidad en realidad, — era repetida por Sherubay.

Acompañaba a Sherubay a su casa, y por primera vez nos hemos despedido en bueno, como es usual entre los compañeros.

— Me cuenten su hincha justo, — ha pedido Sherubay. — le deseo la felicidad completa, y especialmente a Ayauzhán. Me parece por alguna razón que él me había entendido.

Hemos intercambiado un apretón de manos fuerte.

Desde entonces Sherubay se hacía nuestro amigo. Ahora él miraba con frecuencia a nosotros de visita y pasaba chasok-otro en nuestra comparsa. Y la compañía a nosotros por tiempos se reunía ruidoso, era, con la algarabía se abollaban Karipzhán y Asilján a la cabeza de la manada de los dzhiguits alegres y las chicas y emprendían la bulla increíble. Originariamente me era inquietado por Sherubay: ¿cuál a él que se ha cansado de la vida a la persona, entre el vástago violento? Pero, a mi sorpresa, Sherubay en seguida se ha insertado en la compañía y ha aceptado la participación más activa en sus empresas rápidas. Aquí nunca he pensado antes que mi antiguo adversario es tal parrandero. Él se reía tanto con soltura y de una forma contagiosa que rivalizar con él podía a no ser por un Ayauzhán. Han compuesto rápidamente el par bien coordinado, y tenía que es fuerte aquel, sobre quien se ponían a afilar las lenguas agudas.

Sólo de vez en cuando por la cara de Sherubay corría una nube gris. Por lo visto, de repente en nuestra algarabía a él se imaginaba la risa de Ulbosín viva y jovial.

Por la primera tarde después de su partida solamente era las conversaciones que sobre Sherubae. La ciudad nuestro es pequeña, y la historia de Sherubay ha dado una vuelta alrededor casi a todos los habitantes.

— ¡Qué amor! ¡Qué fidelidad más extraordinaria! Aquí está el hombre, — ha suspirado Altinay.

Era agradecido a Altinay por su fidelidad a Ayauzhán. Quería a mi mujer, y, tal vez, ningñun médico no comprendía tan finamente el latido de su corazón, como lo sentía Altinay.

Todavía del umbral preguntaba Ayauzhán:

— ¿Amiga, has tenido hoy algo agrio? Y, no pienses en las futesas. Escucha mejor que ha hecho tu sucesora Bubesh. Esta perdularia...

Y en cinco minutos mi Ayauzhán se reía mucho tiempo.

La ventaja de Altinay, es quizás, consistía en lo que los médicos escuchan por medio del fonendoscopio. Y pasaba por tal aparato no complicado, como el alma simple humana.

— Sherubay-agá es una persona respetada. Él merece un más alto respeto, — ha dado la voz el Asilján habitualmente poco locuaz. — Pero esto no significa que algunos otros hombres no saben querer, como quiere Sherubay.

— ¿Qué tienes en cuenta, Asilján? — Se ha echado a reír Altinay.

— En mi opinión, él está enamorado en ti, Altinay, — ha bromeado Karipzhán.-suspira toda la noche hasta mañana. Como ni se despertarás, y él suspira, Karipzhán ha representado, cómo suspira Asilján.

Ha resultado a él es ridículo. Es propio. Si Asilján suspiraba por la chica realmente, a él, indudablemente, saldría así, tan pronto como que ha mostrado Karipzhán.

—Y pienso que es Asilján cada día me pregunta después del trabajo: “¿Adónde vas ahora, Altinay?” Y hablo: “Y claro, comer bien”. Y él, imaginaos, va detrás de mí. Me vuelvo, y él a las espaldas y pone cara, como si no me ve y en general, como si no tiene nada que ver.

Asilján se ha turbado, ha bermejeado con ternura... Y las orejas a él se hacían directamente de rubí... Dijo:

— No es así. Y en absoluto, Altinay no es de mi gusto.

— Bueno. De otro modo tendrías que sufrir, porque completamente no es por gusto - me has declarado Altinay. — Asilján es un chico bueno, un compañero necesario. Pero me gustan más los hombres de edad, inteligente, sensato, riguroso y es obligatorio con las sienes canosas. Tales, como Arbenin de la película "el Baile de máscaras". O Sherubay-agá, por ejemplo.

Y agitaba hasta mañana, y Asiljánu de sus hablas se hacía claramente no por él. Y, es quizás, esto han notado solamente dos: mí sí Ayauzhán. Hasta el mejor amigo Karipzhán continuaba gracejar, de nada sospechando. Hemos cambiado miradas que se entienden, y Ayauzhán dijo:

— Dejen en paz al chico. Tomen en consideración solamente una cosa: tiene corazón de oro. Y la chica, a que él querrá, realmente, será la más feliz en el mundo.

— Y más feliz, — ha musitado Asilján, pero su mirada dirigida por Ayauzhán, era lleno de agradecimiento.

— ¿A propósito, Karipzhán, Altinay, chicos, qué ha pasado a vuestra estrella?

— ¿Acaso no se ve? — He preguntado, ayudando a Ayauzhán.

— Sí comprendes... comenzó Karipzhán, preliminarmente habiendo sido expectorado, como si impedía hablarle algo que se ha quedado en la garganta.

—, sí, preguntaba ya. Ahora él dirá que se han quemado las bombillas. Todo de una vez, se han puesto de acuerdo exactamente, — dijo Ayauzhán irónicamente.

— ¿Cómo? ¿Acaso no es así? Tomarán aquí y se quemarán todo. Y al maestro de obras no existe más ni uno entera. ¿Que él, la tienda, si que, el maestro de obras? — se enfureció Karipzhán escondiendo, sin embargo los ojos.

— Sí, no han estirado el plan, — ha suspirado Altinay. — Alguien, quizásmente, espera no esperará. Vive con su familia en el cuarto, y el apartamento prometido todos no existen y no existe.

— De nada, no morirán. Se nos quedó de todo — trabajos algunos de acabado, — ha declarado desfiantemente el chico que ha llegado con Karipzhán.

Ha llegado la hora avanzada, y los invitados han comenzado a despedirse uno detrás de otra. Solamente Altinay por todo el tipo mostraba que su tiempo no ha abierto. Habiendo referido a algo abstruso, con el tipo conspirativo de la aldea a la cama de Ayauzhán y, por lo visto, bastante sólidamente. Y he decidido dar una vuelta con Asiljánom y Karipzhán.

Pero apenas hemos salido de la entrada, como se ha desprendido Asilján. Escondiendo el perol, él se ha quejado en misterioso para nosotros, como si los asuntos urgentes y ha doblado la esquina.

— No se tranquilizará de ningún modo, — ha notado Karipzhán. Habiendo estado de pie, gozando del aire puro, hemos comenzado a caminar por la calle.

— Quiero a tales personas, — ha pronunciado Karipzhán, como si continuando en voz alta el monólogo interior, que él llevaba ya hace mucho a solas consigo.

— ¿Cómo? ¿De quién precisamente?

— Sí, de los como tu Ayauzhán. Comprendes, adoro a los currantes que hacen algo todo el tiempo. Hacen cosas. Les apetece que todo se haga mejor y como es imperceptible. ¡Pensarás, la tabla ha clavado! Y la gente, como las hormigas, mirarás después — y Resulta que todo han cambiado juntos el globo terrestre. Y tu mujer de tales. Es una pena que la ha clavado. De quien car, y ella es simplemente injusto. Mí que, hasta ahora desarreglado. Como y trabajar a mí es agradable, y desarreglado. Aquí se reúno cuanto en la escuela nocturna, no pequeño — sé, sin formación a ninguna parte, sé, y todo no se reuniré. Es difícil todo, es difícil.

Lo aceptaba por el chico despreocupado, pensaba que es un parrandero, y resulta que es tan...

— Es necesario crear, crear, — dijo él irritado. Hablar menos y crear más... Tienes a la mujer verdadera. No prestes atención a lo que está enferma.

- La mujer verdadera - con una mujer así me he casado, seriamente. ¿No crees? Se casaría, ella, y a ninguna parte de ella no saldría. Y saldré así. Acabaremos aquí la casa, estableceremos a los inquilinos, arreglaremos allí los alcantarillados que como sea necesario, y saldré algo más crear. Al mismo tiempo y luz blanca miraré.

Al fin me decidí a la discreción, he estrechado la firme, como de piedra, la palma de Karipzhán y he vuelto a casa. Acercándome a la entrada, he visto la figura oscura a aquella parte de la calle, extremadamente parecido a Asilján. Habiéndome notado, la persona se ha escondido por el tronco fino del abedul; y aunque por lo mismoera visible como antes, pero no empezaba a alarmarlo, si quería quedarse así desapercibido.

He vuelto en la habitación, el conjunto femenino se ha reorganizado poco — Altinay ha trasladado a la ventana.

— Y bien, estaré todavía, no se irá Asilján. Sale Todavía detrás del árbol, — ha informado Altinay. — Está harto ya. Y va, pisa los talones, y el ojo, como al perro culpable. Aquí y es ahora, es quizás, sale en la calle. ¡Espera!

— Es posible comprender. Para él ahora más importante — esperarte, — ha sonreído Ayauzhán.

— ¿Así que a mí ahora? ¿Enamorarse de él por piedad? ¿Engañarlo, como si quiero? ¡Esto es completamente deshonesto! — se ha irritado Altinay y, habiendo vertido la indignación, se ha aplacado, añadió:—Yo comprendo, él no tiene culpa. Era en esta piel. Lo sabes, Ayauzhán.

¡-Altinay! ¿Eras enamorada? — He exclamado y por poco dije: “¡Aquí creería nunca!”.

— ¡No, no soy capaz de esto! - ha enseñado los dientes Altinay.

-Zhantás, agarra la lengua, — ha pedido Ayauzhán. Y las amigas han comenzado a cuchichear, han susurrado uno a otro en las orejas, dando a comprender que los hombres los molestan solamente. Después a solas Ayauzhán me dijo:

— Perdona, por el camino, pero ha resultado así. Altinay tenía, realmente, una historia difícil. Quería a una persona, aquel era el canalla franco, pero Altinay de nada podía hacer consigo. Esto le costaba mucha sangre, mientras sepa romper.

— Como todo se forma es ridículo en la vida. Él la quiere, está aficionado a otra, otro, como a propósito, por cuarto, — he pronunciado bajo la impresión a aquel inesperado que me han contado solamente de Altinay.

— Por lo visto, así es siempre: ruedan por el mundo las mitades del almas, cada uno busca el par. A veces se encuentran, y se aclara aquí que a esta persona le eres necesario en absoluto, y alguien otro, — dijo Ayauzhán. — Pero cuando las mitades se encuentranya nada los separará. ¿La verdad es que Zhantás?

— La verdad es que Ayauzhán solo tiene que encontrarse a tiempo. Si llegas tarde, ya nada puede ayudar...

Se me ha acordado la desgracia que ha ocurrido con un de mis compañeros de curso por nombre de Zhakyp. Aquí que él ha contado, cuando en cierto modo bajo la noche volvíamos a él a la residencia comunal después del día onomástico de nuestro amigo.

“Todo se saben que el dzhiguit-esto joven a ti no el imán que hace el zalá. Él es joven, y, cuando delante de él van velozmente los instantes hermosos, los dzhiguits sobre la cima, los bigotes según el viento y en persecución de, son puntuales por la mariposa. — Parece, así los comienzos de Zhakyp, balanceando ligeramente en los pies. — preparar el diploma mí ha ido a Karagandá... Y bien, ha llegado, entonces mir alrededor, ha calculado, como aquí con el tiempo libre, donde, así como con quién es posible. Ha movido la cabeza y no ha perdido la vista: veo, en nuestro taller de dibujo tal chica... Thora llaman. Este nombre ha recordado para siempre, desde hoy de ello de mí no saldrás hasta kamchá, aunque la abatida hasta la muerte. Oye, despierta cualquier noche, soy borracho, no es borracho, y en seguida diré:“ Se llama Thora ”.

Pondrá. Me sabes: tal chico, me cuesto donde aparecer, como alrededor todo callejea. Aquí no ha sostenido, se ha interesado, por lo visto, ha pensado: “¿Es un dzhiguit así, lo costaba aparecer, cómo a nosotros pasó todo eso?” Es bueno, pienso, y me ha notado, entonces arreglaremos los contactos. He llevado inmediatamente documentos en la oficina de información pública, y se encontraba en absoluto a la chica. Comprendes, casada y dos niños-mellizos. “¡Y bien, completamente bien, — pienso, — si va en un romance, será menos el alboroto!”

He planchado los pantalones, hizo brillar los zapatos y al día siguiente a ella de costado-lado. De nada, acepta la conversación, mira con timidez en mis ojos y sonríe amablemente. Comienzo a hacer alusión a la cita, si no es posible como que en teatro local, y aquí ni-ni. A mí del ojo que la aguja, agudo. “Eh, — le digo, — como, has sido recogido no a aquella”. De aquellas mujeres castas, a causa de que sólo tiene que levantar sorprendido las cejas y preguntar: “¿Que esto usted, agay?” — como eres listo a derrumbarte a través de la tierra por la vergüenza. En tales casos los hombres versados vuelven con precaución, pasan de largo a las mujeres. Pero he llegado tarde, por lo visto ha tardado y ha caído en el campo de la inclinación potente. Me ha traído inconteniblemente a Thora.

Se ha descubierto que miraría así y miraba, como mira con timidez en los ojos y sonríe amablemente. De esto ha comenzado. Y cuando el día a través de dos ella no era al trabajo, a mí ha ido la melancolía por el corazón, como si Thora para mí el sol y el aire. Este tiempo nublado se tiraba desde la semana. Pero después ha salido rodando de nuevo el sol.

Ya del umbral de Thora ha mirado en mi parte, ha comprobado: si aquí Zhakyp. Era en el lugar y curioseaba a su vestido de fiesta del jersey y adivinaba, para quien esto se ha atildado así. Y se ha dado cuenta después: mismo para ti, Zhakyp.

Y aquí como si me ha sorprendido con el relámpago. ¡El dios ti mi, sí a nosotros todo es serio, como pasa a la gente de las vez en la vida, y esto no a todos!

Thora ahora se ataviaba para mí. Thora hablaba para mí, si se dirigía a otro. Thora se reía para mí, si hacía reír alguien otro. Me era dedicada cada vuelta de su cabeza, el movimiento de las manos y el andar fácil. Y si a su persona se acostaba la tristeza silenciosa es era participante también de mí, sabía exactamente.

Me fascinaba la idea de ir hacia ella, habiendo olvidado que la parte de su vida es escondida de mí, porque pertenece a otros, desconocida a la gente. Thora nadaba ante mí en el mar cotidiano, como el iceberg, nueve décimo que son escondidos, como es conocido, bajo el agua. Con todo, Zhantás, la uno décima Thora era destinada a mí, y esto es mucho así para la persona mortal. Y a todo a aquel, Zhantás, me evitaba. Y aunque repetía infatigablemente a él: “Nos quedamos corazón al corazón, y todo está en su lugar”, — no me consigue hablar de ningún modo con en serio sin extranjeros. Conseguía amueblar todos nuestros encuentros casuales detrás de la mesita en el bufé o simplemente en el pasillo así que cada vez cerca de nosotros vislumbre la figura inoportuna de alguien de nuestros colegas.

En cierto modo, habiendo olfateado que Thora no veía la película "Anna Karenina", he decidido ir y ha comprado dos billetes.

— Ahora no hay donde retrocederle, Thora. De otro modo en vano se perderá dinero a la persona, que en los deberes, como gallina en las plumas. Esta vez él ha despilfarrado el rublo entero para una alta idea, y afligir con ello no tenéis el derecho, — he dicho, habiendo puesto ante ella el billete, cuando había algo no imaginable y alrededor de nosotros en el radio de cinco metros no había nadie.

— Sin embargo debo afligir con ello, — ha proferido. — mí esta película es contraindicada. Presentáis, la mujer casada pierde la cabeza por el dzhiguit soltero. Trataba de bromear, pero la sonrisa a ella ha resultado pálido, forzado. Quería gritar:

“¡Thora, déjalo todo! ¡Lo que nos queremos es lo principal, y entonces, todos somos de balde! Le llevaré, Thora, llevaré, sobre lo que queras. ¡En el caballo! ¡Es en avión! ¡En el taxi interurbano!”

Pero se ha acercado la secretaria y ha llamado a Thora a los jefes.

Del día a través de dos, cuando el pueblo ordinario se ha ido por las casas, me he atrasado en el taller, se me ha acercado el presidente del comité local con tales palabras:

— Comprendes, Zhakyp, es una tal brujería. Llamaban del comité ciudadano de la unión. ¿Hablan, trae la acta de la última reunión, y no más tarde que mañana, olfateas? ¿Y la acta cerca de Thora, aquí no podría pasar de camino ti a Thora? Que la mañana tomará consigo al trabajo. Eres todavía joven. Tienes pie fuerte.

Del pensamiento que a mí ha caído la posibilidad de ver a Thora en su nidito, a mí se han puesto a danzar los pies. Me obstinaba para el tipo, porque una vez someterse, se harás el chico de mando, y ha prometido mirar a Thora.

Pero Thora no estaba en casa.

— No ha vuelto del trabajo. Ver, ha ido por las tiendas. Estén, la esperen, — me dijo el hombre, que ha abierto las puertas, sonriendo claramente y con benevolencia.

Hemos pasado en la habitación, y me he sentado a la silla, sin recórdarme de la agitación. Poco a poco mi conciencia se ha enseñado con la situación, ha devuelto él la capacidad de percibir las cosas precisamente y por separado. Y he visto al hombre que ríe a carcajadas felizmente y que chapotea sobre el sofá. Y por él es tenaz se arrastraban los mellizos entretenidos de cara redonda.

— Oh y los gamberros, — resulta, me hablaba el hombre, invitando dividir con él la alegría.

Saludaba y sonreía tontamente.

Ahora todo se ha aclarado, se ha levantado al lugar. Me he levantado, habiendo referido a la prisa, ha entregado la petición del hombre sindical al marido de Thora y ha salido por el tapón a la calle. Desde hoy me sabía que me diría Thora, propón mí al caballo, el taxi o por lo menos el tren correo.

“Hemos llegado tarde, Zhakyp. Nos hemos encontrado demasiado tarde”, — aquí que me dirá de Thora, promete mí hasta el tapiz - el avión.

Por la mañana he salido y ha llenado, claro, la defensa del diploma.

Conocemos a Zhakyp. Él no es mediocre, no el perezoso. Pero esta vez en su vía había algo más, que el tiro al arte... ”— ha acabado la narración de Zhakyp, cuando nosotros por la noche cerrada, balanceando, estaban ante la puerta de la residencia comunal que ha dormido...

— Sin embargo soy un afortunado. Tiene razón el Sherubay. Tengo suerte, como siempre, te he encontrado sin embargo, — he dicho Ayauzhán, sentanda al borde de su cama,

— Y sin cumplidos soy más feliz, — he respondido la mujer, habiendo cubierto con la palma seca caliente mi mano. — estoy aquí, si estoy enfermo y sufro, igualmente feliz. Y soy más feliz que nadie.

ХШ

—Ultimamente trabajas poco, Zhantás. ¿Quizás, ocupo mucho tiempo? — ha preguntado Ayauzhán con la aflicción.

— ¡Qué dices! Echa eso de la cabeza. Todo está en orden. Y salgo menos en el taller porque no hay encargos grandes, — he comenzado a consolar, habiendo asustado.

Los encargos, como antes, iban por el flujo, hazlo, a estos, y aquí un poco mentió. Pero tal trabajo exigía no tanta inspiración, cuántas prácticas artesanas. He adiestrado a él y acababa con los encargos en un dos por tres. Tal actitud al asunto es habitualmente aceptada a contar la chapucería y mí por tiempos da vergüenza ante los clientes. Pero a los clientes gustaban los cortos plazos, y que los discóbolos que salían de debajo de mi mano, no se distinguían de nada de barqueros y los discóbolos que pueblan los parques vecinos y los sanatorios. De su punto de vista esto servía a la prueba directa de mi talento y la diligencia.

— ¿Lo principal para ti era “la chica en las uñas del tigre”? Hablabas tanto sobre ella, — dijo Ayauzhán.

— No saldrá nada, — he confesado francamente. No tienes pensar en eso.

— Como si quería ayudarte, — se ha escapado a la mujer. La cima, inundada con el sol, del arte vislumbra ante cada pintor. Parece próximo, como si está a dos pasos. Te precipitas a ella de camino, confiando en el éxito fácil. Pero que esto: vas, vas, y aquí son cansados ya los pies; y la cima no se ha acercado ni al paso. Y más brillante radia, es más fuerte tu deseo de alcanzarla. Así, por lo visto y debe ser en realidad. Porque el talento siempre escoge las alturas inaccesibles, y la victoria, obtenido pareciendose, no le da la alegría completa. Por lo visto porque y el éxito de la escultura de Ulbosín, al satisfacer al principio mi vanidad, se ha estado luego a mi alma por el depósito desagradable. Esto era el éxito de Ulbosín, esto ha llamado en yo la racha creadora y me ha llevado de la mano exactamente, y he hecho esto, en que servía, en general, cualquier ejecutor capaz. El alma inmortal de Ulbosín y su cuerpo han sometido los corazones de los conocedores que no entienden nada del arte, y los conocedores que se han conmovido y han encargado los laureles en la cabeza del ejecutor.

La inercia de la victoria me ha traído después, y yo de nuevo, sin saber aquel, ha tratado de salir a expensas de la naturaleza. Pero las circunstancias eran otros. Entonces los sentimientos y el cuerpo de Ulbosín me han regalado la idea de la escultura. Ahora la idea ha nacido en mi cabeza enteramente, y trataba de encontrar a las modelos que encarnan esta idea. Pero Gayni y Umit vivían por propios destinos, y ni una, ni otra no tenían general nada en común con mi Kuralay. Esto ha servido de causa de mi fracaso.

Dicen que las dificultades dan la fuerza al pintor. Si creer a esto, el éxito a mí ya sobre la nariz, porque las dificultades que han caído a mi cabeza, aunque merma. Pero aquí soy turbado por la opinión de la segunda parte. La segunda parte afirma que las dificultades, son puntuales las pesas, cuelgan en los pies al pintor, impidiéndolo volar. Quien de ellos de los derechos, es quizás, juzgará solamente el tiempo. Estoy seguro de uno solamente: la pena no puede servir a la fuente de la alegría...

De todo esto, claro, no he dicho a Ayauzhán.

— Con todo debes acabarla, — ha proferido rigurosamente la mujer. — mañana de nuevo te pondrás a trabajar.

A mi Ayauzhán ingenuo le puede concebir que la inspiración no depende de ningún modo del gráfico. Pero en algo era derecha sin embargo.

— No se preocupes, Ayauzhán. Todo va, como es necesario. A mí llevaba mucho tiempo, y al mimado es difícil acostumbrarse que la obra no sólo el placer, sino también el trabajo doloroso. Lo sabía del primer paso, pero cuando todo es dado fácilmente, no crees en cierto modo en esto especialmente... Ahora... Y ahora me acostumbro a este pensamiento... Y bien que no todo es tan fácil. No simplemente contar del destino ajeno... Ayauzhán, aunque y poco a poco, pero me acostumbro.

Y todavía he dicho:

— ¡No se desesperes, Ayauzhán! No presentas, como ha hecho mucho para mí. Ti mi ayudante bueno.

— Hablas así para consolarme, eres como un niño, — ha sonreído Ayauzhán.

— Hablo seriamente, querida.

Así era en realidad. Ha comenzado en cierto modo, habiendo regresado a casa, he encontrado cerca de la cama Altinay. Ellas susurraban sobre algo, solamente “shushú” y “shashá”. Bueno, es posible decir a las mujeres la forma de la comunicación. Y he pensado así al principio, habiendo mirado en la habitación de la mujer, y ha ido a pasar ya en la cocina con los productos comprados de camino, sí solamente en el último momento ha prestado la atención a los ojos de Ayauzhán. Ha visto en ellos el susto y la alegría. Tal combinación de los sentimientos es inherente al niño, a que tienden al pajarito vivo. En su pequeño corazoncito se llevan bien el susto, y el arrebatamiento del encuentro con nuevo, que promete a algo bueno.

Ante las amigas es desenvuelto el periódico, se han inclinado sobre ella, son puntuales los adalides sobre la tarjeta de la batalla.

¡-Zhantás! ¡Mira solamente que está escrito aquí! — ha exclamado Ayauzhán, habiendo empujado el dedo en el periódico. — Altinay, cuenta una vez más.

Altinay ha saludado y ha comenzado a hablar:

— Estoy, pues en el turno, en los grandes almacenes las medias con la cinta. Estoy, escucho lo que hablan alrededor. Y aquí una mujer en el turno dice: “Hoy en el periódico escribían, como si el cargador tal útil... En general, uno empezaba a hacer ejercicio por la mañana, así después se levantó”. La vecina se lo dijo., claro, pienso, el diablo con ellos, con las medias, y sin hermoso paso la media, y después igualmente no los bastará. Ha pensado y ha hechado a correr en el quiosco. Y los periódicos no existen ya, todos son vendidos, mí en la redacción, y así, y ellos a mí: “a nosotros no el comercio al por menor”. ¿Comprendéis que hablan? Y bien, he convenido el sabbat, el siglo recordará, y ha traído aquí el periódico.

Tenía aspecto victorioso, nuestra Altinay es buena camorrista.

— Aquí está escrito de verdad. Escucha solamente, — dijo Ayauzhán excitado ha comenzado a contar el párrafo de un artículo:

“Sobre la utilidad del cargador físico habla tal caso que tenía lugar en la ciudad Penza. El Señor A.P. durante diez años sufría de la parálisis de los dos pies. Según consejo del instructor eventual“ el trabajo ”él se ha dirigido a la gimnasia de la mañana, y la ocupación concienzuda por el cargador ha traído los resultados asombrosos. A través de un cierto plazo de Ivanov A.P. se ha levantado de la cama”.

— Ahora va. Me ocuparé también del cargador. ¡Hoy mismo! — ha declarado Ayauzhán categóricamente.

— Es necesario escribir a este Ivanov cómo ue de verdad, — he propuesto, encendiéndome también.

— ¡Aquí conoceremos la dirección! — dijo Ayauzhán, sin despedir del periódico.

— Fi, — ha tendido el Que ha escrito, sabe. ¿Quien ha escrito? Y bien, mira en el periódico.

— Aquí “Beimbetov S.B., el maestro de la cultura física de la escuela secundaria el número dos”, — ha leído Ayauzhán y ha repetido una vez más, mirando atentamente la firma con la esperanza especial, como si trataba de ver detrás de la letra negra tipográfica el semblante sabio del liberador.

Altinay abnegado y ha propuesto aquí los servicios. Pero por justicia he puesto este, confesar, la carga pequeña a los hombros, habiendo declarado que mañana se encontraré con Beimbetovym.

Me he ido a él cambiarse, y las amigas todavía un tiempo agitaban, encontrando bajo la impresión la novedad admirable. Todos mis pensamientos giraban también alrededor sí cerca de la historia con Ivanov. Después la puerta ha palmoteado por Altinay, he salido a la habitación de la mujer, yendo conocer, si la es innecesario algo, sí y ha quedado inmóvil en el umbral.

Ayauzhán, estando sobre la espalda, trataba de levantar el pie derecho. Habiendo levantado la cabeza, con la esperanza seguía los esfuerzos. Su persona ha palidecido de la tensión sobrehumana, sobre la frente ha actuado el sudor menudo, pero el pie yacía sobre la sábana, exactamente estatua hermosa de la piedra pesada.

— No, no puedo, — ha gemido Ayauzhán, habiéndose echado atrás a la almohada.

He echado a su cama, ha tomado por la mano caliente que se ha debilitado.

— Querido, tómate tu tiempo. No tengas prisa. Todo esto se hace, quizás, poco a poco. ¿Ayauzhán, está enferma?

— Está enferma, — he suspirado, nuestros ojos se han encontrado, y he visto el dolor.

Pero la tarde de hoy Ayauzhán todavía ha repetido dos veces las nuevas ocupaciones. Y en vano la convencía que no es posible así esforzarse y que hay, sin duda, un sistema especial. Pero se ha cansado ya de la inacción, y no tenía espera inmediatamente de comenzarla la lucha contra la enfermedad. La he comprendido y ha retrocedido.

Beimbétova do cinco minutos antes del comienzo de la lección.

— En tiempos pasados, compañero querido, en tiempos pasados, llego tarde, por el camino, — ha empezado a inquietarse el entusiasta de la gimnasia matutina y ha tratado de irse de mí por el salto a través del caballo de cuero, he saltado también por un salto a través del caballo, y esto lo ha sobornado.

— Solamente es necesario tener la espalda habiendo doblado. ¿Claro, el camino? — Dijo él aprobativamente.

— ¡Claro! No bombearé Otra vez... Por ahora me es necesaria la dirección de Ivanov A.P.

— ¿Ivanov no es así. Se dirijan en la oficina de información, — dijo Beimbetov, mirándome por los peroles puros.

— ¡A Ud no evitará, compañero Beimbetov! Lo sabéis perfectamente. Ivanov A.P. vive en Penza. Esto nos es conocido exactamente, — he declarado insistentemente.

— Ah,— dijo Beimbetov, habiéndose golpeado por la frente. — y bien, como — Ivanov de A.P. Solo sus datos son dudosos. ¡Ivanov A.P. no está en Penza!

— ¿Y dónde está él?

Esto faltaba todavía que tal asunto fútil se haya convertido en el detective embrollado.

— ¡No existe en ninguna parte! No existe en general, — cortó Beimbetov.

— ¿Escribíais sobre ello? En el periódico es tomado en blanco y negro: Ivanov Y. P... Enfermo de la parálisis... ¡Etcétera!

Y aquí Beimbetov ha comenzado catastróficamente a enrojecer, como en él vertían la tinta china roja, y el nivel se levantaba poco a poco de los talones a la cima.

— Lo he inventado... Como el ejemplo evidente... Para la agitación, — ha musitado Beimbetov, bajando los ojos.

— ¿Significa, de nada tal no era?! ¿Es todo — el fruto de su fantasía irresponsable?! — He gritado estupefacto.

— No completamente. Me parece que había en algún sitio tal. Oía decir, — ha susurrado Beimbetov aplastado.

He salido a la calle, sin saber, donde ir. Sobre el regreso a casa no podía ser y el habla. Mi lengua se adheriría a la laringe, antes de he conseguido decir que la noticia que se ha domiciliado la fe en Ayauzhán, solamente la invención joven y todavía la persona tonta.

La curva complicada me ha llevado en el hospital de la ciudad. Evitando el encuentro con Abilkásom, he pasado en el gabinete del jefe médico. Por suerte, Sherubay se encontraba en sitio, y le he contado la historia del nacimiento a mi mujer pobre de las nuevas esperanzas y su naufragio que espera dentro de poco completo.

Cuando he acabado breve, pero, espero, el habla muy expresiva, Sherubay ha apretado las sienes por las palmas y ha reflexionado por mucho tiempo.

— La parte de la verdad en el artículo a un deportista desgraciado es, — ha pronunciado él después de la pausa fatigosa. — a la medicina le son conocidos los casos, cuando la parálisis interrumpían por medio de la fiebre más trivial. Al paciente comenzaba a sacudir, como el pico de minero, y, vengan, la salida favorable. Era tal. Pero esto, por desgracia, no la ley, y además en unos casos más fáciles. A su mujer... y él ha pronunciado el término especial, que no puedo llevar en el texto solamente por esa razón que ya en dos segundos él ha deslizado de mi memoria, como la concha de jabón. — su mujer un precedente más serio, tenía todo demasiado simplemente, si tales enfermedades eran curadas por la gimnasia regular, dijo Sherubay, haciendo rodar en la cabeza los pensamientos. Sino también no traerá el daño. Que Ayauzhán y en lo sucesivo continúa ocuparse de los ejercicios.

-¡Shereké! — he exclamado con reproche. ¿Pero tarde o temprano se abrirá el engaño, y entonces que? Esto será el desengaño horroroso. ¡No, no, inventen algo otro!

— Su mujer — la persona valiente, — dijo rigurosamente Sherubay. — Si a esto ha ido, prescribo a ella la gimnasia médica por la imagen más insistente... Y después... Después miraremos. Tengo todavía consideraciones algunas, — dijo Sherubay.

Y aquí por la mañana mi Ayauzhán se ocupa de la gimnasia médica. Esto le cuesta la tensión grande, pero la mujer, habiendo apretado los dientes, cumple obstinadamente los ejercicios. Y, mirando sus esfuerzos, he pensado que, resulta, se ha equivocado en el carácter de Kuralay. Kuralay tierno, frágil no sólo apela nuestra compasión, de todas fuerzas lucha con el tigre cruel despiadado. Y en cada kazaja vive Kuralay, solamente a una es libre, como el pájaro estepario, y a otra y estará en el calabozo, sobre los rincones del patio interior de las alma hasta el fin de sus días. Y no he sabido discernir a Gayni imperceptible, modesto su propio Kuralay.

Gayni era muy asombrada, cuando he pasado a su casa y, habiendo pedido los perdones, ha invitado a recomenzar las sesiones. Pero, por lo visto, la mujer así es convenida por la naturaleza que no la asombrarás especialmente, porque profundamente está segura que todos los milagros de luz blanca, de un modo o de otro, se crean para ella. Ha pasado así y a Gayni. Habiendo sido soplado cinco minutos, ha cambiado la ofensa al favor, terriblemente contento que sin ella no pasar de ningún modo.

Poco tiempo después ha aparecido en mi taller, y mí, habiéndose cogido por la arcilla, ha comenzado a esculpir nuevo Kuralay.

Y ayer había un último acontecimiento, más importante. El prólogo a él era la visita de Sherubay. Él visitaba a nosotros muy a menudo, nos hemos acostumbrado a sus visitas contaban ya el de los suyos en la familia, — él está a nosotros completamente caseramente, lee el periódico o toma, digamos, en la cocina el té. Pero esta vez su aparición y ha saltado a los ojos, como algo insólito. Sherubay estaba erizado, como un gallo, preparado a arrojarse en la riña.

— Y bien, queridos míos, vengan al consejo de guerra, — dijo él, pasando en la antecámara.

Él ha entrado volando impetuosamente en la habitación de la mujer, ha cogido de camino la silla y se ha juntado cerca de la cama. Me he sentado en los pies de Ayauzhán, y hemos cambiado miradas con perplejidad, las cejas delgadas de Ayauzhán han volado alto y han colgado por las grajillas negras.

— ¿Adivináis, con que ha llegado? — Ha preguntado Sherubay. — adivinaréis Nunca... Claro es bueno... ¿Así que haremos? ¿Revolcarse aquí así por la capa? No, queridos, no saldrá, — ha declarado Sherubay y se ha palmoteado enérgico por la rodilla.

— ¿Shereké? — Hemos pronunciado unánimamente.

— Que ha decidido Shereké aquí: haremos una nueva operación, — dijo Sherubay. — la Operación es vinculada al riesgo — advierto de antemano. Y no puedo prometer el éxito absoluto. En caso del fracaso volveréis a la cama, y esta vez, tal vez, para siempre. Él ha pronunciado de nuevo un término específico. — el órgano muy caprichoso. El riesgo es el riesgo, la tórtola. Pero es necesario hacer, no es posible estar y esperar.

-Shereké, la operación no se necesita, — se ha echado a reír Ayauzhán, — cada mañana hago la gimnasia. Y hasta todavía una vez al día. Y ayuda ya, Shereké. A mí se mueve el dedo en el pie. Puede, esto me parece, y él no se mueve. Pero es rápido él será sano, pronto-pronto, Shereké. Y después llegará la carta de Penza. ¿Leíais sobre esta persona, Shereké?

Ha mirado a nuestras caras, y su voz se ha desgarrado. La intuición ha abiertola verdad cruel y lo ha hecho casi instántaneamente. En la habitación se ha establecido un silencio oprimente. Parecía. Nos apretaba el techo y las paredes.

— ¿Y bien, qué haremos, la tórtola?, - ha repetido Sherubay, levantando.

Paseando por la habitación, él ha leído a nosotros la conferencia amplia. Él se ha sumido en la historia de la medicina antigua, y en nosotros por el guisante eran echados los nombres de Gippokrat, Geraklit, Empedokl y otros médicos antiguos. Poco a poco Sherubay subía la escalera los siglos y ha llegado a nuestro tiempo. A mí en la cabeza se ha deslizado la sospecha que él dirige todo esto, en general, a él, tratando vencer las dudas.

— Tiene Usted razón, doctor, — dijo Ayauzhán. — Esperar simplemente no tiene sentido. Me acuerdo a la operación.

-Ayauzhán, piensa más. Es necesario pesar todo, he implorado, sintiendo el fresco del miedo.

— ¿Estoy de acuerdo, — ha repetido Ayauzhán.¿-cuándo?.

— Por la mañana le tomaremos, — dijo Sherubay, como si pidiendo disculpa en algo.

Por la tarde estaba mucho tiempo cerca de la cama de la mujer. Callábamos. Y si cambiaban las frases, el habla sobre cosas insignificantes.

“¡A-а el alma, а-а el amor!” — cantaba Zulfiyá, y con Ayauzhán pensábamos en un amor tan alto que de su existencia no sospechaba nuestra vecina vengativa y lamentable.

Después anocheció y se ha encendido la estrella sobre la construcción. Esto significaba que Karipzhán, Asilján, y Altinay, y el tío Petya hacen el asunto, y mañana por la mañana por ello no darán vergüenza mirar la gente en los ojos de camino al trabajo.

Han llegado hoy por la mañana por la mujer. Hemos llevado las andas con Ayauzhán a la calle, y nuestro enfermero conocido dijo:

— Al fin y al cabo, una vez a usted debe llevar. No puede ser que a la persona no lleve hasta el fin. ¿Puede, el tercer vuelo para usted se encuentra feliz? El Dios, hablan, la trinidad quiere.

Las andas han puesto en los subsuelos del coche, y Ayauzhán, cuando me he inclinado sobre ella, silenciosamente, solamente para mí, dijo:

— A pesar de todo soy la más feliz.

— Yo también soy el más... El más, - he dicho y, habiéndola besado en la frente, he saltado al coche.

A Ayauzhán la han llevado. Y estoy hasta ahora en casa. Pongo cara, como si desayunara. Saldré después a los talleres — espera allí Kuralay — Gayni, la perezosa chica graciosa.

Masco el pedazo de la carne fría y pienso: ¿ de veras ahora soy la persona más feliz? Que no resulte como en aquella anécdota: “la mujer está el hospital, todo sale mal, y la comida se queda en la garganta...” A pesar de todo soy realmente la persona más feliz, porque tengo a mi Ayauzhán. Y aunque haya pasado a la operación, sé perfectamente: tengo a mi Ayauzhán. Y así será siempre.


Көп оқылғандар